Iron Maiden en Colombia: Scream for me… desde cualquier lado

Todo empieza en un aeropuerto en Santiago de Cali, Colombia, dos días antes del concierto de Iron Maiden en Colombia. O tal vez antes, en noviembre de 2007, cuando por fin salieron a la venta las boletas para el concierto o aún más atrás, de pronto en el 2006, y un anuncio que parecía utópico, una fecha que se imaginaba irreal, como el fin del mundo o del mandato de Uribe. Empieza más atrás, hace bastante tiempo, con los amigos del colegio escuchando casetes mal grabados, cantando The Trooper o Hallowed be thy name con el insipiente inglés de colegio, felices de alimentar una ilusión, diciéndonos que cuando viniera Maiden sería el día más importante de nuestras vidas.

25 minutos de vuelo, sólo era eso. Como si fuera de mi casa al trabajo, leyendo, mirando por la ventanilla, 25 minutos. Según lo estimado tenía que estar en Bogotá a las once de la mañana, cubrir un evento al mediodía y disfrutar el resto del tiempo… nada más lejos de la realidad. El mal clima y los radares defectuosos son una muy mala combinación, obligan a retrasos, sobrevuelos, desvíos y conatos de motines en el aire. Luego de ires y venires por fin conseguí aterrizar a las 6 de la tarde y a pesar del cansancio en mi rostro había una sonrisa, estaba a exactamente 24 horas de ver Iron Maiden… tan sólo eso importaba.

El otro día fue de trance, de recorrer una ciudad que es hermosa, de tomar café junto al planetario mientras se mira el partido Inter – Roma, como queriendo ignorar un poco lo que se venía con el amanecer. Uno se distraía hablando con los amigos que ya estaban en la fila, preguntándoles si les estaba pegando duro el frío o que tan difícil les era dormir en el suelo por tres noches seguidas. Había viajado con varios amigos, algunos hacían fila desde días atrás mientras que los más se excusaban por sus trabajos y responsabilidades diciendo que a quien se le ocurría programar un concierto de esos justo en jueves, que que pena, que por favor les guardaran el puestito sino es mucha molestia. Yo estaba entre esos, entre los que llegaron el mismo jueves a hacer fila, una fila que ya daba la vuelta al Parque Simón Bolívar, el parque más grande de Colombia y uno de los más grandes de Sudamérica, sede anual del festival Rock al Parque.

Esa noche comí pizza y me quedé hasta tarde hablando con algunos amigos sobre el concierto, escuchando música de Vincet Gallo y Tom Waits, con tres de nosotros defendiendo a Iron Maiden como la banda más grande de todos los tiempos y otros tres amigos rolos, cómo si no, diciendo que era un despropósito viajar desde Cali para ver un grupo de metal, que peligro un pogo en la mitad, que la policía debería aprovechar pa’ meter a la cárcel a tanto peludo junto. Después del pulso pudimos hablar de otras cosas, de cine, de fútbol fumarnos un cigarrillo y después, sin mayores culpas, o más bien, sin pensar en los que hacían fila por nosotros y sin una mejor cosa que hacer, dormimos tranquilos esa noche.

Larga pausa y sueños de heavy metal…

Despertar en Bogotá a las 4:30 de la madrugada no es nada agradable, y menos cuando se viene de una ciudad donde frío se le llama a 25º centígrados. El camino hacia la ducha se me hacía largo y tortuoso, bajar un solo pie de la cama se me antojaba ya como un triunfo… en fin, la agonía a veces es liquida y transparente.

Salimos a las 5:30, aún con el sueño en los rostros y recorrimos media ciudad hasta llegar al Simón Bolívar, lugar que había convertido sus aceras en una especie de campo de concentración, con carpas numeradas donde los más fanáticos esperaban con una semana de anticipación la llegada de Maiden al país. Como hacer fila siempre me ha parecido engorroso, aún más cuando la fila supera las 30.000 personas, y como tenía amigos acampando desde varios días atrás decidí buscarlos. Luego de una caminata de 30 minutos pegado al celular, pidiendo que me hicieran señas desde donde estaban, caminando en medio de escombros, basuras, momias malolientes y policías malencarados llegamos donde se encontraban mis amigos.

Aunque aún nos encontrábamos bastante lejos de la entrada teníamos esperanzas de estar cerca de la banda. Mientras hacíamos fila, y mientras pasaba el tiempo sin que nos moviéramos absolutamente nada, lo que estaban desde hace días, para ese momento éramos muchos los colados, nos contaban de sus gélidas aventuras en las noche bogotanas y de cómo habían gritado cuando pasó sobre sus cabezas el avión de Iron Maiden piloteado por el mismísimo Bruce Dickinson.

Como todo buen evento colombiano las cosas se salieron un poco de control, la gran cantidad de personas, más de 50.000, se convirtieron una marea humana que derribó las mallas de contención mientras caía sobre nosotros un monumental aguacero con una granizada terrible (as you seen in TV!!!).

Desde que empezó a oscurecerse el día se antojaba como una noche mágica. El cielo se despejó por completo y dejaba ver las estrellas, tocaron las dos bandas teloneras, una colombiana y otra, la de Laureen Harris hija del gran bajista y “dueño” de la banda, Steve Harris. La banda local no estuvo mal, por lo contrario la nena Harris decepcionó a todo el mundo, luego de tocar más de una hora y gritar que le encantaba Colombia por fin abandonó el escenario dejándonos a minutos de unos de los momentos más esperados en todas nuestras vidas. Fue entonces cuando las luces del parque se apagaron por completo y solo se veía el destello de 50.000 cámaras fotográficas y celulares que apuntaban hacia un mismo punto, esperando la salida de la banda inglesa a la tarima. El delirio sonó como a ruido de aviones al despegar, desde décadas atrás nos habló Churchill, había llegado el momento que daría sentido a miles de vidas y Aces High retumbó en nosotros como sino la hubiéramos escuchado nunca, como si en infinidad de veces no hubiéramos visto a Bruce Dickinson corriendo de un lado al otro en escenarios europeos o norteamericanos en dvd’s piratas. Luego de ese intro maravilloso Dickinson le pidió a todos los asistentes catar el feliz cumpleaños a Adrian Smith y lo hicimos, porque para la ocasión cantábamos todo, lo que fuera.

Mientras la música no paraba en el interior del parque, en las afueras más de 2.000 personas que aún no habían podido ingresar se enfrentaron a la policía, destruyendo algunas rejas e hiriendo a algunos agentes, para colarse a la fuerza, al final del concierto la plazoleta central bullía de gente, más de 50.000 personas formando parte de esta historia, alzando los brazos en Hallowed be thy name, moviéndonos todos como un solo ente deseosos de metal, haciendo eco del grito de batalla de la banda, scream for me Bogotá.

Run To The Hills

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