La luminosa epifanía del absurdo: nota sobre Andrés Caicedo

Lo que pasa es que soy muy feliz en la duda y en la sombra.
Andrés Caicedo
 
Para llegar a Cali no hay carretera / Solo se necesitan dos escaleras
La misma gente
Una revelación tan luminosa como oscura: el relato moderno procede del más puro sinsentido. Ricardo Piglia –quien demuestra la conexión perfecta entre el lector impenitente y un gran fabulador– [...]



otras tardes

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Lo que pasa es que soy muy feliz en la duda y en la sombra.
Andrés Caicedo
 
Para llegar a Cali no hay carretera / Solo se necesitan dos escaleras

La misma gente

Una revelación tan luminosa como oscura: el relato moderno procede del más puro sinsentido. Ricardo Piglia –quien demuestra la conexión perfecta entre el lector impenitente y un gran fabulador– nos recuerda que, en uno de sus cuadernos de apuntes, Chejov compendiaba ese sinsentido en esta breve narración: “un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida”. La forma clásica del cuento -argumenta impecablemente el escritor argentino- está condensada en el núcleo de ese relato futuro y no escrito.

No hay que ser demasiado perspicaz para anotar que en la modernidad esa revelación fue penetrando vertiginosamente, como el mejor de los venenos, en la vida de quienes consumían aquellas páginas, no menos verdaderas por absurdas, de quienes atisbaron día a día la epifanía del sinsentido y decidieron zambullirse en ella hasta llegar a donde nace el vórtice. Entonces, yo volvería a escribir la mentada historia del siguiente modo: “un hombre -con peculiar talento para la narrativa, el teatro y el cine- publica su primera novela, vuelve a casa, se suicida”.

¿Les suena conocido este relato futuro y nunca escrito en las historias literarias que suelen mirar con cierto menosprecio el trayecto vital de cada escritor?

Fiel a sí mismo como pocos, meses antes de cumplir los ventiséis años,  Andrés Caicedo se entregó al solitario festín de seconal que acabó con su vida. No le importó renunciar al talento que tenía como narrador, apasionado cinéfilo e infatigable hombre de teatro. Como tampoco le importó envenenarse el mismo día que recibiera los primeros ejemplares de su novela, la asombrosa y despiadada ¡Qué viva la música! (Wikipedia dixit). Los amigos más cercanos de Caicedo lo sabían: el malogrado Andrés proclamaba con frecuencia que vivir más de veinticinco años era insensato.

Dos opciones: o poca gente conoce la obra de Caicedo, o poca gente habla de ella. No es mi intención, sin embargo, retratarlo como héroe indie y menos como el secreto mejor guardado de algunos cenáculos intelectuales. Lo cierto es que el de Cali pasó inadvertido durante décadas entre los abanderados de la nueva narrativa latinoamericana. Y ello se debe no sólo a su muerte prematura sino también a su obra perturbadora, a su faltoso modo de recorrer esa autopista de doble sentido que para él fue el arte y la vida.

De Caicedo se ha dicho que fue un precoz y prolífico creador que se entregó con la misma intensidad al teatro, a la narrativa y al cine. Pero hay mucho más en su escritura, en su mirada. El escritor caleño fue un privilegiado lector de su contemporaneidad, de su época, que supo engarzar con sus propias vivencias o las de sus compañeros de ruta, dando forma a uno de los universos creativos más delirantes y transgresores que haya ofrecido la literatura latinoamericana. Es el mundo de la violenta cotidianidad. Desde luego, hablar de cotidianidad en Caicedo es también aludir a la historia secreta de una ciudad -la maravillosa y terrible Cali-, a sus vivencias y sus ruinas, a sus anécdotas decandentes y anónimas pero no por ello poco relevantes. Y en  esto reside la diferencia con la serie literaria que lo antecedió.

Antes que quien prefirió la ruptura por la ruptura, se puede encontrar en su proyecto creativo a quien apostó por la innovación, a quien decidió nadar por el cauce prohibido del río, aun corriendo el riesgo de ahogarse en él. Caicedo debe ser una de las piezas claves para el giro narrativo dentro de la nueva narrativa latinoamericana. O de esa muletilla que tanto le gusta a la crítica: el post boom. Es parte de la facción que reemplazó las ancestrales mitologías o aquellas originadas en el realismo por otras más cercanas. Y ello no significa un abandono de lo referencial, por llamarlo de algún modo.

El solitario de Cali percibió las fuerzas que representaban lo propio y lo ajeno y decidió instalarse en el punto donde ellas se articulan. Caicedo asumió esas fuerzas -a veces paralelas, a veces divergentes- que lo atravesaban: le hizo espacio a la cadencia del rock y la salsa, abandonó los mitos y motivos regionalistas pero recuperó la dicción popular caleña y volvió a imaginar su ciudad -Calicalabozo, según sus propias palabras- como la urbe cuya modernidad resultaba desigual y contradictoria.

