Alberto Isola: cuando yo estoy haciendo un personaje en escena me llamo Hamlet, pero cuando salgo del teatro tomo el mismo micro que tú para irme a mi casa

Alberto Isola me recibe en una silla que minutos más tarde servirá de asiento a un espectador. Me confiesa que nunca se había sentado ahí. En medio de pruebas de sonido y de luces me sorprenden las cosas en común que tengo con una persona con la que varias veces me he cruzado en los [...]

Alberto Isola me recibe en una silla que minutos más tarde servirá de asiento a un espectador. Me confiesa que nunca se había sentado ahí. En medio de pruebas de sonido y de luces me sorprenden las cosas en común que tengo con una persona con la que varias veces me he cruzado en los pasillos de la universidad, pero a quien nunca vi dirigir ni actuar.

A Alberto Isola –como a mi- le daban miedo los payasos, ama a Fellini, uno de sus tres actores favoritos es Marcello Mastroianni (los otros dos, Jack Lemmon y Toshirô Mifune), le encantó el libro Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, es melómano, fanático de la Internet y cree que Pataclaun es uno de los mejores programas que se han hecho en la televisión peruana.

“En principio soy un hombre de teatro que de vez en cuando visita otros campos”, me dice tratando de poner en claro las reglas de juego. Le confieso que no soy muy asiduo al teatro, que prefiero el cine. “Como actor y director me interesa mucho más el teatro, pero debo aceptar que a veces envidio a los directores de cine o de televisión que tienen un manejo mayor a través de la edición. Sin embargo, el teatro siempre será mi punto de partida y mi punto de llegada”.

Alberto me cuenta que este año (2006) ha decidido que nunca más hará cine en su vida. “No lo disfruto”, me comenta. “Para mí hacer cine es una tortura, pues yo soy un actor bastante lento, de procesos, que necesita ensayar. El cine no me da esa posibilidad, el teatro sí, pues uno puede ir trabajando en el personaje. En la tele también existe la posibilidad de trabajar tu personaje porque una novela tiene 120 capítulos más o menos, en el cine lo haces sólo una vez, normalmente sin ensayo, y eso es bien difícil”.

¿Por qué todos los actores siempre se quedan con el teatro o se sienten más cómodos ahí?

El teatro tiene tantas posibilidades, tantas formas, tantos estilos. Me gustan sobre todo dos cosas del teatro. La primera es la relación con el público que aunque no le estés hablando directamente hay un constante diálogo entre ellos y la obra. Y en segundo lugar me gusta que se trata de un trabajo que no se termina. La gente piensa que una vez estrenada la obra, lo demás es simple repetición, pero eso no es cierto. Hay todo un proceso que puede hacer que tu personaje mejore o empeore. Para mí las funciones son una posibilidad de seguir investigando acompañado del público.

Sobre la construcción del personaje y el trabajo mismo del actor, Alberto me sorprende mencionando a Animal Planet y a Discovery como fuentes para este proceso.

Pienso en un animal para mis personajes, por eso me gusta mucho ver Animal Planet. Cuando hago un personaje y me quiero transformar físicamente busco una imagen de un animal para trabajar, para la columna vertebral, para la mirada. Willy Loman –el personaje de la Muerte… que interpreta- es como un caballo de tiro, estos caballos viejos.

¿Y en qué otras cosas piensas antes de dirigir o de actuar?

En la música, los que me conocen saben que hasta que no encuentro la música de la obra como director no puedo montar, como actor me pasa igual.

¿Qué tipo de música escuchas normalmente?

Me gusta de todo en realidad, aunque la salsa no es una música que escuche ni el reggaeton, aunque Calle 13 es un grupo bastante divertido. Me gusta la música del mundo, la música de los países, la música popular. Putumayo Records me ha hecho conocer música que no conocía… la música clásica, la de cine.

Entonces no es que tengas tus cinco discos a los que siempre vuelves.

Tengo como 500 discos a los que siempre vuelvo.

Se me ocurre María Antonieta de Sofía Coppola donde Radio Dept. y New Order son los grupos que escuchan todos en el Palacio de Versalles. Muchos han criticado aquella falta de seriedad para abordar un clásico.

Lo que pasa con los clásicos es que funcionan en dos mundos paralelos. En primer lugar es una pieza de literatura, pero tomado por los actores se convierte en algo vivo. Entonces es imposible -aunque no quieras- tomar un texto sin que el mundo contemporáneo se meta por algún lado. Yo pienso que lo más importante de un clásico es su esencia. Cuando hice Hamlet por ejemplo usé música de los Beatles y de Rolling Stones. No porque quisiera modernizarlo sino porque sentí que el texto permitía ese tipo de lectura.

En el 2001 cuando la televisión peruana diariamente nos entregaba un nuevo capítulo de los vladi-videos, Alberto Isola se aventuró por dirigir Hamlet de Shakespeare. En todos los medios vincularon a Polonio –padre de Ofelia- con Montesinos.

Tenía pensando hacer la obra mucho tiempo antes de que pasara eso. Para mí el personaje de Polonio estaba basado en un ex director de la CIA de la época de los Kennedy, quien grababa a todo el mundo. Cuando pasó todo el tema de los videos dije no puedo hacer esto porque todo el mundo dirá que es por Montesinos, pero al mismo tiempo me decía que esa era mi visión de la obra, que no la podía cambiar, así que la hice y, por supuesto, todo el mundo relacionó a Polonio con Montesinos.

¿Siempre se le vinculará con la realidad al teatro?

