I can ción de Diosque: música para emprender viajes y armar rompecabezas

En uno de los relatos de Amores imperfectos –aquel volumen noir sobre el sentimiento que más estragos causa entre nosotros–, el hermano del protagonista empieza a armar uno de esos descomunales rompecabezas de mil piezas con la idílica imagen de un paisaje de los Alpes. Sin embargo, no es esa la imagen que va construyendo, sino la de una enigmática muchacha que él, infructuosamente, pretende descubrir.

Aquí va otra historia: hace unos meses, mientras regresaba a casa en el transporte público, vi a un niño (ojos ralos, zapatillas cansadas) que pretendía armar un rompecabezas.

Un enigma puede ser insoluble. Y puede serlo más a medianoche.

Entre el sueño y la obstinación, el niño no lograba comprender por qué las piezas se quedaban en el aire, como aves repentinas. Hasta que su pa intentó armarlo y se percató que la base no correspondía a esas piezas.

¿Tendré que añadir que ninguno de los dos rompecabezas se concluye?

Así habría que asumir I Can ción, el último disco de Juan Román Diosque. La incongruencia esbozando un estilo como si se tratase de un rompecabezas imposible de armar; como si cada pieza tuviese vínculos y divergencias, el anverso y reverso de una misma posibilidad; y, desde luego, como si detrás de ese enigma irresuelto hubiese otro que atisba y se dispone a perturbarnos para siempre.

En casi media hora, Diosque descompone canciones, colecciona pequeñas dimensiones sonoras, congrega historias breves que se arrullan con lo onírico (que no con el surrealismo; ya basta de adjudicar a Breton y compañía todo aquello que la lógica cotidiana no puede explicar) y termina por entregar un disco inaprehensible.

Y no es para menos; pareciera que al argentino (de Tucumán, si precisión es lo que se requiere) no lo convencen los formatos convencionales de las canciones pop. Las que ofrece este disco están –literalmente– desmanteladas. Son, más bien, certeros intentos sobre armonías de intensidad voluble y secuencias melódicas suspendidas en el vacío; pequeñas piezas sin sentido que parecieran remitirse a un orden mayor para ser comprendidas: “estreno zapatillas por la tarde / cruzo la avenida sin mirar / el verde me encandila la cabeza / se ve fosforescente y perezoso / cuando hay canción”.

Basural

Lo curioso es que ese orden superior no es tal, se deforma o termina por desbaratarse del todo, reivindicando la proeza del fragmento.

Más allá de categorías vanas, el folk reverberando sobre imágenes bucólicas o la electrónica más complaciente, Diosque no se contenta con ofrecer esa mezcla abigarrada de provincia y ebullición electrónica, sino que retoma viejas obsesiones o las acopla a las suyas.

I Can ción, producido por Daniel Melero, oscila entre el idilio localista –ciertas remembranzas campechanas son perceptibles en varios surcos– y la perturbación de quien consigue acompañar su guitarra acústica con un sampler. Armar un rompecabezas bien puede verse entonces como emprender un viaje. Y lo que hacen los diecisiete temas del disco es intentar describir esos desplazamientos.

Hay viajes y viajes. Están las travesías de un lugar a otro, donde el trayecto se nutre de cada lugar visitado. Y, por otro lado, los que podemos llevar escuchando discos como éste, aquellos que nos conducen a nuestros recuerdos y, más allá de la memoria, a nosotros mismos.

Diosque opta por las dos alternativas: viaja por regiones despobladas e insólitas, juega con las variantes de sí mismo en el tiempo, se desdobla y distorsiona a través del sonido, como si fuese posible desintegrarse y convertirse en ese vidrio del que habla, temporal y transparente; como si fuese posible entregar inquietantes variaciones sobre un mismo ruido.

Definición de caleidoscopio: el fantaseo más lúdico es también el más perverso.

Vuelvo al cuento de Paz Soldán, vuelvo a ese chibolo intentando resolver su propio enigma. Todo viaje es discontinuo, casi como armar rompecabezas. Cada tramo del camino es una pieza. Diosque parece saberlo y no hace otra cosa que entregarnos un disco con mil piezas cuya base no les corresponde, un disco con la imagen de los Alpes (o de su entrañable Tucumán si precisión es lo que se requiere) que esconde, tras de sí, el perfil de una perturbadora muchacha, aquella que nos gustaba tanto. Diosque parece saberlo. Diosque parece saberlo. Y no hace otra cosa que entregarnos un espejo roto en pedacitos que es la imagen más parecida a nosotros mismos.

A mi hermana, que aún arma rompecabezas con una velocidad que ya quisieras.

Federico García Calor

Myspace de Diosque

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