La blogósfera poco a poco se ha ido ganando un espacio determinante dentro de la discusión y la crítica de las ramas especializadas y la literatura no podía quedar al margen de esta tendencia por más que muchos y conocidos gurús de los medios tradicionales hayan querido primero ocultar y después atacar esta verdad. Lo cierto es que en este espacio, cada vez más abierto, la basura va en aumento pero también convive con ella un mayor grado de exigencia y calidad.
Uno de esos pocos espacios que aún podemos llamar peruanos (¿en realidad podemos definir nacionalidades en el universo virtual?) y donde las ideas serias son propuestas de manera inteligente y lúcida, es el Puente aéreo de Gustavo Faverón. El 2005 vino a ser sin duda el de la eclosión de la movida blogger y en el tema literario peruano esto vino a hacerse más contundente dentro de un círculo que apenas incluía como digno representante el no menos interesantísimo Moleskine literario del también escritor Iván Thays.
Aunque se sabe muy bien que Faverón radica desde hace varios años en los Estados Unidos, el autor ha sabido mantenerse muy al tanto de toda la movida intelectual “tan especial” que caracteriza al Perú. Y ello se manifestó desde su aparición y las constantes polémicas en las que se inmiscuyó como comentarista o protagonista.
Muy a su pesar seguramente, el crítico tuvo que vérselas con las reglas o naturalezas propias de lo que podemos llamar “la democracia de la blogósfera” y toda su gigantesca cola de querellas, muchas de ellas verdaderamente inútiles. Mucho arrastre desde el comienzo en el que es notorio su choque, tal vez ingenuo, con el mundo virtual plagado de comentarios a rajatabla y anonimatos arteros.
Pero lo destacable en este espacio es que fuera de esos acosos, su línea ha sabido imponerse. La gran mayoría de sus posts son verdaderos ensayos y motivos de relevante discusión que muchas veces se deja extrañar en los medios impresos, los que dan la apariencia de guardar aún grabadas las consignas de alguna dictadura pro-ignorancia e ir desterrando los textos ingeniosos por fotos o leyendas frívolas.
Con esa libertad, que tantos usan para disparar dardos inescrupulosamente en pos de algo de fama gratuita o algo peor, Faverón ha sabido dar un ejemplo (muchas veces sacrificado) de cómo puede rápidamente un blog convertirse en parte de la tan mentada pero nunca tan ansiada cultura. Hasta ahí llegan todos en nuestro medio: sus detractores y los que buscan espacios dedicados a las letras más allá de ironías chabacanas y afanes de figuración.
No sabemos si algunos de sus enemigos tendrán verdaderos motivos para atacarlo más allá de suposiciones y eternos gritos de “injusticia de la élite”, pero queda claro que nuestro ámbito literario se encuentra repleto de grandes egos como los de cualquiera. La diferencia radica en que muchos de estos ni siquiera deben haber creado algo que los justifique. Los rencores que se traslucen en los comentarios que adornan cada una de sus reflexiones solo evidencian mucho más la valía de uno de los pocos blogs interesantes que de literatura hacen los peruanos.









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