Nosferatu, una sinfonía de horror: el trágico viaje entre la luz y las sombras

Existe solo un puñado de películas que puedan distinguirse realmente como iniciadoras de lo que se digna a llamar estilo, escuela, género, y etc. Detrás de ellas no se hallan más que continuaciones, o tergiversaciones de ciertas pautas establecidas, como mandamientos básicos de los que es muy difícil zafarse. La originalidad actualmente ya no reside [...]



otras tardes

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Existe solo un puñado de películas que puedan distinguirse realmente como iniciadoras de lo que se digna a llamar estilo, escuela, género, y etc. Detrás de ellas no se hallan más que continuaciones, o tergiversaciones de ciertas pautas establecidas, como mandamientos básicos de los que es muy difícil zafarse. La originalidad actualmente ya no reside en la creación de códigos sino en la combinación de los ya existentes. Conforme pasa el tiempo y mucho cine de ambiciones experimentales viene siendo restringido en su llegada hacia el público, la vista de estas películas fundadoras se va haciendo cada vez más borrosa, como si se fuesen fundiendo con las otras leyendas escritas y orales que en un momento determinado pasan del hecho comprobado a un estado líquido e imposible de sujetar con las manos. Acaso se mueven como los mares que se agitan eternamente, indiferentes ante nuestras quimeras.

No puedo dejar de imaginarme a esta película clave del llamado cine de terror, antes que nada como una fantasía romántica y triste, que recoge mucho de esa sensación de extraña nostalgia. El propio Friedrich Wilhelm Murnau había abordado las características narraciones fantático-tenebrosas de la Europa central y más allá para algunas de sus contadas realizaciones. Pero de todas ellas, no creo que ninguna alcance esos niveles de exaltación que ofrece su peculiar adaptación del relato de Bram Stoker. Hay una fuerza sobrecogedora en ella tanto como una belleza entre perversa y melindrosa. Por la extraña atmósfera que extendió en sus películas europeas, no era de sorprender que al llegar a Estados Unidos, sus dramas románticos y pasionales se acomodaran muy bien a ese regusto por lo que llamaríamos ahora freaky. A pesar de compartir las tendencias expresionistas de la época, a Murnau no le faltaba mucho de sensibilidad surrealista, aunque tampoco fue el único.

La visión de su Nosferatu debe haber sido de lo más desconcertante para sus contemporáneos. Ahora a nosotros nos queda admirarla pero bajo otra mirada, una más consciente de los mecanismos que fueron usados con el tiempo por la gente más diversa: desde Tod Browning, pasando por John Ford y Orson Welles, hasta llegar a los reyes de lo macabro de show de feria que abunda en el cine hollywoodense últimamente, con sus resurrecciones y citas de citas. Seguro que no hay pocos que miran con cierto escepticismo las ingenuas miradas de terror que lanzan los aldeanos cuando el despreocupado Hutter anuncia que se dirige al castillo del conde Orlok, o incluso que no dejan de reírse cuando los efectos de la época son utilizados con candorosa torpeza para simular anocheceres, o movimientos sobrenaturales.

Pero lo cierto es que más allá de las imperfecciones técnicas difícilmente deshacen un conjunto de momentos de notable sentido del lirismo, del sueño y la pesadilla transitando juntos, como cuando un niño atraviesa rápido la temida sombra para llegar a donde esta la luz. Ese violento choque de fuerzas y sensaciones que nos producen estos dos contrincantes se encuentra representado en varias de sus resoluciones más interesantes aquí. Toda la película nos habla de esa convivencia entre violenta y subyugante. La esplendorosa ciudad acoge seres tan solares como Hutter y Ellen, pero también subyacen en ellas los rastros de tenebroso y conspirante, encarnado por el hipnotinzado Knock. El buen hombre deja su mundo de luz por el de las sombras, atraído por la ambición de la superación económica. De ese mundo de tinieblas en cambio, surge su poderoso antagonista que acoge sus deseos a cambio de un pacto firmado con sangre (si, igual que Fausto, al cual Murnau adaptaría también).

El encuentro y la alianza nunca mencionada terminará provocando el intercambio de papeles, sumergiendo al visitante en aquel paraje sin brillo mientras que el conde busca asirse a un sueño, una fantasía custodiada en los recintos del albor. El contraste deja de ser tal para irse ambos mundos contaminándose mutuamente. Una escalada pasional que no mide su poder destructivo, ni su punto débil. Esta debe ser una de las historias más rocambolescas y febriles que se hayan creado alrededor de la irracional búsqueda de la felicidad, entendida como aquello que tenemos tan lejos como para envidiarlo.

Al final, antes que por las convenciones del terror o la monstruosidad, siempre termino quedándome con las imágenes de ritmo musical, en las que la trastornada Ellen permanece inquieta ante las ondas marinas que anuncian la llegada de ese triste pretendiente capaz de removerlo todo en su excitación. Una película de hallazgos repetidos hasta el atosigamiento a través de las décadas, y los años que vengan. A su modo el inolvidable protagonista continúa su viaje por los océanos del tiempo, como bien reza aquella poética frase.

Nosferatu, eine Symphonie des Grauens (1922)

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