Un largo y cadencioso travelling se desarrolla al ritmo imperturbable y misterioso de un amanecer. El espectador queda hipnotizado y a la expectativa. El inicio de una película, ese momento clave y crítico en el que nos encontramos todavía asimilando las sensaciones de un cercano estado de trance o concentración, es muchas veces el resumen o síntesis de una particular propuesta como si se tratase de una demostración de la pericia o forma de despegar que tiene determinado piloto. El mexicano Carlos Reygadas expone desde aquel plano inaugural, el ritmo y distensión que va a caracterizar a su película.
Resulta curioso pensar en la extraña dualidad o efecto del mismo, que debe ser el momento de mayor conexión o si se quiere feeling con el público menos prevenido. Por un momento parece anunciar un espectáculo subyugante pero en el sentido más convencional del término. Sabemos que se trata en rasgos generales de un drama, pero esos sobrecogedores primeros minutos parecen anunciar un espectáculo que con todas sus licencias y efectos se mantendrá en los parámetros de ritmo o construcción a los cuales estamos acostumbrados. Pero para quienes hayan visto Japón y Batalla en el cielo pueden pensarse esto más de dos veces, puesto que esa extraña espectacularidad es más que consecuente en el cine de este autor tributario de los creadores más sugerentes y anómalos, rebuscadores de las técnicas y alquimias de “la representación de la abstracción”, si es que cabe el término.
La primera impresión sin duda será el pico del que rápidamente muchos irán descendiendo hasta el total desapego. Es que por más que su anécdota y desarrollo sea de lo más común y silvestre, hasta tradicional, Luz silenciosa desarrolla una propuesta extrema y sumamente exigente. Es el cine que nos propone replantearnos radicalmente la forma de mirar, de percibir. Nos encontramos dentro de una ficción que maneja espacios y personajes que no tienen nada de extraordinario en apariencia, así como los ambientes y paisajes son tan reconocibles como cualquiera (aunque exhibidos con sensualidad y plenitud). Sin embargo a muchos les parecen extraños durante todo el metraje. Esto se debe precisamente al tratamiento del tiempo y su transcurso.
Los métodos aplicados por Reygadas manifiestan esa intención por llevar al espectador más allá del acto de contemplar, del acto de engancharse o comprometerse bajo una sola regla a la que se encuentra acostumbrado. Las reacciones son casi las mismas: el de haber contemplado una película lenta, fría, hasta monótona. Son acaso la natural reacción ante un espectáculo que rompe nuestros parámetros y preconceptos con respecto al cine y no solo como entretenimiento. Pero Luz silenciosa no es para nada una película que adolezca de falta de ritmo y mucho menos de drama y tensiones. Es una representante formidable de un tipo de cine que atraviesa el tiempo y reclama un espacio, injustamente perdido a través del progresivo predominio de una sola forma de ver y hacer expresiones audiovisuales con la que muchos hemos crecido.
Lo bueno de la especial convocatoria que a tenido esta realización es precisamente el que muchos espectadores se den cuenta de que existen otro tipo de constantes, condiciones y maneras de crear en el espectro del séptimo arte. Entonces: ¿Qué es lo que nos presenta esta película? Pues en resumen es la historia mínima de tantos millones que transcurren bajo esa luz citada y presentada desde el inicio, pero revestida de varias capaz que van creando su particularidad. La primera es la que se encuentra en el argumento mismo. Toda la historia de la crisis existencial de Johan alrededor de sus dos mujeres, su familia y su comunidad toda, se reviste de una órbita marciana expresada hasta en la misma naturaleza de los personajes y su entorno. Latinoamericanos, distintos, de costumbres e intercambios restrictivos. Arios de dialecto poco conocido y ritos hasta arcaicos pero que conservan como método de supervivencia la fe cristiana. Estos seres que deambulan en el paisaje como raza de errantes desperdigados aquí y allá se vuelve hasta representantes del tipo de cine que practica el realizador y sus maestros.
Podemos citar a todos los más insignes cineastas espirituales pero tal vez la obra de alguien tan cercano como el ruso Alexander Sokurov comparta con el mexicano esa afición por la indagación más allá de las apariencias de la realidad, de esa forma de trastornarlas a base de incidir una y otra vez en fotografiarla y oírla. Es por ello que el paisaje rural y ajeno a los colosales bullicios de la modernidad sea de tan fundamental uso en el film. La notoria y básica lección panteísta adquiere una complejidad y desarrollo a base de cada uno de esos largos planos secuencia que se suceden entre el conflicto de sus personajes y el extraño influjo que los condiciona. Dentro de este encuentro e imperceptible jugueteo de las materias, se va develando la posibilidad de lo extraordinario. Sensaciones y lirismo que nunca apelan a la distorsión de la imagen o los sonidos ambientales, sino a la sola idea de prestarles más atención a los pequeños detalles de esa “realidad”, una práctica que nuestra acelerada vida moderna ha dejado de lado hasta el punto de ya no reconocerlos.
Su intención y opción expresiva se sustenta entonces en la esencia misma de su premisa que en su entusiasmo, Reygadas, no puede evitar el homenaje a uno de sus apóstoles estéticos: Carl Theodor Dreyer. La referencia y hasta calco de la escena culminante de Ordet es revestida de una aura distinta. Aquí el milagro es consecuencia de un tránsito de un largo viaje punitivo en el que se asumen sin estridencia o pataleos los designios o fuerzas desconocidas a las que todos claman y se someten entre cánticos y un beso, la expresión excelsa del amor. Todo ello adornado de una luz espectral que solo anuncia el fin de la diaria función que veremos apagándose poco a poco. Emparentada se encuentra en esta idea con la odisea de Bess en Breaking The Waves del danés Lars Von Trier (esa otra película genial) así como también en su notoria fiscidad. La película de Reygadas ya no se permite el aire puritano de aquellos nórdicos de los años 50. Esa comunidad reservada y religiosa convive con sus eternas contradicciones. ¿No lo hacemos nosotros también?
Trailer
Tags: Alexander Sokurov, batalla en el cielo, Breaking The Waves, Carl Theodor Dreyer, carlos reygadas, cine mexicano, cine ruso, Dreyer, japon, johan, Lars Von Trier, luz silenciosa, ordet, Reygadas, STELLET LICHT







quieres saber más?