Si existe algún personaje literario que no ha envejecido con el tiempo, con las modas y las sociedades ese es Raskolnikov. Se puede decir que los mismos temas perduran (el amor, la furia, la ambición, la venganza) pero revestidos de distintos ropajes. Los personajes se cuentan entre estos accesorios y solo muy pocos se han hecho definitivos, se han fusionado con una idea y un concepto al que sólo debían representar en un breve momento. Raskolnikov parece no querer dejar la representación.
Su creador Fyodor Dostoevsky lo convirtió en uno de los símbolos perdurables del mundo por venir. Era la muy mitigada Rusia imperial de 1866 la que vio nacer una novela que habría de convertirse en el perfecto retrato del malestar más insidioso e incurable: el del alma. Crimen y Castigo surgió como consecuencia de un largo proceso en el que Dostoevsky fue desarrollándose como un complejo observador de las penurias y particularidades de su cultura eslava, que eran a su vez motivo de orgullo. Inicios arrebatadores como escritor que fueron truncados por su intromisión en la creciente propagación del pensamiento marxista (que lo llevaron a la archimentada Siberia) y sus constantes necesidades y paseos por entre los parias del gigantesco país, lo convirtieron en la otra cara de las letras de su país representado por Tolstoy. El uno aristócrata y el otro pequeño burgués. La mirada de arriba y la de abajo que sin embargo son coincidentes en su observación sobre la decadencia del mundo zarista.
Dostoevsky es a su manera el más extraño de los dos. Su estilo prefigura la novela contemporánea en la que los pensamientos son más preponderantes que las acciones. Se han utilizado varios términos para calificarla: novela psicológica, realista-psicológica. Creo que no hay nada más alejado de Dostoevsky que los afanes por representar a total cabalidad un ambiente concreto o un pensamiento definido. Hay mucho de ambiguo y libre en su compleja exploración del ser humano, de su espíritu para ser preciso.
Crimen y castigo es la cumbre de estas búsquedas que en manos de tantos otros no pasan de ser aparentes devaneos o delirios. Delirios que como los de Raskolnikov pueden poseer una filosofía. Es una San Petersburgo particularmente percudida y enfermiza en la que el personaje vaga sin ninguna razón en concreto, todas permanecen encapsuladas como una aureola girando sobre su cabeza, alimentando una disimulada desesperación, sus pequeñas ideas e intrigas que comienzan a apartarlo de los demás.
La novela narra los constantes pensamientos y estados de ánimo de Raskolnikov, estudiante frustrado por la pobreza, intelectual rezagado y desanimado por la sociedad bulliciosa y pragmática en la que parece que solo pequeños deleites se han previsto en el destino común, y testigo impotente de las injusticias representadas en su escala menor por toda la gama de pillos generados por el sistema, entre los que se cuenta la odiada usurera Alyona Ivanovna. Comienza a fustigarlo la idea de que hay una solución para todo ello pero a su prójimo eso no parece importarle. Siente que la gran masa lo envuelve en su inercia, cosa que él ya no puede concebir para el mismo que ha sido “iluminado”. Entre sus depresiones y febriles proyectos dándole vueltas hasta el mareo, cae en cuenta que su inserción a la convivencia es imposible dada su condición superior.
Esa dimensión infinita y personal en la cual navega el relato es el logro mayor de Dostoevsky. No solo se refiere a ideas propias de la denuncia social que fácil caería en la chatura rotunda. Su indagación va más allá, hacia el mismo espíritu. El dolor y necesidades de la realidad son solo el detonante de reacciones y ambiciones mayores. Raskolnikov se convierte en el precursor del “superhombre”, del héroe existencial. Es un personaje que se autotortura con la dulce pero venenosa fantasía de las pretensiones. Ni los que están a su alrededor pueden evitar que cada mirada que les dé u oído que les preste el protagonista sea solo para reinterpretarlos en su único e individual entendimiento.
El autor también juega a convertirlos en símbolos de lo que asume, prevé y teme para sí mismo Raskolnikov. Marmeladov, el viejo y desempleado ebrio es el reflejo de esa vida final que teme si se insertáse en el mundo ordinario que lo ha dejado como un relegado más cargando el peso de una familia de “altos aires” caída en desgracia y con la dulce Sonya, una hija previa que trota por las calles de noche para sustentar a todos. Razumikin su camarada de estudios por su parte posee la voluntad y empeño que lo puede entusiasmar pero termina abrumándolo casi siempre, a su lado Raskolnikov todavía se pregunta si hay todavía una verdadera razón para continuar. Ello también se manifiesta en el orgullo de su propia familia que alimenta también las listas de tantos caídos en desgracia, que tal vez para su mal tuvieron acceso al conocimiento solo para estar deseando todo aquello que se encuentra más allá de sus posibilidades.