Lo que pasa con el teatro es lo siguiente: cuando yo estoy haciendo un personaje en escena me llamo Hamlet, pero cuando salgo del teatro tomo el mismo micro que tú para irme a mi casa. Es decir, vivimos en el mismo mundo y aunque diga que yo no soy alguien que está viviendo en el Perú de ahora lo estoy haciendo. En el teatro el público tiene una tendencia más fuerte para vincular todo a su propia existencia.

¿Pero una obra no pierde cuando la vinculación ya se hace muy obvia?

No creo en las vinculaciones directas, a mi por ejemplo me molestaba que la gente pensara que Polonio era Montesinos, no porque me daba miedo, sino porque pensaba que empobrecía al personaje. Pero no podía evitarlo, es parte de la experiencia del teatro. Sólo falta que alguien diga fraude, corrupción, matanza y aunque no esté vinculado directamente al mundo que vives el público lo va a vincular porque los actores que están en escena viven en el mismo mundo que tú.

Pero existe también aquel teatro que cierra los ojos a la realidad, que trivializa, que escapa. ¿Qué posición tienes con ese tipo de teatro?

Creo que hay buen y mal teatro. Punto. Detestaría vivir en un medio donde lo único que hay es teatro intelectual y profundo, me parecería terrible, del mismo modo que me disgustaría vivir en un mundo donde sólo haya teatro frívolo o superficial. No voy mucho al teatro por una cuestión de horarios, pero por ejemplo cuando voy al cine disfruto mucho de una película como Máxima Velocidad con Keanu Reeves, por qué disfruto eso, porque sé que voy a ver una película de acción muy bien hecha, impecable y que me mantiene interesado. Si me preguntas qué prefiero, digo otro tipo de cine, mucho más profundo; pero también me encanta ir a ver películas como ET o el Exorcista porque están hechas con maestría.

¿Para ti entonces no funciona esa división entre lo comercial y lo académico?

No, si tú te planteas hacer reír o hacer que alguien se olvide del mundo por dos horas y lo logras está bien. Al escapismo hay que exigirle la maestría que uno le debe exigir a un Fellini, y a éste tienes que pedirle la capacidad de divertir que tiene el teatro que opta por el escapismo.

Fellini es alguien que optó bastante no sólo por la reflexión en torno al arte sino también por la cuestión cómica, bastante circense en sus obras. Ocho y medio que es una de mis películas favoritas, usa ese mundo circense, incluso termina con una cita de circo.

El de Fellini es un circo imaginado, poético, pero también con un lado muy prosaico que para mi es bastante necesario. Justamente por eso no me gusta el Circo del Sol.

¿Por su refinamiento? Le falta la mujer barbuda.

Exacto y los payasos que lloran, que se tiran agua. El circo tenía eso para mí. Al Circo del sol le falta vida en el sentido que le falta materia, sudor. El circo siempre me ha gustado por esa mezcla de sordidez y poesía.

¿Qué recuerdos se te vienen a la mente cuando piensas en el circo?

Creo que lo que me fascinaba del circo de niño era eso que más tarde encontré en el teatro, esta cercanía con el público, esta idea de la magia, probablemente mi primera relación con la magia del arte vino a través del circo. Me gustaban los caballos y todo el mundo que tenía que ver con el peligro, pero también me gustaba todo lo que tenía que ver con las lentejuelas, con la luz, con las caballistas y sus tutús. Odiaba los payasos siempre me han dado miedo, aún tengo mis problemas con ellos, me ponen un poco tenso.

¿Te pasa lo mismo con los clauns?

Los clauns son los instintos sin límites, eso te asusta cuando eres niño porque recién estás empezando a entender la diferencia entre el control y el descontrol, lo que se debe hacer y no debe hacer, y de repente te encuentras con estos personajes desmedidos que hacen lo que les da la gana entonces te produce una sensación de desconcierto.

¿Te pones la nariz y todo cambia?

Uno se pone la nariz y desaparece el control, una cosa así medio dionisiaca que desborda. Entonces a veces es como que uno tiene miedo de tener tanta libertad. El claun es una imagen del caos.

Al final ser claun se volvió un hobby en el Perú, ¿no? Como que todos querían ser parte de esa secta de narices rojas.

Eso tuvo un lado bueno, el de acercar bastante gente al teatro y un lado malo y es que mucha gente pensó que era muy sencillo, que te ponías una nariz y la hacías. Cosa que no es así y te lo digo porque he estado muy cerca del mundo, por ejemplo, de Pataclaun y sé que detrás hay una visión mucho más profunda y un entrenamiento de horas.

¿Qué pasó con los clauns después de Pataclaun? Ya nadie pudo captar esa esencia.

Con todo respeto creo que nadie más. Pero es que creo que ahí había más que la nariz roja, una visión general de las cosas, cada vez que lo vuelven a pasar lo vuelvo a ver. Existe una visión de la sociedad peruana aparentemente presentada en un formato frívolo, es pues uno de los mejores programas de la historia de la televisión del país y un fenómeno cultural, de comportamiento…

En ese momento la productora dice “Ya es hora gordito” con un cariño irreproducible en palabras. Dejamos las sillas que dentro de pocos minutos albergarán a dos espectadores. Hablamos un rato más de Meryl Streep y del libro de Roberto Bolaño. No me quedé para la obra, quizá no era un buen día para ver por primera vez actuar a Alberto.

Miguel Sánchez Flores
Entrevista publicada en http://www.circovip.com/semanal/0015/entrevista.php
Fecha: 23 de noviembre 2006

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