Como en El proyecto de la bruja de Blair, la premisa se centra en la difusión de un video casero que registra un hecho insólito y real. En este caso, el probable ataque de un ser descomunal que aterroriza Nueva York, una noche cualquiera, durante la fiesta de despedida de un joven ejecutivo que va a Japón por su nuevo empleo. El video es una prueba fehaciente de que algo malo ocurrió y el Departamento de Defensa Nacional de los Estados Unidos acaba de encontrar y quiere compartirlo con el público y revelar los sucesos ocurridos el 23 de abril de un año perdido en la historia.
Qué mejor idea la de los productores de crear un episodio de este tipo para la tan vapuleada sociedad estadounidense, víctima de extraterrestres, meteoritos, ataques terroristas y decenas de otros esperpentos de la naturaleza. Como diría uno de los personajes durante el inicio de la destrucción: ¿Es un nuevo ataque terrorista? Aún persiste en el colectivo la paranoia de que el mal acecha venga de donde venga.
El nervio de la cinta radica en imbuirnos es esta suerte de cinéma vérieté, donde las emociones, las imágenes sutiles de la susodicha criatura, la histeria colectiva, se mezclan para alcanzar el clímax esperado hasta dejar al descubierto la tan horrenda criatura venida de otro mundo o, como se especula dentro de la trama, es una mutación genética creada por el gobierno.
No voy a hablarles del argumento. Muchos ya lo han señalado. Lo que me interesa es la reacción del público y de la crítica por el desenlace. He escuchado a algunas personas al final de la función renegar de él, sospechando de una posible secuela. Hasta los mismos críticos vaticinan otro blockbuster para deleitar al público y llenar sus arcas con la taquilla. Me río al escuchar semejantes hipótesis de mercadeo. En fin, voy a ser aguafiestas. Parece que la gente no presta atención a los detalles, y en eso radica el éxito de Cloverfield.
Primero. Al inicio de la cinta vemos la barra de colores y un rótulo que reza “Propiedad del Departamento de Defensa de los Estados Unidos”. Luego, una serie de leyendas que explica cómo fue encontrado el video “en la zona donde antes se llamaba Central Park” y la recomendación de no ser copiado y difundido antes de su análisis respectivo. Muy bien. Se desarrolla la historia como una simple historia juvenil y nos describe a cada personaje más o menos para que nos caiga bien. Luego, la explosión y el inicio de la odisea. Aunque debo admitir que la decisión del chico en ir a buscar a su novia ya es un refrito, permite a la cámara registrar el paso del monstruo por la ciudad y la desencadenante presencia del Ejército tratando de destruirlo.
Segundo. El polémico final. Los sobrevivientes se aferran a la vida pero saben que ya todo está consumado, previo aviso de que la cuidad será barrida definitivamente si no destruyen al monstruo en el tiempo previsto. Un par de explosiones, piedras que caen sobre ellos, el típico te amo, silencio y el corte de la grabación. Fundido en negro. Créditos. Y lo mejor del momento: las pifias, desconcierto y los comentarios ya señalados con anterioridad. Si prestaran atención sabrían que ya todo fue aniquilado como estaba coordinado. Y si el Ejército encontró la cinta, ¿no creen que fue luego de buscar entre los escombros, posterior al aniquilamiento total? ¿Quién entonces encontró el video? Piensen, muchachos, no esperen que les den todo masticado. La caballería pasó de moda. Es el sentido común, nuestro héroe.
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