Los Simpson: un cuento nada de hadas ¡Viva!

En unas declaraciones que hiciera alguna vez como presidente de Estados Unidos, George Bush Sr. señalo: “Vamos a fortalecer a la familia norteamericana para hacerla más parecida a Los Walton y menos a Los Simpson”. Tal forzado y esperado reclamo era la consabida respuesta ante la aparición de aquella torcida ciudad de Springfield siempre entre nubes, que sardónicamente anunciaban una paradisíaca caricatura de la tan añorada fantasía republicana de los hombres y su sociedad hecha de acuerdo a la voluntad de los cielos. ¡Cielos¡ es lo que habrán gritado cuando aquellas nubes dejaban paso a una serie de rápidas y precisas burlas al diario vivir de la hermosa nación, a través de esos seres de color amarillo hechos parodias parlantes y torpes. Una clase media tan inquietante como humorística.

No hay serie animada e incluso sitcom que no se haya visto de alguna manera influenciada por las “comunes extravagancias” provenientes de ese espectro concentrado, pueblerino, corrompido, y encantador ideado por el caricaturista Matt Groening. Todos ellos provenían de un prototipo de show que podía seguirse en El show de Tracey Ullman. Lo más recordable de aquel programa eran los breves minutos en los que los Simpsons surgían con esa humorada, crítica y a veces vulgar, que se iría perfeccionando desde su salida al aire en 1989 como programa independiente. El furor que causaron fue motivado por esa capacidad de réplicas y vivaces gags que bebían de las referencias más eclécticas. Con o sin conocimiento de éstas, el show podía disfrutarse a tantas carcajadas y a ello le debemos también su rápida llegada en doblaje al español, que fue con la que lo conocimos y la única a la que podíamos tener acceso en aquel tiempo.

Así fue como le escuchamos el primero de tantos quejidos al querido Homero, puesto en aprietos por su terrible Bart, su alunada Lisa, su mujer Marge y la eterna bebé Maggie, o por su propia y aceptada torpeza. Según la lógica de aquella dislocada patria, semejante espécimen solo podía convertirse en miembro no tan selecto de los trabajadores de una planta nuclear local, la fuente de trabajo de gran parte de los orgullosos y bebedores habitantes de la ciudad. Groening y su auspiciador James L. Brooks, se dedicaron desde ese plot básico, a escarbar todos y cada uno de los deliciosos y siempre negados defectos de su universo primer mundista, autosatisfecho hasta la explosión estomacal o la lobotomía televisiva. Las tradiciones eran subvertidas y sus connotaciones más sagradas eran pisoteadas a más no poder. Ese humor sazonado por un perverso gusto destructor no nos permitían ningún instante para la reflexión, salvo que fuera algún que otro chiste de rebuscada alusión que muchas veces dejaba perpleja a la audiencia.

Con todo lo paroxístico de esa cuadro decadente, no dejaba de deslizarse cierta humanidad que ahora nos obliga a soltar risas disimuladas ante cualquier otra ñoñés de la que hubiésemos sido espectadores antes. Los Simpsons debe ser el programa perfecto para la pubertad. Fue aquella la época en la que me encontró una noche en su primera y muy promocionada transmisión local. Ni mis primos alrededor, ni yo, sabíamos lo que veríamos, y a decir verdad, muy poco nos preocupábamos por ello. Por ahí ya habíamos atestiguado más de una pícara revelación. No era ni el tema del sexo o el de la violencia al que nos expondríamos esta vez, al menos no tan directamente. Los Simpsons fue nuestra entrada a la burla cruel, a la sátira sin contemplaciones, al final de la absoluta inocencia detrás del entusiasmo por los juegos con los adultos o por los discursos políticos. Y a su modo fue una manera de entender cómo se mueve el mundo realmente.

Basta con ver esa amplia galería, zoológico, acuario, o colmena (como dirían Altman y Cela) que fue haciendo de Springfield la ciudad más conocida del mundo entero. Por ahí vagaban delegados de distintos rincones, intenciones y cualidades: el abuelo Simpson a quien su condición de jubilado no lo apartaban de las burlas más crueles y las modorras más frecuentes; las entrometidas tías Patty y Selma; el cristianísimo y aburridísimo Ned Flanders que metía su discurso hasta que entraban las insensateces de Homero para contrarrestarlo; el señor Burns y Smithers; Apu el gentil emigrante; Crusty; Barnie; Moe; Milhouse; y también los inolvidables Itchy y Scratchy (o Tommy y Daly), malsana parodia de show de doble moral para consumo familiar.

Todos ellos y muchos más ha conformado ese mundo paralelo y representativo que no tardó en tener seguidores en pos de romper la marca, gran parte de ellos superando las cuotas de vulgaridad por decirlo “sana” que impusieron los de Groening pero sin compartir su autentico valor satírico. Tal vez fueron en su momento Beavis and Butthead y luego South Park los que casi arañaron esa posibilidad. Ahora esto se ha vuelto indistinguible ante tanto afán destructor y malévolo que ronda por las pantallas. Tal vez eso es lo que ha terminado volviendo saturante la tendencia. Deberíamos exigir o imaginar un universo más sutil como necesario bálsamo ante tanto desgaste. Lamentablemente la época en la que vivimos no lo permite.

Simpson Theme (Sonic Youth)

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