Se puede rastrear con facilidad en su escritura el magisterio de los fundadores del relato norteamericano. Poe Hawthorne pero también Lovecraft, pero también Melville. Con ellos compartió el gusto por la perversión que se oculta en los resquicios de la normalidad, la fascinación por los destinitos fatales. Gustos refrendados por las películas de terror, por el cine de autor y la serie B que Andrés consumió con frecuencia y delectación. Y aún más: el colombiano fue un devoto seguidor de Ionesco, de John Ford, de Malcom Lowry, de Harold Pinter. Y alguien dirá que la historia de María del Carmen Huerta en ¡Qué viva la música! es la reescritura del mito órfico, del descenso a los infiernos. Sin embargo, todas las influencias que yo o quien sea puedan encontrar no terminaran de explicar las páginas que ofreció. 

¿Dónde entonces la tan mentada diferencia, la transgresora originalidad?

Caicedo envolvió su proyecto creativo con todos los atuendos que habían sido censurados por el canon. Lo grotesco, lo prohibido, lo escatológico. Hizo suya la narrativa del vampiro, del caníbal, la premura de lo sexual, el cinismo como estandarte de los desarraigados, el alucinado y alucinante universo demencial de las drogas y de los estados alterados de la conciencia como una búsqueda infructuosa de otro orden. Caicedo colocó en el centro todo aquello que estaba en los márgenes, en los bordes, en los resquicios. Todo esto sin la menor intención de trascendencia o heroicidad (porque no fue el primero ni el único, porque no se convirtió en un abanderado de lo políticamente incorrecto, entre otras muchas razones), y ese movimiento que ahora parece reiterativo y hasta banal, en él pareciera ser algo definitivamente vivo.

En la galaxia Caicedo no existe lo perenne, todo es permanente fuga. Y queda claro, al menos para mí, que el de Cali tomó esto como una rigurosa consigna que siguió tanto en la escritura como en la vida. Por ello, no debe sorprendernos que esta galaxia sea también de la adolescencia. Casi todos sus personajes son púberes que, al comenzar a vivir, empiezan también a caminar entre arenas movedizas, a tambalearse hasta hundirse en el fango. Angelitos empantanados, muchachos de moral ambigua adentrándose en una ciénaga, en un bosque sin camino de retorno. Y, como en ese famoso cuento para niños, se exponen a los peligros del extravío y de las presencias que habitan los lugares solitarios y salvajes del bosque. No hay otra forma de hacer el recorrido. No hay otra forma de abordar la vida. De tomar ese tren a deshoras. Los adolescentes que imaginó Caicedo son burgueses que no quieren ni pueden dejar de serlo y que, sin embargo, terminan desclasados, aislados; están perdidos y no buscan encontrarse o encontrar algo así como la salida. Se mantienen en la constante zozobra (como el Pretendiente) o son arrastrados por la locura, la incomunicación o el exterminio.

Cali recorre como un fantasma toda la obra de uno de sus hijos más talentosos y extraviados. Cali es la ciudad rota, dividida por profundas desavenencias, antagonismos sociales y por la irrupción de inconmesurables tradiciones y estilos. Al propio Caicedo se le tachó como “hippie criollo“. El canibalismo, en este orden de cosas, podría ser visto como el tropo cultural que encierra la escisión, la fragmentación perpetrada por una modernidad que devora a los caleños. El norte y el sur separados por algo más que por el dinero. Cali es una ciudad que espera pero que no abre sus puertas a los desesperados. Y en ella palpita la vozde Lavoe, la guitarra de Keith Richards, las drogas más suaves y duras, el amor y la sexualidad adolescente que se hace trizas y que conduce a la más desesperanzada de las tristezas.

Y sin embargo, y paradójicamente, en nuestro autor toda dimensión de desesperanza o de abatimiento tiene un componente tierno. Una desesperanza tierna. Por otro lado, la Cali de Caicedo es una ciudad de muchedumbre, de gentío. Y es, a la vez, con simultaneidades y destiempos, una ciudad solitaria, vacía, donde a veces no parece existir nadie más que la voz narrativa que nos hace conocer su historia. Como en Infección o Besacalles, los personajes de Caicedo están solos entre las calles de Cali, rodeados de asfalto y fantasmas. Y, por supuesto, viven en Cali, viven Cali,  pero también es Cali quien habita dentro de cada uno y de todos, en el pecho o en la sangre o en los ojos.

Sobre Caicedo y su obra se podrían decir muchísimas cosas más. Se podría hablar, por ejemplo, de aquella vez que vio a Andrew Loog Oldham, por entonces productor de los Rolling Stones, caminando por una calle de Bogotá y decidió hacerle el habla y preguntarle cosas sobre esos muchachos empantanados en música (empantanados ahora en dinero) que tanto y tan bien escuchó el buen Andrés. O podríamos hablar de su viaje a Estados Unidos, el frustrado intento intento de venderle guiones a Roger Cormac y la desazón que lo embargó. Y, entre otras cosas, se podría hablar de su amistad con otro escritor, con otro cinéfilo consumado que, como él, eligió irse: Juan Bullita.

