El Proceso de Kafka: ante la voluntad suprema

“¿Qué es la realidad?, yo no estoy muy seguro de lo que es exactamente la realidad”. Atraviesa por mi mente esta frase casi socrática, que alguna vez la escuché de David Lynch, cada vez que pienso en Franz Kafka. No es casual que el universo surreal del cineasta estadounidense se vea muchas veces contaminado por [...]

“¿Qué es la realidad?, yo no estoy muy seguro de lo que es exactamente la realidad”. Atraviesa por mi mente esta frase casi socrática, que alguna vez la escuché de David Lynch, cada vez que pienso en Franz Kafka. No es casual que el universo surreal del cineasta estadounidense se vea muchas veces contaminado por el absurdo. Para Kafka resultan no solo accidentes o curiosidades como una estrella fugaz. Son la manifestación de unas fuerzas desconocidas, aparentemente incomprensibles, pero que tiene un orden y un propósito muchas veces confundido o infiltrado dentro de lo que llamamos lógica, sentido común, pensamiento racional.

De ello da cuenta en forma genial esta novela que anunciaba, a comienzos del siglo XX, al mundo moderno, sus leyes, ritos y procedimientos. La organización o sistematización cada vez más perfeccionada hasta la alineación absoluta y que para el autor fue escenario de toda una vida de labores en ambientes y oficinas donde se representaban los adelantos y las riquezas de las naciones más pujantes como nunca antes. Es tan solo la primera y pesadillesca estancia desde la que, tal vez por casualidad, uno de nosotros despierta con afán de libertad pero para un sufrimiento y soledad mayores. Es el principio de un viaje tan existencial como el de Raskolnikov si hubiese vivido en la era masificada de las máquinas de escribir y los automóviles.

Eso es lo que le sucede a Josef K, el protagonista de esta exploración por los terrenos pantanosos e inacabables dignos del más engorroso trámite administrativo. En cierta manera la novela se encuentra estructurada de esa manera como una solicitud a varios pasos o escalas como si los modos y técnicas más burocráticas se hubieran apoderado de nuestro día a día con nuestra aprobación.

Es el precio de la comodidad contemporánea o nuestro perfeccionamiento como civilización que tal vez se olvidó de muchas buenas cosas en el camino. Toda la novela se encuentra atravesada por ese desconcierto perpetuo. A K (muchos dudan sobre el aparente significado del nombre) le ocurre la tragedia absoluta de sentirse extraño entre los propios, en saberse procesado y señalado pero por motivos que permanecen tan ocultos como sus acusadores. El enorme aparato apenas si es percibido en los rostros de todos y de ninguno, de los individuos y sus instituciones que son las mil caras de una voluntad tal vez juguetona o hasta la cruelmente sabia.

No sería tampoco descabellado describirla como una gran sátira alrededor de todos esos símbolos y representaciones que rigen nuestra conducta y asentimiento inculcados. K acude a tribunales instalados en las zonas más paupérrimas como si se tomaran en serio la sentencia (nunca cumplida) de estar “siempre con el pueblo”, se da de cara con todas las propuestas y triquiñuelas de abogados y muchos aprovechadores alrededor, pero que saben tanto como él acerca de los verdaderos alcances del poder.

El rápido descreimiento del protagonista se convierte en el nuestro a cada singular comedia que se desenvuelve dentro de esos espacios de pesadilla patética, pequeños, oscuros, llenos de susurros e intrigas. Cierta vocación por los espacios claustrofóbicos que terminan aceptando cada uno de los personajes con quienes el protagonista cruza palabras o miradas. Es la carcajada amarga de quien observa a la ley solo como una compilación de reglas y estrategias al puro estilo de Maquiavelo.

De eso tampoco escapa el siguiente nivel al que acude el héroe existencial en pos de una respuesta: la religión o Dios más precisamente. Ante esta última frontera o puerta se desarrolla la pequeña historia que tal vez resume a la perfección ese sentido de la vida que caracteriza al autor. Aquel hombre que acude por la ley definitiva se da de cara con las maneras o taras de las que se ha cultivado y que son las mismas que obstaculizan su entrada. Es con esa misma extrañeza que nos deja muchas veces paralizados, ante estas apenas rascadas certidumbres, que Josef K asume su destino: como una gran farsa perpetrada por esa entidad de infinitas toneladas que disponen de este gran laboratorio o tablero de ajedrez y de todas sus piezas a placer. Posibilidades suprareales que no dejan de inquietar y poner a prueba al más racional mortal que defiende las reglas del juego pero no sabe como explicar muchas veces aquellos accidentes o fortunas que rompen sus parámetros.

Como si se tratase de parte de alguna de las tragedias, ironías o sinrazones de sus páginas, Franz Kafka (aquel artista no poco subversivo) se convirtió solo después de su temprana muerte en parte de ese mundo aceptado por todos. En un personaje que hasta las burocracias más burguesas aceptan como una marca a lo Nike o Coca Cola, la misma era del marketing de producción en masa que visualizó y profetizó como irreversible durante muchísimo tiempo.

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