No sabemos si ya sea necesario ponerlo en la constitución política del estado, pero ese síndrome político de solo mejorar la apariencia de nuestra tres veces coronada (y mil veces maldecida) ciudad, cuando se aproxima alguna visita de adusto semblante y arcas rebosantes, debería inscribirse entre tantas otros absurdos que confundimos con tradiciones y convertimos en leyes. A partir de esas “genialidades” todos nos vemos arrastrados como integrantes de ese cuadro patético de risas falsas y banderitas de papel que se agitan mientras se esconde el polvo con el pie. No es que esto sea un esfuerzo a obviar, pero habría que considerar, antes de gastos y ornatos triviales, los verdaderos problemas de nuestra caótica ciudad de todas las sangres hace rato.

Este operativo a lo Bienvenido Mr. Marshall nos ha privado en estos días de la escasa coherencia que tenían las vías principales de tránsito. Ahora no solo tenemos que soportar las innecesarias roturas de pistas en medio de afanes pro electorales. Estamos ante la presencia de un operativo mayor, cataclísmico, un plan más colorido y estrafalario que el de los extraterrestres de La guerra de los mundos. Se trata de cómo solucionar el tema del transporte urbano sin dejar heridos entre intereses particulares o potenciales electores. El primer dizque avance de la modernización de Lima fue el cierre de la Vía Expresa, acaso una de las pocas obras efectivas que ha tenido algún gobierno edil. Ahora todos los tremebundos vehículos, que eran balas allí, son paquidermos torpes que ponen sus toneladas de granos de arena en la lentitud, la desesperación y la pérdida de tiempo que padecemos en el afán de seguir el día con día.
Cumplida esa primera meta, siguió la pedidísima ruta de la Panamericana Norte y el copioso cruce con Habich. Pero como los más afectados ahí eran los distritos populosos, el asunto no trascendió entre los sectores con más voto. Para ello ha tenido que darse la cumbre de la APEC y por supuesto los correteos a última ahora que eso acarrea como si no lo supiéramos. En estos momentos nuestra Lima linda luce más bombardeada que el territorio comanche que imaginara Pérez Reverte. Un espacio que ya quisiéramos que solo fuera mental (al menos en hora punta).
Una pregunta simple y utópica ¿Por qué no proyectar un metro? La respuesta es complicada y siempre evadida cada vez que se lo he preguntado a algún involucrado en estos temas. Esa si sería una inversión por la que valdría la pena pasar por todas estas molestias que, no lo duden, continuarán luego de cuantas cumbres y estaciones se inauguren y se cierren. Es todo producto de un círculo vicioso que forma parte, no tan oculta, de lo llamamos idiosincrasia nacional.
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