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La anécdota fingÃa muy bien el aire de lo simple: un muchacho en medio del abrasador desierto costeño. Nadie excepto él sabe lo que hace allÃ: quizá persiga o huya del fuego. SÃ, la anécdota parecÃa simple: el muchacho se encuentra con un heladero y su carretilla estropeada.
(Y un encuentro puede ser la mejor forma de estar solo).
En sol en lo alto. El sol como un ojo que enceguece los ojos. En esa situación cómo negarse a un favor llano: el heladero le pide al muchacho cuidar la carretilla, preservar el hielo; ese hielo que puede ser algo asà como una piedra y de pronto tornarse materia quebradiza que se escapa entre los dedos. Todo intento de retenerlo será también el modo de dejar que se vaya.
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“El guardian del hielo” fue uno de los primeros poemas que leà de Watanabe. Lo hice antes de terminar el colegio y siempre me gustó todo lo que convergÃa: lo fortuito del encuentro, la presencia indolente del sol, la implacable rendición del hielo, esa suerte de parábola final. Poco sabÃa de Watanabe entonces pero este poema hizo que me interesase en sus sus libros, que intentase aprehenderlos como quien intenta aprehender la fragilidad frÃa del hielo.
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Vi tres veces a Watanabe. La primera vez fue a dar una charla a mi vieja universidad y habló del ritmo en las palabras y de la velocidad en las personas y las cosas. La segunda vez que lo vi fue en un recital en aquel centro cultural. La tercera vez que lo vi me lo encontré por una calle de Miraflores. No suelo hacerlo pero le pasé la voz y él me saludó cálida y serenamente.
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La poesÃa de Watanabe atraviesa la transitoriedad, la precariedad de las cosas. La poesÃa de Watanabe percibe o intuye que la permanencia consiste en una suerte de perpetua desintegración y decide habitar en ella. Pero también sabe que existen conexiones entra las personas, las palabras, las cosas. Y esas conexiones son también parte de lo permanente. Atisbarlas, insinuarlas es lo fundamental en su poética.
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El poeta siempre mantuvo una posición insular frente a los grupos literarios, a los cenáculos intelectuales. A diferencia del exteriorismo propio de las poéticas del ‘70, Watanabe supo establecer para sà mismo un tenaz refrenamiento. Tanto en la escritura como en la vida.

Foto: CARETAS
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La transitoriedad, la precariedad, lo que en su poesÃa prevalece. La velocidad de las cosas que vemos pasar en un viaje hacia al norte. El desierto está ahà con sus matorrales ridÃculos por insignificantes, con esa necia idea de intentar cambiar el árido paisaje. Al final parece que lo lograsen porque el desierto no es nunca el mismo sino que cambia al acompañarnos en el viaje (y se percata de ello quien pasa todo el trayecto mirando las dunas imperfectas tras la ventana). Todo cambio es una forma de morir. Saberse temporal. Enfrentarse a la caducidad y al deterioro. No es casual que la enfermedad sea uno de los temas recurrentes en la poesÃa de Watanabe.
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Mientras estaba en la universidad leà este fragmento de un poema de Watanabe:
Yo aprendÃa otra lección:
la vida y la muerte no se meditan en una mesa de disección.
Entendà entonces el propósito convencional de las monografÃas.
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Quien esté buscando verdades trascendentales en la poética de Watanabe puede empezar a darse por vencido. No se trata, por otro lado, de la ausencia de grandes propósitos porque siquiera sugerir aquello serÃa un embuste. Watanabe escribe con pocas certezas. No parte desde el proyecto moderno de las grandes metanarrativas, sino desde su crisis. Por eso, aquello que parece una especie de sabidurÃa en su escritura nunca termina por consolidarse del todo.
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Lo real en el lenguaje se ha quebrado. Pero ese no es motivo para no intentar encajar las piezas, las conexiones de las piezas.
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Entre lo que se sabe y lo que se intuye está una búsqueda incesante, siempre aplazada.
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Acaso Watanabe no sea sino el viejo vigilante del zoológico. O quizá el viejo taxidermista. Recurre al bestiario sin mencionarlo y ese vÃnculo es insolayable. Los animales son más que especies imprecisas. Historia natural, La piedra alada. Sus bestiarios son bellos y reales.
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Todo aquello que nos parezca algún tipo de trascendentalismo está fundado en lo real, en lo concreto, en lo cotidiano. Es el viejo método de ciertas filosofÃas orientales que comprenden las cosas no desde afuera hacia adentro sino a la inversa. El poeta se sitúa en la continuidad de los dÃas- Esas es su perspectiva.
