El eco de un río: elogio de José Watanabe

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La anécdota fingía muy bien el aire de lo simple: un muchacho en medio del abrasador desierto costeño. Nadie excepto él sabe lo que hace allí: quizá persiga o huya del fuego. Sí, la anécdota parecía simple: el muchacho se encuentra con un heladero y su carretilla estropeada.
(Y un encuentro puede ser la mejor forma de estar solo).
En sol [...]

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La anécdota fingía muy bien el aire de lo simple: un muchacho en medio del abrasador desierto costeño. Nadie excepto él sabe lo que hace allí: quizá persiga o huya del fuego. Sí, la anécdota parecía simple: el muchacho se encuentra con un heladero y su carretilla estropeada.

(Y un encuentro puede ser la mejor forma de estar solo).

En sol en lo alto. El sol como un ojo que enceguece los ojos. En esa situación cómo negarse a un favor llano: el heladero le pide al muchacho cuidar la carretilla, preservar el hielo; ese hielo que puede ser algo así como una piedra y de pronto tornarse materia quebradiza que se escapa entre los dedos. Todo intento de retenerlo será también el modo de dejar que se vaya.

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“El guardian del hielo” fue uno de los primeros poemas que leí de Watanabe. Lo hice antes de terminar el colegio y siempre me gustó todo lo que convergía: lo fortuito del encuentro, la presencia indolente del sol, la implacable rendición del hielo, esa suerte de parábola final. Poco sabía de Watanabe entonces pero este poema hizo que me interesase en sus sus libros, que intentase aprehenderlos como quien intenta aprehender la fragilidad fría del hielo.

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Vi tres veces a Watanabe. La primera vez fue a dar una charla a mi vieja universidad y habló del ritmo en las palabras y de la velocidad en las personas y las cosas. La segunda vez que lo vi fue en un recital en aquel centro cultural. La tercera vez que lo vi me lo encontré por una calle de Miraflores. No suelo hacerlo pero le pasé la voz y él me saludó cálida y serenamente.

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La poesía de Watanabe atraviesa la transitoriedad, la precariedad de las cosas. La poesía de Watanabe percibe o intuye que la permanencia consiste en una suerte de perpetua desintegración y decide habitar en ella. Pero también sabe que existen conexiones entra las personas, las palabras, las cosas. Y esas conexiones son también parte de lo permanente. Atisbarlas, insinuarlas es lo fundamental en su poética.

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El poeta siempre mantuvo una posición insular frente a los grupos literarios, a los cenáculos intelectuales. A diferencia del exteriorismo propio de las poéticas del ‘70, Watanabe supo establecer para sí mismo un tenaz refrenamiento. Tanto en la escritura como en la vida.


Foto: CARETAS

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La transitoriedad, la precariedad, lo que en su poesía prevalece. La velocidad de las cosas que vemos pasar en un viaje hacia al norte. El desierto está ahí con sus matorrales ridículos por insignificantes, con esa necia idea de intentar cambiar el árido paisaje. Al final parece que lo lograsen porque el desierto no es nunca el mismo sino que cambia al acompañarnos en el viaje (y se percata de ello quien pasa todo el trayecto mirando las dunas imperfectas tras la ventana). Todo cambio es una forma de morir. Saberse temporal. Enfrentarse a la caducidad y al deterioro. No es casual que la enfermedad sea uno de los temas recurrentes en la poesía de Watanabe.

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Mientras estaba en la universidad leí este fragmento de un poema de Watanabe:

Yo aprendía otra lección:
la vida y la muerte no se meditan en una mesa de disección.

Entendí entonces el propósito convencional de las monografías.

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Quien esté buscando verdades trascendentales en la poética de Watanabe puede empezar a darse por vencido. No se trata, por otro lado, de la ausencia de grandes propósitos porque siquiera sugerir aquello sería un embuste. Watanabe escribe con pocas certezas. No parte desde el proyecto moderno de las grandes metanarrativas, sino desde su crisis. Por eso, aquello que parece una especie de sabiduría en su escritura nunca termina por consolidarse del todo.

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Lo real en el lenguaje se ha quebrado. Pero ese no es motivo para no intentar encajar las piezas, las conexiones de las piezas.

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Entre lo que se sabe y lo que se intuye está una búsqueda incesante, siempre aplazada.

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Acaso Watanabe no sea sino el viejo vigilante del zoológico. O quizá el viejo taxidermista. Recurre al bestiario sin mencionarlo y ese vínculo es insolayable. Los animales son más que especies imprecisas. Historia natural, La piedra alada. Sus bestiarios son bellos y reales.

