no country

De acuerdo, seré parte de este mundo

 Un hombre deambula con un tanque de aire comprimido, decidiendo con una moneda la vida de quien se cruce en su marcha. Un hombre, otro, va de cacería y encuentra 2 millones de dólares, el precio que ha de pagar por su exterminio. Un tercer hombre se lamenta por las viejas buenas épocas, el idílico tiempo de los padres de sus padres, pide a Dios una explicación por el mundo incomprensible que le toca vivir y por toda respuesta encuentra sangre.

 

En las historias que cuentan los hermanos Coen hay algo que siempre sale mal. El azar o la fatalidad, o las pequeñas incongruencias que van dando forma a una avalancha. Y los Coen están ahí para filmar el momento en que la bola de nieve va tomando cuerpo y se agiganta, arrastrándolo todo, incluso a los espectadores, hasta tragarlos por completo.

Sucede en la delirante Raising Arizone con las imprudencias de ese memorable delincuente que interpreta Nicholas Cage. Sucede en Fargo con el descabellado plan que urde el vendedor de autos para fingir el secuestro de su esposa y así poder estafar al cargoso de su suegro. Y en El Hombre que nunca estuvo toda la vida de Ed Crane es un simulacro de lo fallido. Sólo nos queda aceptar ese movimiento en que la fortuna cambia de dirección y da paso a lo imprevisible o lo absurdo. Esa es una de las entradas sin salida al cine de Joel y Ethan Coen.

Después de haber dirigido algunas de sus películas menos intensas, No country for old men (Sin lugar para los débiles) es el estupendo retorno de los Coen. No sólo por su turbulenta historia sino por lo que está detrás de ella. Un hombre -Llewelyn Moss (Josh Brolin), ex combatiente de Vietnam y tenaz sobreviviente- va de cacería, encuentra un gran puñado de dólares y huye con el dinero (una huida como pocas, la verdad) pero a medio camino lo espera la muerte. Un hombre -Anton Chigurh (Javier Bardem)-, con uno de los peinados más estrafalarios de la historia del cine (el perfecto peinado para un asesino en serie) persigue a Moss para apropiarse del dinero y deja un reguero de sangre a su paso. Un tercer hombre -el alguacil Ed Tom Bell (Tommy Lee Jones)- persigue a los dos anteriores mientras evoca un mundo ya inexistente e intenta explicarse el que lo ha reemplazado, desbocado y turbio. Ninguno de los tres hombres logra encontrarse y en eso reside uno de los mayores logros de la película.

Mucho se ha hablado de que estos hermanos, nacidos en Minneapolis, se deleitan en recrear los viejos géneros del cine (así, el film noir en El hombre que nunca estuvo; así, la screwball comedy en El gran Lebowski), pero no para seguir sus reglas básicas sino para invertirlas o reinventarlas. No country for old men se aproxima al western, esas consabidas historias del viejo Oeste, pero termina por sacarle la vuelta a las premisas del género. La última película de los Coen es un western sombrío, abatido por los tiempos que corren, donde la rudeza de los hombres no es suficiente para sobrevivir en un mundo implacable.

Pero los Coen también le echan mano al thriller, género que siempre les acomoda bien. No country for old men es una crónica de persecuciones que no llevan a ninguna parte, de encuentros que no son tales. Y se trata precisamente de eso. No es casual que cuando muere Moss -quien articula casi toda la película-, el que pase a primer plano no sea Chigurh (la actuación magistral de Bardem lo ameritaría), sino el alguacil Bell.

Él es quien intenta dar sentido a la enloquecida persecución que emprende Chigurh, pero carece de aplomo para enfrentarse el universo demencial que encarna el psicópata. Sólo le queda entonces evocar un tiempo perdido para siempre, donde la violencia tenía una trayectoria conocida. Un tiempo que, valga decir, tal vez nunca existió sino sólo en las películas. Porque la violencia exhibida en No country for old men es la misma que recorrió las calles de algún pueblo polvoriento durante un duelo con revólveres.

De lo que se lamenta Bell es de la pérdida de los códigos de aquella época. La mitología del western -las normas que conducían a aquellos viejos hombres del Oeste- ya no existe más. Lo único que queda, en los ojos de Bell, es una desproporcionada violencia originada por el dinero y las drogas. Eso explica la muerte de Moss y el final de Chigurh, ambos tan viejos, al fin y al cabo, como el propio Bell. Basta ver las escenas donde Moss y Chigurh dialogan, cada uno por su lado, con aquellos que aún no han envejecido (los jóvenes en el puente de la frontera; los niños que pasean en bicicleta) para darse una idea de lo alejados que están unos y otros.

Bell intenta dar sentido a este mundo turbulento pero no lo consigue y toda trascendencia se diluye en una marea sombría. Es una búsqueda infructuosa: el alguacil aguarda la llegada de la intromisión divina como quien espera a Godot mientras el mundo en el que creía resulta una ficción que se desploma. El viejo Oeste se torna una mitología en ruinas.

Con los diálogos que sostiene al final, el alguacil Bell termina por darle el tono afligido y lúgubre a la película. Una búsqueda que no lo lleva a ninguna parte o que lo conduce al lugar de sus antepasados, de los viejos que ya han muerto y que lo esperan con un fuego perpetuo. No he leído la novela homónima de Cormac McCarthy, cuyo material sirve para dar forma a la película, pero sospecho que ésta y aquella logran concentrar una de las obsesiones más recurrentes de la narrativa norteamericana (de Melville a Phillip Roth): la búsqueda metafísica de la trascendencia, de Dios, del Mal, etc. Una búsqueda, otra, que también suele ser fallida.

Entonces, el crispado relato del inicio deviene en western crepuscular, en thriller trunco y elegíaco. Y no es para menos, los Coen filman una historia violenta casi sin banda sonora, ásperamente, con el ojo de quien sabe su cine canchero y filoso. El final está desprovisto de mística o de cualquier tipo de efectismo. Por eso, No country for old men es una de las mejores películas que hasta el momento hayan dirigido los hermanos Coen y es, sin lugar a dudas, la más oscura de su filmografía.

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