Irak: cinco años de ocupación

Se han cumplido cinco años de la ocupación militar estadounidense en Irak. Como tal, la fecha histórica viene propiciando en todo el mundo grandes manifestaciones y balances siempre negativos a pesar de lo que diga Mr. Bush. La antigua Mesopotamia se ha visto sacudida por el derramamiento de la sangre más roja y el oro [...]



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Se han cumplido cinco años de la ocupación militar estadounidense en Irak. Como tal, la fecha histórica viene propiciando en todo el mundo grandes manifestaciones y balances siempre negativos a pesar de lo que diga Mr. Bush. La antigua Mesopotamia se ha visto sacudida por el derramamiento de la sangre más roja y el oro más negro. Una caída que ni la profética mano que se le apareció al babilonio Baltasar pudo advertir. ¿O es que acaso el constante enfrentamiento y sufrimiento ante hordas devastadoras es su destino?

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El pretexto fue derrocar a su ya muy debilitado caudillo Saddam, a quien le llovieron acusaciones de todo tipo durante la farsesca persecución a Bin Laden. Bush padre fue el responsable de dejar el camino servido para los elogios a corbata blanca que se le harían a su hijo. Durante los años 80 fue Estados Unidos el mayor propulsor de la dictadura en el país árabe para que se convirtiera en el enloquecido cancerbero que roía a sus enemigos más recalcitrantes de entonces (Irán y los también expansionista soviéticos), el papel de satélite lo cumplía como siempre Arabia Saudita.

Pero la estrategia tendría que tropezar con las propias ambiciones de Hussein, quien poco a poco les empezó a negar el recóndito cofre de los tesoros y ha negociar más sus libertades de acción en cuanto se trataba al tema del petróleo (disfrazado siempre de mal de política). Ese fue el momento de la separación de los antiguos socios y la alerta roja encendida sobre la silueta de Irak en el mapa de la ONU. Los largos años de exterminio en el Kurdistán, por ejemplo, eran lo de menos.

La Guerra del Golfo, consecuencia previsible de tanto jaleo solo tuvo un gusto a jalón de orejas prudente y astuto. De todo ello carecía por completo Bush jr., cuyas intervenciones y políticas en el medio oriente terminaron de echarse abajo los pocos cimientos estables de la diplomacia con sus naciones y rápidamente con los del World Trade Center también.

Fue el 19 de marzo de 2003, en plena oscuridad, el que vio el inicio de las operaciones de esta coalición que vendían al mundo su intervención como la de la segunda guerra, cuando en realidad se trataba de una segundo Vietnam. Atrás se quedaban los rostros desconcertados de medio mundo y del inoperante Kofi Annan y compañía. En menos de veinte días quedó consumado el nuevo ingreso a Bagdad y el show mediático que vendía la caída de la estatua de Hussein como si fuese la bandera de Iwo Jima.

Lo que siguió en casi todas las pantallas (especialmente en el norte) fue la persecución al villano y los demás pequeños complots tras no encontrarse las supuestas armas de destrucción masiva. ¿Estaban en Irán, Siria, Palestina, Venezuela? Cortina de humo que bloqueaba la visión hacia el más rotundo resultado. Alibabá y sus ladrones de saco y corbata, si encontraron el cofre de los tesoros pero pesaba toneladas. Mientras lo descargaban, el saldo de muertos aumentaba a cada paso en que sus soldados de ocre sólo fungían de recogedores de escombros tras el paso de los bombarderos que no discriminaban entre nada y nadie. Se implantó una democracia de tinterillos que continúa hasta ahora y se exacerbó la, muy tranquilizada en ese momento, pugna entre chiíes y sunníes quienes se encargaron de transformar la ciudad de los pretéritos califas en tierra de nadie si los ladrones, secuestradores y asesinos comunes no lo hacían (situación perturbadora si nos imaginamos lo que puede estar sucediendo en las provincias).

La acumulación de sucesos en la pugna moderna entre occidente y el medio oriente vienen sin duda de mucho antes, desde que se masificaron los ronroneos de motores. Ahora el pueblo iraquí no luce liberado sino separado más allá de su característica geografía con el Tigris y El Eufrates a cada lado. El pueblo es amansado bajo los métodos del terror que se disimulan bajo la ley del más fuerte. Huir por no morir es la consigna de esta generación que ve como el mundo se deja todavía convencer por la única imagen de su realidad que sale entre mil: la apariencia bienhechora de un soldado de ojos verdes regalando chocolates a niños.





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