No imagino a mi mamá envuelta en las pichangas de mi adolescencia, menos a mi hermana. Pero si imagino a Nila, la hermana de un amigo de niñez, participando en los líos del último campeonato inter-barrios que jugué. La hermana de Diego, tenía casi 20 años, y más que levantar alguna pasión propia de la edad nos daba miedo. Nos entrenaba todos los días en la tarde y siempre fue muy artera con sus adjetivos cuando uno se fallaba un gol. Creo que nadie recuerda cómo así se hizo representante y entrenadora de aquel equipo de barrio llamado USV (no se trataba de un error sino de Unión Santa Victoria).

Pienso en Nila ahora con el caso de Silvia Reyes y Mario Leguizamón. He escuchado a entrenadores, jugadores, comentaristas y hasta a Susana Pinilla, ministra de la mujer, comentar a favor o en contra sobre el caso de la árbitro FIFA peruana. Pienso en Nila porque Silvia Reyes algo se parece. Aquella parada, aquel pelo recogido y aquella valentía para no aceptar las disculpas. La soberbia para repartirnos nuestros chalecos o las lisuras con las que nos alentaba desde fuera del campo es algo que aún creo escuchar ahora que juego pichangas con adultos panzones.

Llegué a pensar que Silvia Reyes era Nila, pero una mirada más acusiosa me hizo desistir de aquella tesis. El domingo pasado en un partido que jugaba la Universidad San Martín -aquel equipo de nuestro ministro de Educación, Chang- el volante uruguayo, Mario Leguizamón –el vago para algunos comentaristas deportivos-, arguyó que la colegiada acusaba de insatisfacción sexual, después de ser expulsado.

La noticia ha dado vuelta al mundo. Silvia Reyes ha manifestado que acá el problema es el machismo y ha dicho que la critican por su condición de mujer”. El club San Martín le ha puesto una multa de un mes sin goce de haber. El jugador ha pedido disculpas pero ha dicho que nuestro fútbol es mediocre (en eso por lo menos no se equivoca, aunque debería decir lo mismo de él). Muchos colectivos feministas han desatado su ira sobrealimentada.

Creo que en el Perú donde a nadie se le respeta, ni al policía ni al transeúnte ni a los árbitros hombres, es un peligro poner a una mujer a arbitrar, salvo en algunos partidos. No creo que a ninguna mujer, salvo a Nila, le hubiera gustado encontrarse en aquellas reyertas en las que se convertían los partidos de mi último campeonato de barrio.

Leguizamón está bien sancionado y la verdad es antipatiquísimo. Si no fuera porque de vez en cuando se hace unos golazos de tiro libre pasaría desapercibido. Silvia Reyes ha pasado su prueba de fuego, ya sabe que esperar de nuestros peloteros. Que se haya desatado toda una polémica en busca de desterrar prácticas machistas me parece bien, pero suscribo aquel dicho que ser árbitro es una de las peores elecciones vocacionales.

Alguna vez Diego, el hermano de Nila que era nuestro peor jugador pero el único con el puesto asegurado, me dijo que le avergonzaba que su hermana andara metida en nuestros entrenamientos. Sólo le dije que seguro había encontrado su vocación. Él no parecía muy conforme con mi respuesta, no supe que decirle con mis quince años.

Esa vez quedamos terceros de doce equipos. Todo un logro que muchos se lo adjudicaron injustamente al talento de nuestra estrella, Tulio -hasta nombre de jugador brasilero tenía-. Yo que alternaba y que carecía de regularidad pensaba que eso no era cierto. El USV tenía orden táctico, sabía cuando defender y cuando atacar. Se formaba con un clásico pero efectivo 4-3-3. Todo ello digitado y estudiado por Nila, nuestra entrenadora.

El día que perdimos en la semifinal Nila regresó a su casa y no la volvimos a ver. Alguno dijo que sufrió de depresión, que viajó al extranjero y que nunca se casó. Nunca pudimos comprobar la versión porque Diego, como muchos de nosotros, salió del barrio al cumplir los 16.

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