Rojo y Negro de Stendhal: los antagonismos de un héroe

En 1830, en medio de una revolución en ciernes, con un pie en el realismo y otro en el romanticismo, un militar francés ya retirado terminaba de escribir una de las novelas más representativas del siglo XIX. Rojo y Negro puede ser leída como el espléndido testimonio de una época de transiciones en una Francia [...]



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En 1830, en medio de una revolución en ciernes, con un pie en el realismo y otro en el romanticismo, un militar francés ya retirado terminaba de escribir una de las novelas más representativas del siglo XIX. Rojo y Negro puede ser leída como el espléndido testimonio de una época de transiciones en una Francia convulsionada por las ideas y las pasiones, además de inaugurar uno de los precedentes sobre los que se sostendría la narrativa occidental posterior. Sin embargo, la novela de Stendhal -sobre la que se ha escrito amplia, incansable y merecidamente- no es mi principal interés. Estás líneas intentan acercarse a la figura de Julien Sorel, el personaje principal.

¿Qué es lo que nos seduce de un personaje como Sorel? Sorel encarna esa combinación que inundó de entrañables personajes la literatura europea decimonónica. Stendhal consolidaba para su época un nuevo héroe, un nuevo tipo de héroe que se apartaba de la figura central clásica. Sorel es movimiento y articulación de escenarios, personajes, coyunturas; mientras que el clásico héroe -el griego, por ejemplo- se mantenía inmóvil frente al devenir de las cosas.

Desde luego, digo esto sin desmerecer a los clásicos (y al decir esto, pienso en Ulises partiendo de Itaca); lo que intento es describir la aparición de un nuevo individuo dentro de los predios de la novela romántica; de hecho, los devaneos de Emma Bovary y los avatares de Rastignac son parte de un recorrido similar al de Sorel. Aquí reside la complejidad de estos héroes: por un lado, su individualidad trágica y, por momentos, patética; por otro, el intento de sus creadores de convertirlos en alegorías de la época que vivieron.

Sorel es el héroe trágico por antonomasia, el romántico arraigado, pero también el impasible ambicioso, el joven arrogante, el intrigante que no se detiene ante los innumerables obstáculos frente a su ascenso social. En él vemos, sin duda, la sombra del mito napoleónico. La dimensión biográfica y, digamos, espiritual de Sorel, que Rojo y Negro se encarga de relatar, es el correlato perfecto de Napoleón y de lo que llamaríamos una especie de ética romántica: un adalid caído, traicionado, ahogado por sus propios impulsos, ideas y convicciones pero que, en cierto modo, elige esa caída. Y sin embargo, puede verse en esa caída una especie de destrucción de la máscara que Julien se empeña en mantener dentro de esa hoguera de falsedades que es la sociedad en la que habita.

No podía ser de otra manera: este émulo de Napoleón que reúne las exuberancias y miserias de una época, las dialécticas y desavenencias sociales, cuando no el desconcierto frente a un régimen que no había aprendido de sus errores y tampoco era capaz de ver los profundos cambios que se avecinaban, no podía ser otro que un héroe adolescente. Un adolescente que termina por imponerse dentro de la aristocracia francesa y que al final renuncia a ella por una decisión temperamental que es más que una venganza o ajuste de cuentas y que lo convierte, como sucede con casi todos los héroes románticos, en un antihéroe. Ello quizá tenga que ver con la idea de Rojo y Negro como una suerte de bildungsroman. Y como en toda novela de aprendizaje, el héroe es conducido a una espiral de vileza donde se encuentra cara a cara con las sobrecogedoras y no siempre generosas pasiones humanas.

Testigo del esplendor y debacle de una época -la Restauración-, Sorel se encuentra escindido en los diversos antagonismos que la novela propone. Y los hay muy significativos, pero pienso, sobre todo, en uno crucial: el que lo lleva de Madame du Renal a Mathilde de La Mole. La voluptuosidad de una batalla, porque Julien entiende el amor como una lucha encarnizada donde, al final, sólo al final, nuestras armas se nos escapan de las manos y se vuelven en nuestra contra. Porque es finalmente por amor que Julien se hunde, es el amor lo que lo obliga a tentar el asesinato y lo entrega a sus enemigos.

A primera impresión, lo anterior puede sonar a pura cursilería pero habría que pensar en los desencantados tiempos que nos tocan vivir. Por supuesto, ello oculta una de las viejas claves de ese encuentro del romanticismo y el realismo, una clave que vive dentro del propio Sorel y que ve en el amor una redención y una caída.

Que todos hemos sido Sorel alguna vez puede resultar una verdad abrumadora o simplemente inaceptable. Y hemos sido quiere decir que hemos hecho lo que Sorel, una o varias veces, hace mucho tiempo o hace unas horas. Aceptar esta premisa no nos convierte en héroes y muchos menos en antihéroes. Pero esa es justamente la condición que revela Julien Sorel, el protagonista de una novela escrita hace dos siglos, que vive una heroicidad común. O mejor dicho, en la cotidianidad vive una serie de avatares, de antagonismos, de luchas interiores y de caídas como casi cualquiera de nosotros.

Quizá lo que entraña cualquier acto literario se reduzca a eso último.





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