Confiésalo, cínico joven posmoderno que aún le prendes velitas a Lyotard: alguna vez tú también creíste ciegamente en los ilusionistas –esa especie en peligro extinción– y quisiste aprender a hacer trucos de magia. No importa si fueron los consabidos artificios con los naipes o si pensaste en desaparecer luego de un breve crepitar de dedos. No importa si lo real y lo imaginario terminaron confundidos en un efusivo abrazo. La magia no es una triquiñuela. Como sucede con la fe o con el cine (o mejor aún: con la fe en el cine), lo que importa al final es creer en ella.
¿Dónde la separación entre la imaginación y la realidad, dónde la verdad última?
Esa es la pregunta que parece hacerse Neil Burger en El Ilusionista, su segunda película; ella misma un acto de magia, un modo hábil y certero de fabricar ilusiones. Sin recurrir a un exorbitante presupuesto para los efectos especiales, sin demasiados fuegos artificiales.
Burger toma como pretexto una clásica historia de amor imposible (¿acaso no todos lo son?) entre el aprendiz de mago –hijo del ebanista real, para más señas– y una jovencísima duquesa. Ambos muchachos se ven forzados a renunciar al amor que los vincula y ante ello, el joven aprendiz de mago se marcha al exilio a instruirse en los secretos del ilusionismo.
Años después, el mismo muchacho, ya curtido en los secretos propios de su oficio, se ha convertido en Eisenheim (Edward Norton), el célebre mago reconocido como una de las atracciones principales de la Europa finisecular. Einsenheim monta su asombroso espectáculo en Viena y atrae a multitudes, tanto a los ciudadanos comunes como a los nobles más poderosos; y quien le da la bienvenida a la mítica ciudad no es sólo la fama sino también la misma duquesa Sophie von Teschen (Jessica Biel), comprometida ahora con príncipe Leopold (Rufus Sewell).
El azar los reúne. Leopold descree de la magia –un poco como tú, joven posmoderno– y en uno de los espectáculos de Eisenheim, envía como voluntaria a Sophie, a la que pronto desposará para afianzar el poder monárquico. Durante el acto de magia, los antiguos amantes se reconocen pero no dicen nada porque saben que ahora los obstáculos se han redoblado.
Burger narra esta historia romántica según los viejos preceptos del cine. Las tonalidades ocres y sepias, los procedimientos de filmación que simulan los inicios del cine, la fotografía, la textura que se ofrece a nuestros ojos. Pero son también los trucos del propio Eisenheim, sobre todo los últimos que lleva a cabo, los que aluden al poder de la imagen en la Viena de finales del siglo XIX.
Poder –es bueno recordarlo– que origina al cine. No es casual que una de las explicaciones que se dan sobre los fantásticos trucos del mago sea la del incipiente cinematógrafo. La película, entonces, vuelve sobre sí misma: es el cine desnudándose con elegancia, un acto de magia que es también despojarse de las ropas que décadas de avances tecnológicos le habían impuesto, es el cine que muestra sus elementos primigenios y constitutivos. Burger nos revela con sutileza y sigilo los misterios de su oficio de ilusionista.
El amor entre el mago y la duquesa se ha mantenido intacto. Y se hace más fuerte conforme crece el escepticismo y la infamia del príncipe Leopold. Pero, como en otra época, el enigma que Eisenheim debe resolver es poder realizar un truco –el mismo que no halló en los años de adolescencia– para escapar con la bella Sophie sin despertar la ira de Leopold.
Y sin embargo, no es Eisenheim, como pudiera creerse, el protagonista de esta historia, sino el inspector Uhl, encarnado por un estupendo Paul Giamatti (uno de mis actores favoritos). Es el inspector de la policía vienesa y mano derecha del pérfido Leopold; es él quien asiste al idilio de los amantes y ve cómo Eisenheim desafía al poder e incredulidad del príncipe –retorno una y otra vez a la escena de la espada– para convencerse finalmente de romper el pacto con el heredero del trono.
Para enfrentarse a Leopold, Eisenheim va afilando sus trucos hasta hacerlos cada vez más vistosos e increíbles, artificios que rozan lo inverosímil, aproximaciones impagables al misterio (del cine, se podría agregar), y su poder parece aumentar conforme va intensificandóse el amor por Sophie. ¿No es acaso la labor de todo mago digno de sí mismo servirse de la fantasía para lograr sus propósitos? Lo curioso es ver cómo el ilusionista logra concitar tanta popularidad entre los ciudadanos vieneses, tanta como para hacer titubear al propio Uhl. Paralelamente, Burger va dejando de lado (aunque nunca totalmente) sus estratagemas de cineasta tradicional y –de la mano de Eisenheim– va afilando su película hasta hacerla cada vez más enigmática y fantasmal.
La destreza de un mago consiste en su capacidad para seducirnos, para persuadirnos de que lo que nos muestra es posible aunque carezca de explicación. Eisenheim real/iza la fantasía dentro de la realidad, donde todos los detalles son relevantes.
El truco del final es como un parpadeo o un vórtice que empuja los sucesos más allá de lo previsto. Todo se sustenta en ese efusivo abrazo entre la imaginación y la realidad del que hablé al principio (como si la imaginación y la realidad se encontrasen después de mucho tiempo en una calle por la mañana y se abrazaran). Poco tienen que ver ya el príncipe, el mago o la duquesa. Aunque son cruciales el diálogo que sostiene con Leopold tanto como el obsequio del secreto de los trucos asombrosos que recibe de Eisenheim ya casi al final, no cabe duda que es el inspector Uhl quien, más allá de resolver el misterio, forja el ilusionismo del filme y le otorga su ambigua perspectiva.
¿Dónde la separación entre la imaginación y la realidad, dónde la verdad última?
Porque el obsequio es otro, mucho más cautivante que desentrañar el misterio; porque es Uhl –pasmado, sorprendido, fascinado, al igual que todos nosotros– quien está ahí para asistir como espectador privilegiado al acto final de Eisenheim, a un acto que acaso sea el más desconcertante y extraordinario de todos.
[Ahora entonces haz crepitar tus dedos]
Trailer
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