La habíamos visto por primera vez interpretando a una adolescente torpe. Sí, a una adolescente torpe -tal vez lo era- que ascendía al trono de la ficticia Genovia. No era nuestro tipo de actriz favorita pero nos había encandilado. Y nosotros, por toda explicación, nos decíamos que se trataba de esa inefable complicidad que surge entre aquellas personas que aparecen en la pantalla y quienes están ante ella. Porque su actuación era correcta pero no descollante. No ganaría un Globo de Oro, eso era seguro.
Pero más allá de la trama de El diario de una princesa -el mismo viejo cuento de hadas narrado hasta el hartazgo-, su aire de chica despistada, tierna y vagamente seductora resultaba una combinación cautivante. De eso se trata el cine, al fin y al cabo, de crear complicidades entre personas que no se conocen.
Complicidades, afinidades, vínculos invisibles.
(Si nos preguntarán qué nos une a esta chica de 26 años no sabríamos qué responder. Quizá nada o quizá no la ferviente admiración del fanático -no nos consideramos sus fanáticos, no somos fanáticos de nada- pero sí, tal vez, ese extraño vínculo del que formamos parte cuando todas las luces -excepto una, la del proyector- se apagan y entonces nos involucramos en la vida de personas imaginarias)
La habíamos visto por segunda vez como la frustrada esposa de Jake Gyllenhaal en Brokeback Mountain. En la celebrada cinta de Ang Lee no desentonaba con su interpretación de vaquera, luego de esposa y finalmente de mujer endurecida por los años. Pero, en medio de esa urgente declaración de amor firmada por Gyllenhall y el gran Heath Ledger, la fragilidad de la actriz pasaba desapercibida. Nos preguntábamos entonces qué le aguardaba a la adolescente torpe convertida de pronto en una áspera mujer de Texas.
Y lo que le aguardaba era El diablo viste de Prada o un safari en el mundo de la moda. La película era una suerte de cuento de hadas (otras vez!) pero a la inversa. Desde luego, sufrimos con ella las interminables humillaciones que en la película le hizo pasar Mery Streep, quien personificaba a Miranda Priestly, su temible jefa. Desde entonces, también, el reconocimiento como actriz empezó a extenderse entre el público y la crítica.
(Quizá sí tengamos una respuesta sobre las complicidades. Quizá todo comienza en los ojos, en la mirada)
Lo que llegó después no podía ser más alentador. A los 25 años, ya para sacudirse del título de “actriz para adolescentes” de una vez por todas, interpretó a la formidable novelista Jane Austen. En la película, que por algo se llama La joven Jane Austen, se relata el período anterior a su faceta como escritora, cuando debe elegir a marido para asegurar una buena posición en la sociedad.
Pero a quien conoce es a Thomas Lefroy, un abogado londinense que termina por seducir a la Austen. Evidentemente, la película intenta nutrirse del sutil mundo narrativo de la novelística de la Austen, donde la sutileza arropa al arrebato y al deseo. No nos sorprenda que la cinta de Julian Jarrold opte por sugerir que del desencuentro final entre la Austen y Lefroy surgiría una de sus más elogiadas novelas: Orgullo y prejuicio. El desencuentro amoroso como origen de la literatura.
No hemos todavía visto una gran actuación suya, quizá sólo fragmentos de su talento. Una actuación que demuestre el potencial que, creemos, tiene: el talento como especie de fulgor continuo. Y aunque ella enarbole el carisma como un emblema de lo pertubador (y no es impresión nuestra: el carisma es perturbador), a veces nos da la impresión que se pierde en el mismo cuento de hadas repetido hasta el hartazago. A pesar del encandilamiento, quedan cuentas por saldar.
Y aunque muchos ya sepan de quién hablamos, nosotros aún nos preguntamos quién es verdaderamente esta actriz de sonrisa amplia que lleva, vaya coincidencia, el nombre de la esposa de Shakespeare; quién es esta chica que en tiempos no tan lejanos pensó seriamente en ordenarse como monja y que pronto encarnará a la 99, la compañera de Maxwell Smart en el Superagente 86; quién es esta fanática de Judy Garland y Jane Austen que prefiere los días lluviosos de Nueva York a pasar horas de retozo en una playa de California.
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