0.
Primero veamos el corto.
1.
Los miedos de mi niñez llevaban la forma de perros. Desde los más grandotes y fieros hasta los más pequeños e inofensivos. Todos las razas me daban miedo y fueron varias las veces que termine colgado en la cabeza de mi mamá. Incluso hasta ahora les tengo un poco de respeto. Mi mamá trata de explicarlo de la mejor manera, dice que cuando era niño, cuatro años, un perro vecino me asustó. Yo no lo recuerdo. Alguna vez una señora, amiga de mi abuela, me limpió del susto. La verdad siempre lo hacía, era como su caserito. Recuerdo que ponían agua caliente en una gran tina roja. Ahí era disuelto el alumbre con el que me limpiaban. Siempre las figuras que salían eran de perros, dibujándose sobre el agua caliente.
2.
El año pasado participé en un seminario que llevaba por título “Educar la mirada”, organizado por FLACSO de Argentina. En los dos días que duró se presentaron experiencias vinculadas a educación e imágenes. Todas ellas, algunas más atrevidas que otras, planteaban respuestas a la pregunta que subyacía en el título del seminario: ¿es posible educar la mirada? Experiencias argentinas, chilenas, colombianas, uruguayas y peruanas se intercalaban en esta especie de búsqueda de la respuesta perfecta para una pregunta abstracta. Fueron la mayoría los optimistas. Pocos eran los que pensaban que aquello no era posible, citaban a Sontag y a Barthes, en esta especie de lucha minoritaria contra la creencia común.
De todas las experiencias –programas televisivos, softwares, campañas en colegios, pinturas, murales, talleres, fotografías- me quedé con la última ponencia –la verdad era una charla con la que terminaba el seminario- de Jorge Larrosa, conocido especialista español. Larrosa empezó su exposición trasmitiendo “Pan y callejuela” de Abbas Kiarostami, de quien hasta ese momento no había visto nada. Después de los diez minutos que duró el corto Larrosa sostuvo que no había conflicto entre niñez y cine, siempre y cuando la mirada del adulto no intente traducir la del niño. Dijo que muchas veces los adultos partían en desventaja con relación a los chicos de ahora y que no existe película aburrida sino miradas y prejuicios aburridos. Lo cito de memoria. Se detuvo en conceptos como aprendizaje, solución, descubrimiento, revelación. Nos dijo que el corto lo usaba siempre con niños y los comentarios de éstos eran siempre más lúcidos de los de sus amigos audiovisuales. ¿Era posible educar la mirada? La charla terminó entre aplausos.
3.
Este es el primer corto que dirigió Abbas Kiarostami. En él ya se observan los rasgos que marcan su cine: dirección no convencional, ausencia de grandes producciones, diálogos cotidianos –en este caso no se menciona ni una palabra-, pequeños dramas que esconden grandes gestas o grandes temas y un tratamiento visual que para muchos es seco, aburrido y demasiado directo pero que para mí no sólo es bello sino perfecto para su cine.
Como me decían el otro día, Kiarostami es uno de los pocos directores–quizá Godard, Pasolini o ahora Haneke- que se pueden dar el lujo de hacer cualquier cosa, y hacerla bien. Se me ocurre cualquier cosa cuando pienso en sus largos planos, la posición de las cámaras, las locaciones, lo diálogos, las resoluciones. El cine de Kiarostami es todo lo que no debes hacer según las facultades de comunicación, o por lo menos para la mía.
4.
Para los que no lo conocen el director iraní ya goza de cierto prestigio en el mundo y por eso sus películas pueden ser ubicadas en el Pasaje 18 de Polvos Azules. Con el sabor de las cerezas, logró lo que todos quieren- ganar un Cannes- y con ellos el reconocimiento académico e internacional.
5.
En mi niñez ir a comprar el pan era un suplicio. Antes de doblar la última calle que separaba mi casa de la panadería habitaba un perro. Si bien a todos les ladraba creo que a mí me odiaba. A veces se escondía y era necesario ir con cuidado. Otras lo escuchaba desde dentro de su casa y trataba de cumplir con el trámite cuanto antes. Muchas veces tuve que rodear la calle para llegar por el otro lado o, como en el corto, esperar a alguien que me sirva de escudo. Ahora que lo pienso el perro no era del todo malo, no se sabía de ninguna mordida ni de ninguna queja. Pero en ese tiempo lo menos que me interesaba era ser su amigo. Así pasaron varios meses, de pequeños grandes dramas vespertinos. Hasta que un día el perro no estuvo más, pregunté a la dueña de la tienda y me dijo que la familia se había mudado. Para mí fue una victoria, más allá de que la sensación de miedo cuando cruzó esa calle me dura hasta hoy.
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