Si hay una banda que se resistió por mucho tiempo a las clasificaciones y etiquetas que hacen de los ritmos, géneros, tendencias o modas musicales, esa fue Pink Floyd. Fue o más bien sigue siendo. La enorme influencia que ha ejercido con el tiempo no hace sino remarcarla como un fenómeno vanguardista en todos los aspectos que ello implica. Una agrupación que pasó por un momento clave de la música popular como fueron los 60, traspasando diversas etapas e influencias y forjándose un nombre en el siempre difícil escenario. Si hay algo que se distingue desde el comienzo en los Floyd (incluido el loco Barrett), es su declarada ambición, sus afanes trascendentales que sintonizaron a la perfección con las crisis y trastornos de su tiempo.
No es de extrañar que sus trabajos se concentraran pronto en el aspecto conceptual u organizativo de sus extrañas sinfonías modernas. Bajo el declarado mando de Roger Waters esto se fue convirtiendo en la característica de la banda durante el resto de su larga carrera. A pesar de esa coherencia el punto más interesante y original de su trayectoria se concentra precisamente en los diez años desde su despegue y notoriedad a inicios de los 70. Es ahí donde se suceden un puñado de álbumes que constituyen picos de la música contemporánea. A pesar de ello no deja de ser cierto que la era psicodélica que experimentaron en sus inicios, con Syd a la cabeza, es apasionante y aún conserva recalcitrantes fans que no perdonan la vía tomada por Waters. Entre esas discusiones la que más se destaca es ¿Cuál es el mejor de los discos de Pink Floyd? Pues aunque suene trillado, siempre mi respuesta será la misma: Dark Side of the Moon.
Este disco concentra todas las cualidades y talento de Floyd mucho más allá de todas sus innovaciones técnicas (obra y gracia de lo mejor que pudieron conseguir en el estudio Abbey Road). Es un disco de tan trascendental resultado como sus intenciones. Escuchamos largos temas que nos someten ante versos sobre las paranoias de la actualidad pero transformándolas en profundas alegorías que nos colocan en estremecedor trance, una sensación embriagante que se desliza en un inicio con algún gesto de desconcierto. Es la entrada a un universo sonoro que deja huella en quien se somete a su tour. Ya sea para evolucionar en sus preferencias musicales o para evadirse totalmente de la enrarecida realidad. Resulta paradójico que un ambiente sonoro tan nebuoloso, esté concebido como una representación o dedicación del infierno personal y mundial. A las angustias modernas diseminadas en cada corte como el transcurso vital del hombre sofisticado y ajeno a otras voces que no provengan de lo real.
Así es como esa vida despierta y termina en latidos, el primer estímulo (sonoro) de la vida. Speak To Me, Breathe, ese es el inicio de todo, el inicio del camino hecho música e ideas. Se van despertando entonces los sentidos y con ellos los afectos adornados con los ritmos relajados y electrónicos que provienen de las cuerdas y teclados. Pero desde ese despertar van sucediéndose pequeño avisos, frases y risas extrañas que anuncian la convivencia, paso a paso, con la inquietante idea de la locura rondando cerca y su potencial impulso que también espera el primer latido de su despertar. Pocas veces tales dimensiones se presentan tan conseguidas, si se quiere formalmente, en el espacio de la música de difusión popular. Esa es la zona en la que Floyd siempre a operado y triunfado (¿quién sabe como?).
On the run, el acelerado paso de esa juventud, es por tanto el corte más frenético y efímero, que se pasa volando para no dejarnos percibir el cambio hasta la entrada de unos ruidosos relojes que anuncian el final de una etapa. Surgen entonces las más largas y sugerentes melodías, todas ellas dedicadas a lo único que queda tras tanto frenesí: ponerse a pensar. Pensar en las inquietantes posibilidades del futuro que se anuncia largo pero menos distraído. Es la etapa en la que nos sometemos a las reglas naturales o artificiales, ambas representadas por los conceptos más preponderantes de la vida del hombre: el tiempo y el dinero. Dos cortes les dedican especial atención.
En Time escuchamos la destreza de David Gilmour en la guitarra mientras sigue con la voz cada estrofa que sentencia Waters sobre esa desesperación inútil (“y tu corres y corres para atrapar el sol, pero este va poniéndose, corriendo alrededor para volver detrás de ti otra vez”). Money aparenta, en cambio, ser más divertida, pero no deja de ser tan desoladora (“compartir es justo pero no tomes un pedazo de mi pie, el dinero dicen ellos, es la ruta de todos los males hoy en día, si tú preguntas por un aumento que no te sorprenda que te digan: de ninguna manera”). Es en esta canción donde se deja oír más claramente la onda rock de sus inicios pero cruzada con un saxofón preciso, combinación que hizo de este el corte más identificable del disco en su más exitosa carrera dentro del billboard (¿otra justa por el dinero?).
Ni esos relojes, ni esas cajas registradoras nos permiten vislumbrar la verdadera tranquilidad. Toda ese vacío ontológico se deja sentir en The Great Gig in the Sky, una melodía estremecedora que se sirve de un solo al blues, para crear una atmósfera de tensión absoluta con el oyente. Anuncio este que cede espacio a la maravillosa Us and Them, una de las canciones más bellas que haya escuchado alguna vez. Una sinuosa alegoría antibélica se ciñe a ella para dedicar un concierto absorbente en el cual los conceptos musicales de la banda llegan a un punto de comunión pocas veces conseguido por innumerables seguidores.
Any Colour You Like parece un pequeño guiño a su época psicodélica un instrumental que pinta como de porno pero que le sirve a Gilmour y Dick Wright para dedicarse a sus queridos contrapuntos. Un lapso de desvaríos que precede a la ruta final, al momento que las cabezas estallan, la trayectoria pasa la cuenta al espíritu. Ahí suena Brian Damage, y el resto coral en Eclipse. La despedida que simboliza la de un eterno show de todos los días, masivo e indistinguible, y del cual Pink Floyd extrajo esta rotunda pieza de arte. Cada vez que lo escucho es volver a sintonizar con un mundo alterno, esa habitación donde podemos refugiarnos brevemente de las ásperas operaciones que dominan la órbita musical. Como diría el gran Roger: “Hay alguien en mi cabeza pero no soy yo, y si la nube revienta, truena en tus oídos. Tu gritas y nadie parece escuchar. Y si la banda en la que estas comienza a tocar tonadas distintas. Te veré en el lado oscuro de la luna”.
Us and them
Money
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