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Atisbar los pedazos de la modernidad en crisis. Vivir el dÃa a dÃa buscando reunir todas las señales, todas las lecciones aprendidas en la contemplación de las cosas. Pero se equivoca quien piense que la poesÃa de Watanabe es puramente contemplativa.
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Vivir en lo concreto. En lo material. En lo fÃsico. Pero saber que existen otras dimensiones. Y buscarlas aunque intuyamos que puede resultar imposible conocerlas.
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Hay en la poesÃa de Watanabe la necesidad de constuir espacios escindidos y provisionales. El cuerpo y el entorno. Dentro y fuera. Hay una diálectica que recorre esos espacios, que opera como una especie de tenue ósmosis. A veces, también, como el eco contenido de un rÃo salvaje.
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Los espacios, ¿cuál es la posibilidad de conocimiento en ellos? ¿qué se puede saber en ellos?
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Watanabe y los vÃnculos. Alguien podrÃa decirme que todo vÃnculo es frágil. Yo le recordarÃa lo que me dijo un amigo, citando a Westphalen: la poesÃa mientras más frágil más poderosa. Eso mismo ocurre con los vÃnculos.
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AntÃgona.
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Cierto aquello del haiku y el zen. Pero también Francis Ponge y Drummond de Andradre. Y los ermeticos italianos como Ungaretti y Montale. Y también algunos de los poetas norteamericanos de segunda mitad del siglo pasado. Pero también su heterodoxa lectura de Vallejo. Pero también el neorrealismo italiano, Orson Welles e Ingmar Bergman. Pero también los remotos mitos de Laredo.
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El refrenamiento en Watanabe no se sostiene en cuestiones estructurales. “Imitación de Matsuo Basho” no tiene semejanzas estructurales con el haiku y sin embargo quien lo lea puede encontrar la misma sensación. El poeta se apropia de ciertas visiones del mundo -de su ethos- y las introduce a su escritura.
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Suena interesante decir: la modernidad ilustrada -sÃ, la kantiana- es socavada sutilmente por la poesÃa de Watanabe a partir de su hetedoxa lectura de tradiciones no centrales. Suena tan interesante como apresurado y ciertamente efectista.
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José Watanabe nació en Laredo el 17 de marzo 1945 y falleció en Lima el 25 de abril de 2007. Hoy se cumple un año de su partida.
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No importa si poca o mucha gente lee esta nota o no: igual sé que muchos lo van a recordar hoy. Porque leyéndolo se comprende, entre otras cosas, que existen vÃnculos entre las personas, las palabras, las cosas. Quizá tales conexiones no sean tangibles a primera vista pero se perciben o se intuyen porque están ahà y tú comprendes, ¿cierto? (intuyo que sà y eso lo hace real). Y tal vez mi modo de recordarlo sea parecido a estas palabras que escribió Robert Lowell cuando se enteró de la muerte de su amigo John Berryman: para mi sorpresa, John / rezo no por ti / pienso en ti y no en mà / sonrÃo y duermo.*
Vuelta: tres poemas de José Watanabe
Refulge otra vez el sol
Refulge otra vez el sol sobre el rÃo
siéntate en la hierba con espÃritu tranquilo
y mira a los muchachos bañarse y reÃr.
Acepta estrictamente esta visión.
(Has mirado tu sombra desde el puente
y te ha extrañado
que no tuerza hacia la corriente)
Tú también te bañaste aquÃ
y entonces el rÃo era igualmente sucio, dejaba
estrÃas de barro en las comisuras de la boca
donde se formaba esa risa gratuita, risa
sólo por estar allÃ, zambulléndose
y emergiendo con un único conocimiento,
el de las cualidades tangibles del agua.
Ese era el sentido de la risa.
Acepta estrictamente ese sentido y declina
la especulación poética. Porque es tu verso opaco
contra tu brillante alegrÃa de muchacho.
El guardián del hielo
Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corrÃa tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efÃmero hielo.
Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…
El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil.
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenÃan firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y asà aprendÃ, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
yo soy el guardián del hielo.
Los poetas
Abelardo me ha hecho un honor,
me ha pedido que presente su libro. Ay amigo,
exÃmeme de larga opinión. Bien sabes
que cuando un poeta honrado lee a otro honrado
sólo se le busca una palabra, una sola, la que hace sonar
a las otras.
“Rosebud”, dijo Kane. Una palabra asÃ
como caÃda del cielo ¿Cómo hallarla entre las astucias
de la poesÃa y del mucho ingenio
que banaliza los poemas?
Yo la estoy buscando sin prisa, entre todos
los honrados, y con un resabio de sangre en la boca
como si estuviera masticando
mi propia lengua.
* [originalmente: to my surprise, John / I pray to not for you / think of you not myself / smile and fall asleep]
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