Esto es lo que finalmente activa en Raskolnikov un propósito más allá de su paralizante depresión. La búsqueda de esa prueba fehaciente de su superioridad. De ese modo, la prosa del autor logra expresar todo esa atmósfera en la que no se distingue la lucidez del delirio, la enfermedad física de la mental. La paradoja andante que es el protagonista transita desde su natural compasión por los necesitados hasta su impuesta misión de demoler cualquier orden que ya no significa nada para él. Puede ser capaz de entregarle una limosna a una niña y de inmediato fantasear con asesinarla a ella y su familia para evitar su triste existencia. Orgullo, locura, moral desencantada, megalomanía. Todo ello arrastra en confuso y febril paquete. Mirado con ojos distanciados Raskolnikov luce como un esquizofrénico, un maniaco depresivo, un voluble ser con problemas de autoestima. El autor no permite que tales aseveraciones sean pronunciadas con claridad. Su grandeza radica en que no se alinea con ningún pensamiento específico a pesar de los que lo promulgaran como un tratado nihilista o proto nazi (dada su influencia sobre Nietzsche). Se encuentra mucho más cercano a la filosofía religiosa y para empezar eso la trasciende por sobre las otras que asoman en un inicio: como ente superior Raskolnikov no tarda en imaginarse su propio dios y es en medio de la mayor arremetida de esa tempestad ontológica que procede el crimen, el acto de libertad absoluta del que se supone capaz con toda su inexperiencia y su arbitrariedad (¿la sabiduría suprarreal se permitiría serlo?).
Con toda la fortuna del mundo (que él no supone tal) sale bien librado, pero la satisfacción aparente deviene rápidamente en otro oleaje más potente y doloroso. Un estado más grave de la auténtica enfermedad (castigo) que ha estado inoculando desde el principio. De ese momento clave de la mitad para adelante lo único que ocurrirá será la progresiva degeneración de esa condición que lo enfrenta con sus limitaciones pero también con una nueva posibilidad que también empieza a germinar de manera menos drástica, sutilmente, a través de la dulce Sonya quien lo conmueve con su fe a toda prueba tanto como lo inquieta el extraño Svidrigailov un doble llegado solo para mostrarle otro rostro de ese posible destino de impunidad absoluta que tanto imagina. Son personajes que toman la representación de los dos conceptos o ideologías que batallan dentro del protagonista.
A los dos, Dostoevsky los absorbe dentro de su cosmovisión que como bien se dice es más mística que solo religiosa. La creciente sombra de la culpa y el derrumbe de sus convicciones acechan en un mecanismo que asume por momentos la apariencia del relato policial y a veces el del miserabilísimo (la muerte de Katerina Ivanovna), pero siempre esas superficies de “realidad” con las que asoma la crítica social son derrumbadas por esa extraña percepción y sufrimiento de ese ser de otro mundo, quien finalmente termina cumpliendo el camino expiatorio de Jesucristo (uno de los mejores pasajes del libro) y liberarse de esa cruz compartida por todos los demás (certeza a la que no había llegado hasta entonces). El epílogo lejos de ser la visión del castigo es más bien la recuperación, el restablecimeitno tras este, lejos del contamínate “orden de la civilización”. Acompañado de Sonya llega la auténtica revelación, la rápida y silenciosa expansión de la paz y su luz. Un camino que se abre a través del complejo, inexplicable y muchas veces malinterpretado mundo del amor.
La odisea de Raskolnikov tiene de todos nosotros y a la vez de ninguno en específico, es una aventura latente en cualquiera capaz de dispararse bajo la circunstancia que fuere. La lectura conmovida de esta novela supera esas barreras que como el protagonista nos auto-ponemos cada día. Demás esta decir incluso que los problemas reales que provocaron a Raskolnikov y Dostoevsky siguen tan vigentes hoy en día como la propia conclusión o salvación a la que llega. Si creo en Dios ahora es gracias a él.









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