Antes de terminar quisiera añadir una anotación sobre el método compositivo de Caicedo, por llamarlo de algún modo. Éste nunca es progresivo o lineal sino digresivo, caleidoscópico. Las historias no tiene un solo final, una sola lógica, sino varias. Un jardín de senderos que se bifurcan, también por llamarlo de algún modo.  ¿Cuál es el final de Angelita y Miguel Ángel? ¿Aquel que narra el Pretendiente o el que da a conocer el narrador de El tiempo de la ciénaga? ¿Cuál es la versión más fidedigna de Berenice?  Las historias se desintegran y vuelven a integrar una y otra vez, los mundos colisionan, las frases se superponen construyendo una elipsis, un anillo de moebio o líneas paraleas que, en algún punto del futuro, se entrecruzan.  Así, el mundo que Caicedo quiso construir está lleno duplicidades, pliegues, callejones oscuros y luminosos que proliferan en Cali, que diseminan sus posibilidades. Encontrarlos, caminar por ellos, sentirse a su gusto en su luminosidad oscura es descubrir todo lo que hizo y pudo haber hecho Andrés Caicedo.

Quizá Caicedo pudo entregar mejores páginas, quizá su obra hubiese ganado en concisión, en economía narrativa y el proyecto hubiera quedado completo si es que hubiese vivido un tiempo más. Pero entonces yo estaría hablando aquí de otra persona. Y podría decir incluso que yo sería otra persona. Porque un libro -todos los libros- son una vida que se agrega a la vida para cambiarla (y ya sé que mis amigos me van a acusar de ingenuo, pero hay cosas en las que uno cree y con ellas no puede ser de otra manera). Digo esto con plena conciencia de que Caicedo renunció voluntariamente a su vida. Al mundo que construyó, a la galaxia efímera pero permanente por la que discurrió y a todas las posibilidades que ella ofrecía.

No podía ser de otra manera y no lo fue. El solitario tierno y perverso de Cali reivindicó lá ética del marginal, de quien elige renunciar a todo. Aquí también las posibilidades se multiplican: ¿Caicedo fue al casino, ganó el mejor de los premios, y con el dinero compró  las pastillas para el último viaje? ¿O es que no regresó a casa? ¿O es que quizá sabía que podría quedarse con el premio y, sin arriesgarse a ganar,  decidió que con el poco dinero que le quedaba compraría las pastillas que lo acompañaron a casa? Como sea, para bien y para mal, Caicedo renunció. Y eso le bastó para quedarse entre nosotros.


caicedo

Foto: Carlos Dussan

Yo seguiré de frente, porque la rumba no es como ayer, nadie la puede igualar, sabor, la rumba no es como ayer, nadie la puede controlar. Tú enrúmbate y después derrúmbate. Échale de todo a la olla que producirá la salsa de tu confusión. Ahora me voy, dejando un reguero de tinta sobre este manuscrito. Hay fuego en el 23.

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2 Comentarios

  1. henry flores agregó estas palabras el August 3, 2008 | Permalink

    En mi blog http://www.henryflores.blogspot.com acabo de publicar una entrevista que le hice a Alberto Fuguet donde habla sobre Andrés CAicedo. Por favor difundirla.
    Saludos y gracias

  2. Gatonegro agregó estas palabras el October 28, 2008 | Permalink

    Hey muy bacano el atriculo, pero dos precisiones: la foto del stencil de andrés que ilustra, de ultima, el articulo, es de mi autoría y tiene todos los derechor reservados.
    http://www.flickr.com/photos/cdgatonegro/422066207/

    Yo la verdad no tengo ningún problema en que se use la foto ya que está en internet, a la vista del público, pero hay que recordar que el hecho que este colgada online no quiere decir que sea de dominio publico.

    Esto es importante porque nos proteje a todos por igual, de la misma manera en que nadie puede fusilar y presentar este texto en otros medios sin citar al autor (lo que comunmente se conoce como plagio).

    Así que me encantaría que la foto se quedara en el atriculo (muy bueno por cierto) para tales efectos seria importante que al hacer click en la foto esta remita a la pagina original de la foto: http://www.flickr.com/photos/cdgatonegro/422066207/
    y que haya un credito escrito debajo de la foto con mi nombre. Le ruego me disculpe pero es que yo vivo de esto y me afecta de manera particular el irrespeto a los derechos de autor.

    la segunda precisión consiste en que la foto tal como esta en el post tiene las dimensiones equivocadas y se encuentra “anchada” por lo que le ruego que si decide mantenerla, lo haga con la proporción correcta.

    Mhuchas gracias,

    Carlos Dussan

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