La lectura de Madame Bovary es una de las más fuertes y reveladoras que se pueden tener mientras se va descubriendo el horizonte literario, actualmente llenos de referencias y homenajes a varios de los puntos culminantes del arte y determinada tendencia como lo fue esta novela. Mayor gloria de ese minucioso e inclemente prosista que fue Gustave Flaubert. Aquella obra se distingue en nuestras manos, ya no por el escándalo que se le atribuyó en su lejana 1857, sino por su tensión formidable, su nada concesiva visión de su época, y por ese talento original para crearnos en la imaginación personajes tan carnales y humanos como Emma. La soñadora figura, digna idealización de alguna novela de amor dentro de la cual el escritor escarba para encontrar lo que estaba detrás de la felicidad, detrás de la palabra fin en el cuento de hadas.
Antes que nada, la novela de Flaubert es una mirada cínica, y por que no, doliente de la burguesía provinciana de su tiempo, de aquella que se comenzó a elevar en respuesta a la elegancia parisina, no sin poco conflicto. Una nueva casta que se comienza a forjar cuando los ecos y humaredas bonapartistas parecen haber cesado. Ese mundo que retrata es el de la tradición y la urgencia de sobrevivir intentando encontrar una forma de extraña convivencia, transformando disimuladamente el orden ancestral con un catálogo de mañas más extenso del que podría llenar la inconforme Emma con todas las exquisiteces que imagina al alcance de su mano.
Flaubert plantea su novela con un absoluto descreimiento ante el paso inclemente de la modernidad anunciada en esas nuevas transacciones y modales. La consabida fantasía o idealización del mundo que poco a poco habrá de quedar sepultado por el nuevo orden social, es del cual se sustenta el recorrido de cada uno de los pasajes hasta un descenso impensable. Basta con repasar el inicio, donde se presenta la figura triste de Charles Bovary, signado impiadosamente por la mediocridad. Es un personaje de aires y personalidad fácilmente ubicable en las fantasías romantizadas previas pero a quien el escritor se encarga de despojar de toda virtud salvo la de la bondad, la única incapaz de hacerle frente por si sola al mundo. Cada pasaje nos va describiendo a un ser que para desesperación de sus mujeres, posee las características del mortal común y corriente. No es ni valiente, ni inteligente, y todos sus movimientos terminan siendo condicionados por lo que dicta su madre en un primer momento y su mujer en los siguientes.
Esa parodia de lo ordinario tan solo sirve de entrada para conocer la verdadera intriga que se dispara dentro de esa búsqueda de la felicidad con nuevos estímulos y limitaciones a la vez. Emma surge como aquella chica que a vivido toda su existencia alimentándose de las convicciones de aquella literatura a la cual Flaubert le da la contra. Como en tantas aventuras románticas, esta chica se convierte en una heroína de amor, matrimonio, y casa. La gran diferencia es que aquí también tomaremos parte de sus pensamientos, conclusiones, y las posibles decepciones a las que llega con estas. Todo su itinerario es revertido por su creciente insatisfacción. La buena Emma asume la llegada del pretendiente como parte de su sueño de la historia de novela prometida más que del amor mismo. Saborea lo insípido de la vida al lado de su médico (acaso la mejor pareja a la que se podría aspirar) y ve como las mieles fantaseadas se le escapan a lo poco de probarlas (la fiesta en casa del Marques d’Andervilliers).
Tras ese punto todo se convierte en la descripción del infierno de sus pretensiones que tendrán como escenario el pueblo de Yonville. La implacable manera en el que ese torbellino de enrarecida pasión se encuentra descrito debe ser uno de los más fascinantes concebidos en la narrativa occidental. Se convierte en la descripción más precisa del ansia carnal o espiritual, un deseo crepitante en el interior que irá extendiéndose hasta los límites del placer. El autor se encarga de demoler esas aún vagas ilusiones, afirmando la total victoria de una realidad que no espera más que sacar cuentas a los diversos pecadillos que se suceden uno a uno en la vida de Emma como si se estuviese probando diversos modelos para su soñada velada de reyes. Aspectos como la maternidad y el manejo del hogar terminan siendo relegados por su vehemente osadía con tal de probar a esos amantes que de una forma u otra terminan decepcionándola con sus diversas promesas y personalidades. Bien imagina su novela con un intrépido héroe como Rodolphe o con un soñadora pero disminuida alma de artista como ella en la figura de Léon. La ordalía más mental que otra cosa es descrita incluso como un atrevido reclamo sobre los mecanismos al uso de muchos narradores folletinescos a los cuales tanto se llegó a acercar el propio Flaubert.
En medio de estos combates por huir de esa realidad a base de aventuras y falsos lujos, se van distinguiendo varios de los personajes que hacen de esa gran tradición o sistema, una red que termina capturando a la mariposa dejándola hincada para la disección. Tal vez el más interesante (y clave) de todos sea el señor Homais, el farmacéutico del pueblo y condensación de todas las aspiraciones de esa nueva clase social. Un personaje de autoridad no escrita entre los suyos, secreto y no menos calculador. Tal pareciera que todos los esfuerzos van dirigidos a resaltar su arribista figura y eso no lo desmiente el escritor hasta el inquietante desenlace.
Tags: charles bovary, emma bovary, flaubert, gustave flaubert, homais, Isabelle Huppert, leon, litertaura francesa, madame bovary, rodolphe, yonville
2 Comments
dos escenas: aquella en la que emma recorre con los dedos en un mapa las calles de parís; la otra, su furtivo encuentro con león en un coche q pasea por todo el pueblo.
Añadiría también la alegoría con el vagabundo ciego que aparece como el fantasma de la miseria de Emma.
Soberbio