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Todo aquello que nos parezca algún tipo de trascendentalismo está fundado en lo real, en lo concreto, en lo cotidiano. Es el viejo método de ciertas filosofías orientales que comprenden las cosas no desde afuera hacia adentro sino a la inversa. El poeta se sitúa en la continuidad de los días- Esas es su perspectiva.

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Atisbar los pedazos de la modernidad en crisis. Vivir el día a día buscando reunir todas las señales, todas las lecciones aprendidas en la contemplación de las cosas. Pero se equivoca quien piense que la poesía de Watanabe es puramente contemplativa.

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Vivir en lo concreto. En lo material. En lo físico. Pero saber que existen otras dimensiones. Y buscarlas aunque intuyamos que puede resultar imposible conocerlas.

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Hay en la poesía de Watanabe la necesidad de constuir espacios escindidos y provisionales. El cuerpo y el entorno. Dentro y fuera. Hay una diálectica que recorre esos espacios, que opera como una especie de tenue ósmosis. A veces, también, como el eco contenido de un río salvaje.

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Los espacios, ¿cuál es la posibilidad de conocimiento en ellos? ¿qué se puede saber en ellos?

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Watanabe y los vínculos. Alguien podría decirme que todo vínculo es frágil. Yo le recordaría lo que me dijo un amigo, citando a Westphalen: la poesía mientras más frágil más poderosa. Eso mismo ocurre con los vínculos.

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Antígona.

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Cierto aquello del haiku y el zen. Pero también Francis Ponge y Drummond de Andradre. Y los ermeticos italianos como Ungaretti y Montale. Y también algunos de los poetas norteamericanos de segunda mitad del siglo pasado. Pero también su heterodoxa lectura de Vallejo. Pero también el neorrealismo italiano, Orson Welles e Ingmar Bergman. Pero también los remotos mitos de Laredo.

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El refrenamiento en Watanabe no se sostiene en cuestiones estructurales. “Imitación de Matsuo Basho” no tiene semejanzas estructurales con el haiku y sin embargo quien lo lea puede encontrar la misma sensación. El poeta se apropia de ciertas visiones del mundo -de su ethos- y las introduce a su escritura.

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Suena interesante decir: la modernidad ilustrada -sí, la kantiana- es socavada sutilmente por la poesía de Watanabe a partir de su hetedoxa lectura de tradiciones no centrales. Suena tan interesante como apresurado y ciertamente efectista.

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José Watanabe nació en Laredo el 17 de marzo 1945 y falleció en Lima el 25 de abril de 2007. Hoy se cumple un año de su partida.

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No importa si poca o mucha gente lee esta nota o no: igual sé que muchos lo van a recordar hoy. Porque leyéndolo se comprende, entre otras cosas, que existen vínculos entre las personas, las palabras, las cosas. Quizá tales conexiones no sean tangibles a primera vista pero se perciben o se intuyen porque están ahí y tú comprendes, ¿cierto? (intuyo que sí y eso lo hace real). Y tal vez mi modo de recordarlo sea parecido a estas palabras que escribió Robert Lowell cuando se enteró de la muerte de su amigo John Berryman: para mi sorpresa, John / rezo no por ti / pienso en ti y no en mí / sonrío y duermo.*

Vuelta: tres poemas de José Watanabe

Refulge otra vez el sol
Refulge otra vez el sol sobre el río
siéntate en la hierba con espíritu tranquilo
y mira a los muchachos bañarse y reír.
Acepta estrictamente esta visión.

(Has mirado tu sombra desde el puente
y te ha extrañado
que no tuerza hacia la corriente)

Tú también te bañaste aquí
y entonces el río era igualmente sucio, dejaba
estrías de barro en las comisuras de la boca
donde se formaba esa risa gratuita, risa
sólo por estar allí, zambulléndose
y emergiendo con un único conocimiento,
el de las cualidades tangibles del agua.
Ese era el sentido de la risa.
Acepta estrictamente ese sentido y declina
la especulación poética. Porque es tu verso opaco
contra tu brillante alegría de muchacho.

El guardián del hielo
Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.

Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…

El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil.
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.

No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
yo soy el guardián del hielo.

Los poetas
Abelardo me ha hecho un honor,
me ha pedido que presente su libro. Ay amigo,
exímeme de larga opinión. Bien sabes
que cuando un poeta honrado lee a otro honrado
sólo se le busca una palabra, una sola, la que hace sonar
a las otras.
“Rosebud”, dijo Kane. Una palabra así
como caída del cielo ¿Cómo hallarla entre las astucias
de la poesía y del mucho ingenio
que banaliza los poemas?
Yo la estoy buscando sin prisa, entre todos
los honrados, y con un resabio de sangre en la boca
como si estuviera masticando
mi propia lengua.

* [originalmente: to my surprise, John / I pray to not for you / think of you not myself / smile and fall asleep]

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