El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford: el tiro de gracia a un perdedor

El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford es un film de intenciones y perfiles que se distinguen de varios otros westerns crepusculares que se han realizado últimamente. Una película que recapitula la historia con inteligencia y con tanto detallismo como su título. Vale la pena apuntar el nombre del australiano Andrew Dominick, [...]



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El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford es un film de intenciones y perfiles que se distinguen de varios otros westerns crepusculares que se han realizado últimamente. Una película que recapitula la historia con inteligencia y con tanto detallismo como su título. Vale la pena apuntar el nombre del australiano Andrew Dominick, quien se revela como un cineasta de sensibilidad y recursos muy personales. Su película transita entre la crónica deslumbrada que tanto caracteriza al género pero a la vez se desentiende bastante de ese romanticismo que ha rodeado al personaje incluso en sus retratos más duros.

Se trata de la crónica de su retirada, de su repliegue hacia los últimos rincones que la civilización le deja a la leyenda. En ese sentido la película incluso se desentiende bastante hasta del dinamitador Sam Peckinpah. Acá ya no hay espacio para una cataclísmica despedida sino más bien para una miserable disolvencia en el aire. Una sombra de envolvente atardecer en la pradera que se va con tranquilidad. Es un clima de resignada desolación lo que termina minando cualquier posibilidad aventurera en este tramo final, descreído pero no exento de lirismo. Dentro de la vaga figura del fatigado Jesse y detrás de él, la del ilusionado y soñador Robert Ford. Entre ambos se balancea este retrato de la tragedia final.

La película se sostiene precisamente en ese tránsito logrado donde la idealización y la contundente certeza se confunden, se contaminan, transforman en otra cosa el imaginario westeriano clásico. El Robert Ford de esta película sufre una condición tan acaso más desoladora que la de otros antihéroes teñidos por la infamia. Es un personaje que será víctima de sus propias pretensiones ante la desdicha de haber llegado tarde (tal vez para su bien) a la era galopante cantada y filmada miles de veces.

Como si se tratasen de su propias reflexiones, una voz en off nos pone en claro que acá no se busca sorprender al espectador contando una historia por demás conocida. Es un extraño biopic que nos expone los motivos de sus personajes como única y pretendida sazón de originalidad. Dentro de ese cometido la película se distiende, aprovecha los tiempos muertos que hacen la vida de sus creaturas para dejarnos conocer más allá de la máscara y las etiquetas de otros tiempos.

Así El asesinato… se convierte en la deconstrucción, el desmontaje de una tradición, de un mito. Se resuelve muchas veces de manera elíptica y antidramática. Basta ver como apenas al inicio contemplamos la única y notable secuencia espectacular: el asalto al tren de Blue Cut. Es la anticipada ceremonia del adiós que se dan los viejos pandilleros antes de separarse y desperdigarse entre el olvido y la persecución. Parece por un momento anunciarle al espectador que se las verá con un relato de cacerías desbocadas, épica en la mejor tradición. La insólita construcción del film se encargará de negarlo, cada vez más, conforme avanzan los minutos. Es acaso también la expresión de esta mirada deslumbrada de Bob Ford, el novato recién llegado y aceptado solo porque la cosa esta en muere y porque es necesario que alguien realice labores caseras. El camino a darse cuenta de esa verdad es el que recorre todo el espíritu del film.

De ahí en adelante solo veremos como Bob y los demás miembros de la banda se convierten en disimulados granjeros más temerosos por su antiguo líder que por la ley misma. El Jesse James que interpreta Brad Pitt ya no es el Robin Hood del oeste, sino el cansino y brutal paranoico que se dedica a acosar a sus ex camaradas y posibles delatores. Un espectro en retirada pero incapaz de reconocer que su fugaz trono ha sido despedazo y cremado para sobrevivir a estos inviernos que congelan a los de su casta. Pitt está muy bien en ese papel que recoge lo mejor del estilo clásico, siempre con lo justo. Pero quien se apodera de ese gusto lánguido del film es Casey Affleck, más que notable como Robert Ford. Convertido en el personaje infame desde el título. Su inocencia, gesto y voz quebrados ante cada momento de tensión, marcan el paso del film que finalmente los convierte en una nueva metáfora del trastorno o el cambio del siglo. De los espacios abiertos, fotografiados impecablemente a manera de lejano homenaje, pasamos a la proliferación de los paisajes urbanos en los que termina acomodándose Ford como criatura sin rumbo. Su boleto de entrada significará entonces la mayor de las traiciones a las que hasta con resignado cinismo a terminado llegando. A su modo se trata de otros tantos que asumen el único papel que le quedaba en la obra. A su manera el también se convirtió en otra leyenda y de ello tampoco se desentiende esta película.

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