Dentro del amplio y nunca bien reconocido espacio de la ciencia ficción en la literatura, mucha de la propia narrativa “seria” podría ver reflejado su propio tránsito o evolución. Desde las aventuras pioneras, y por ello algo más ingenuas, de Julio Verne o H.G.Wells en las cuales comenzaban los juegos con la especulación propia del género hasta llegar a la madurez y replanteamiento de las fórmulas mayormente conocidas. A mediados del siglo XX esos cambios se habían manifestado en diversas propuestas diseminadas casi al mismo tiempo. De entre todas quizás la de Isaac Asimov se luzca como la más original e influyente.
Como varios contemporáneos suyos, el escritor ruso americano se dedicó a complejizar aún más el horizonte del porvenir ficcional bebiendo de las más diversas vanguardias tecnológicas y filosóficas de su tiempo. Lo que lo distingue son sus características estructuras, muchas veces tributarias de los procedimientos deductivos del policial, y un fascinante imaginario que bien poseía tanto ritmo al narrar sucesos colosales como para restringirlos desconcertantemente hasta el pequeño espacio de un pensamiento. Una chispa que se dispara como abriendo las puertas a otro conocimiento, a una vuelta de tuerca de los valores y convicciones tanto como de sus intrigas llenas de giros y sorpresas a niveles de narrador puro en total alquimia con el pensador filosófico. De ello me convencí cuando cayera en mis manos esa colosal fantasía que es la serie de Fundación, tal vez el más ambicioso, abarcador, complejo y popular de todos sus trabajos.
Yo robot, publicado en 1950, es un pretexto perfecto para descubrir y tal vez capturar mucho de ese universo a la primera. Una grupo de nueve cuentos publicados a los largo de los diez años previos y que son ingeniosamente conectados en una sola unidad que a su vez forma parte de la amplia y detallada serie de obras futuristas que destacan notoriamente por su gran coherencia. Estas se remiten a una sola visión del futuro a lo largo del tiempo y hasta el propio escritor dejó, al final de su carrera, la relación de estas ficciones y el orden en el que deben ser leídas.
En Yo robot, como en el 2001 de Clarke, somos testigos de un tiempo para nosotros ya pasado pero no por ello menos envolvente. Es la humanidad enfrentada a los poderes de su ciencia en conflicto con su ética y con los rápidos cambios que se producen a consecuencia de la intervención de las máquinas humanoides. Estos Gólems de la era moderna se convierten acá en motivo de una poderosa alegoría del propio ser humano y su evolución. En cada relato guíado por la doctora Calvin (testigo de cada etapa de la integración robótica en la vida del hombre), vamos siendo espectadores de diversas anécdotas que grafican la calidad de narrador de Asimov. En todos ellos nos propone la inquietante idea de estar presenciando la progresiva aparición, esparcimiento, y organización de una nueva raza en la cual nos vemos reflejados. Todo ello en medio de torpes despertares, cortos circuitos y las esclavizantes tres leyes que fungen como mandamientos.
Ya sea en la figura Robbie, Speedy, Cutie, Dave, Herbie y demás nicks, leemos cada pasaje y cada una de estas materializaciones como un proceso del que no escapa un, poco a poco, manifiesto pensamiento, o incluso sentimiento. De ello somos vívidos lectores por ejemplo en el episodio inicial “Robbie”, donde se desarrolla de manera un tanto más tradicional , el primer encuentro con el metálico compañero de la familia en calidad de servidor. Cuento bastante entrañable que se asoma al estilo que retomaría el escritor en El hombre bicentenario. De alguna manera el Asimov más característico surge en las siguientes partes. Es el que asume la narración al estilo del policial y el suspenso pero en un sentido menos revestido de descripciones coloridas y más abocado al manejo de las resolución y ejercicios mentales y hasta metafísicos. Tal obsesión por la ciencias de la psique es la que termina haciéndolo de un forma de desarrollar sus singulares clímax por lo general reducidos a un solo espacio para la partida mental.
En ello no dejan de asomar ciertos aires a Poe. Pero Asimov se define como un escritor de su tiempo, del que vivió los inicios de la era atómica, la consolidación del psicoanálisis y las semillas de la futura cultura pop. Los robots aparece entonces como uno de los conceptos y personajes más característicos, como las curiosidades siempre nombradas tal y cual en la sociedad humana que retrata el libro, y cada momento de crisis que esta se ve obligada a resolver aún a costa de la excesiva perfección de sus juguetes de prueba. De ello da cuenta el genial episodio “Razón”, en el cual ese enfrentamiento se reduce a la lógica vertical, y por qué no acertada, de uno de estos nuevos ciudadanos que rápidamente pueden optar a más derechos y privilegios como en “Evidencia” (acaso el más espectacular y directamente social de los cuentos). Los robots asumiendo la conciencia de su propia evolución solo que con más facultades y ventajas que el hombre. El único punto de inquietante frustración para ello podrían ser las tres leyes robóticas, pero para ese momento ellos ya las considerarían seguramente el loable dogma de su propia religión. Al talento de Asimov no se le escapó ni un detalle.
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