(A propósito del post Episodios de un viaje a Chiclayo)
Entiendo perfectamente que a uno le pueda ir mal en un viaje, que las cosas no le salgan, que ande deprimido, que la soledad en un viaje lo complique, sobre todo si lo más emocionante que le pasa es tomarle fotos a una chilena encima de una pirámide en Túcume.
Entiendo también que se trata de su chamba, que a todos nos molesta que el cajero nos de un billete roto, que nos llegue que los taxistas, en todas partes del Perú, no quieran ir donde nos dirigimos. También entiendo que no le guste el sol, que le moleste llegar tarde al banco (¿si a las 6 cierran que puede hacer?), que se sienta excluido cuando lo invitan tarde a comer bocaditos -quise decir a cubrir- una reunión importante. Incluso entiendo que le parezcan excesivas algunas estrategias publicitarias. Entiendo perfectamente todo eso. Lo que no entiendo es la necesidad de insultar y de burlarse. Y ni siquiera lo hace en un blog personal de los que abundan, sino en un blog que le pertenece a El Comercio y que lo lee muchísima gente.
Dice por ahí que nadie le ofrece soluciones ni opiniones constructivas. Cómo vamos a darle soluciones después de lo que escribe, ¿dígame cómo? Si usted mismo se dedica a despotricar de la ciudad y de su gente. Si hay alguien que debería ofrecernos soluciones y disculpas debería ser usted, quien ostenta el cargo de cronista del principal diario del país.
Es la primera vez que leo su blog y seguramente será la última. Quizá esto a usted no le importe mucho por lo que he podido ver en sus respuestas. Tristemente constato que no existe filtro alguno para lo que se publica. No entiendo cómo se pueden publicar en un medio masivo oraciones de este tipo:
“Quizás el calor extremo, o el excesivo consumo de zapallo loche, limitan la inteligencia y creatividad de estos pobres cristianos. No sé.” (no entiendo sobre todo aquel adjetivo “pobre”,¿usted donde se ubica?)
o
¡Oh poderoso Señor de Sipán, descendiente de la divinidad alada de Ñaylamp! Aplaca tu ira y…. ¡mándelos a degollar a todos! (con ustedes el nuevo Aia Paec)
Si usted quiso ser gracioso o irónico debo decirle que el chiste no le salió. No creo que nadie, incluso el mal viajero, podría suscribir aquellas oraciones que usted profiere a la ligera.
Para alguien como yo que ha vivido muchos años en Chiclayo y que tiene los mejores recuerdos de su ciudad su texto le parece ofensivo. Nos hace quedar a todos los chiclayanos como unos primates que no piensan. Tan peligroso como los relativismos son los absolutismos, señor Riveros. No porque dos o tres personas lo tratan mal tiene que sentarse a la computadora y escribir mal de toda una ciudad.
Para quienes hemos crecido en Chiclayo y la hemos pasado bien sintiendo el viento de la Avenida Balta, comiendo una tortilla de choclo con ceviche en el mercado central, yendo y viniendo a Pimentel, jugando en la plaza Elías Aguirre o visitando Túcume, Ferreñafe o Chongoyape sus palabras hieren y mucho. Y no se trata de sentimentalismo o ridículas cursilerías. Chiclayo siempre será mi ciudad y eso quizá sea algo que usted no entenderá nunca.
Y conste que no hablo de su estilo, ni de aquella aburrida manera de detallar un viaje. Tampoco me refiero a su narración desarticulada, ni a la enumeración escolar de datos o al parafraseo Wikipedia. Tampoco menciono los datos inconexos, no propios de alguien que suscribe tal currículo.
Respóndame qué le otorga a su texto las siguientes líneas.
“Google registra alrededor de 133,000 resultados con el nombre de “Sipán”. También está el Hotel Šipan, situada en una remota isla croata en aguas del Mar Adriático, que no tiene nada que ver con el personaje mochica, por cierto. Pero esa es otra historia.”
Absolutamente nada.
Siempre he desconfiado de la crónica de viajes, por considerar que el cronista en tan corto plazo está sujeto a impresiones fugaces. Pero esto ya es el colmo. Quizá le suenen los nombres, aunque dudo bastante, de Capote o de Kapuscinski. Si alguna vez los ha escuchado le recomiendo que invierta un poco de su dinero en ellos, antes que en sus viajes.
Señor Riveros para su información los taxistas no te quieren llevar en ninguna parte del Perú. También déjeme recordarle que Chiclayo se encuentra en el norte del país, y es por eso que hace calor. Es más usted ha viajado en verano, y en esa estación el calor es natural. Chiclayo es una ciudad caótica es cierto, calurosa también y hostil, quizá. Tan igual que Lima, Ica, Huancayo y Cusco. Detenernos en el problema de Chiclayo es detenernos en el problema del Perú.
También déjeme recordarle que el descubrimiento del Señor de Sipán ha sido el último gran hallazgo no sólo peruano sino mundial de una tumba intacta de un soberano real. Las puertas que ha abierto su descubrimiento ha significado no solo millones de ingresos y de puestos de trabajo para los habitantes de ese lado del mundo sino también reconocimiento mundial para el Perú.
No encuentro en ningún momento algún reconocimiento a la vieja cultura mochica ni Lambayeque, ningún atisbo a la comida menos alguna mención importante al museo de las Tumbas Reales del Señor de Sipán. En cambio encuentro los nombres científicos de árboles, la anécdota simplista de sus encuentros con extranjeros. En serio creo que se equivocó de ramo. Quizá le vaya mejor narrando sus ricas experiencias en Orlando donde no hay por ningún lugar un Mickey Mouse o resaltando lo esplendoroso que resulta la historia italiana o francesa.
En su texto se respira aquel discurso racista y centralista que tanto daño le hizo al país. Quizá la próxima vez que vaya a Chiclayo pueda avisarme, quizá la hospitalidad de mis abuelas lo hagan cambiar de opinión, o quizá pueda hacerle el favor y escribir la crónica por usted.
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