Happy Days (Días Felices) debe ser la sitcom más característica que tuvo la televisión gringa en los años 70. Era acaso una referencia idealizada hasta lo imposible de esa sociedad clean y provinciana donde las maldades no se percibían o no pasaban de humoradas. Milwaukee (Wisconsin) se convertía en el sitio perfecto para que los chicos buenos y los rebeldes de casacas negras no solo se vieran, sino que luego de los rutinarios gestos territoriales, se fueran juntos a pasar aventuras teniendo a Arnold’s como centro de operaciones. El café donde encontrabas a los amigos, a la chica de tus sueños o un simple pero divino milkshake.
Resulta divertido ahora ponernos a pensar en esa gran influencia que deben haber tenido esas rutinas de media hora en nuestras vidas de chiquillos extraños a una realidad tan marciana como esa. Fácilmente los que las agarraron en sus primeras emisiones, dividían los papeles para jugar entre Richie (Ron Howard) y Fonzie (Henry Winkler). Ambos eran las estrellas del show que surgió como la más simpática idea que pudo tener Garry Marshall, aquel creador de la estética retro que cautivó a todo el mundo bajo las tonadas rockrolleras y las chaquetas de tela que eran lo único que podían tener en común con la era de James Dean en la cual se ambientaba.
Happy Days - Piloto
Vale decir que esta serie estuvo a punto de no llegar a ver la luz. Fue una especie de apurado reciclaje de las ideas que tenían Marshall y su equipo y que encontró un pequeño espacio de prueba en la recordada serie Love, American Style. En aquel piloto solo asomaban la cara Richie, su adorada madre Marion y el todavía no tan bobalicón Potsie. Como toda serie de larga vida, en Happy Days podemos ver las continuas pruebas que durante el camino fueron perfeccionando y dejando de lado varios personajes y situaciones. Uno de los más notorios fue la desaparición de Chuck, el hermano mayor del clan Cunningham, a pesar de que la cita múltiple de Richie y sus amigos en el departamento de este debe ser uno de los episodios más recordados.
Ese y mil apuros parecidos eran los que nutrirían la ciudad del medio este que aparecía ante nosotros con las tonadas de una de aquellas viejas rockolas que se sucedían de los primeros hits consumidos masivamente por adolescentes, ese gran público que hizo su destape en la postguerra. Ellos son los protagonistas de cada enredo o simple trance de la juventud en la que Richie, Potsie, Ralphy, siempre terminaban sanos y salvos en casita pero no sin quedar exentos de alguna marca de la expansiva edad de los descubrimientos, vergüenzas ajenas y torpezas de todo tipo por donde quiera que andaban y que requería del Fonz para salir de más de una.
Ese debe ser el motor de nuestra complicidad con cada paso de estos tres chiflados cargados de hormonas y todos los que formaban parte de su familia televisiva. Desde el bonachón Mr. Cunningham pasando por la pecosa Joanie y por supuesto el recordado Arnold, sucedido por el narizón Al. Por el programa pasaban estos y algunos que otros especimenes que no temían hasta tocar temas todavía tabú en la televisión de la época como el racismo, el acoso policial, o iniciaciones sexuales, claro que todo ello sin perder la brújula humorística.
Equilibrio que por lo general concluía en un resultado óptimo, que muchas veces lograba en verdad dar la sensación de estar siendo participantes de un paseo de esos shows de la nostalgia y las referencias de la cultura popular que tanto abundan en Norteamérica. Entre estos se distinguía claramente el personaje de Fonzi. Era una suerte de parodia andante, un prototipo de Elvis Presley de barrio, fan del rebelde sin causa, de mañas dudosas pero siempre bien recibido por la familia protagonista en cuyo recibidor acontecen gran parte de las ocurrencias. Era un tipo ya no tan chico que parecía hasta sentirse más cómodo con los muchachos de secundaria a los que aleccionaba como mentor.
No cabe duda que tan peculiar pero referencialmente cercana órbita, se hiciera de las grandes audiencias y hasta fuera generadora de toda una franquicia que gestó a su vez un par de series con personajes figurantes como Laverne & Shirley (protagonistas de una encerrona con Richie y Fonz), o Mork & Mindy (extraño episodio donde el alien Robin Williams intenta abduccir al pelirrojo). De todo eso se revistió Happy Days en su amplia vida televisiva. Al final el asunto fue deviniendo hacia las etapas más maduras de los personajes y el tono agridulce fue perdiendo su balance. Otras locuras de la pantalla le fueron ganando terreno y el ánimo de los interpretes fue derivando a otros intereses dando por sentado el fin de ciclo. El caso más notorio fue el de Ron Howard a quien le picaría para siempre el bicho de la dirección. Carrera de éxito pero de poca monta en verdad, algo que compartió con el creador Marshall y sus comedietas dulzonas llenas de enredos infantiles espurios y mujeres bonitas cargadas de artificialidad. Ninguno de ellos ha conseguido la química y ese sabor especial que distinguió ese pastelito sabroso que acompañaba nuestras tardes, algunos de nuestros días felices.
Intro
Reunión después de 30 años
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