Pocas novelas han reflexionado últimamente tan bien sobre el misterioso viaje de la fabulación como esta del inglés McEwan. Por si no bastase tener un nombre reconocido como escritor favorito del público y de los críticos, así como uno de los más deseados para adaptaciones cinematográficas en pos de premios; el estupendo Ian es un narrador inquieto, cautivante y experimentador a su modo. Incluso confesándose una y otra vez en cada capítulo, ser un irremediable amante de las historias más tradicionales y subyugantes. La conciencia y la pasión siempre reunidas en este viaje remontando el río al que se somete todo escritor. Su Briony Tallis es el personaje que lo resume a la perfección. ¿Qué es lo que la moviliza? ¿Qué es lo que la atrae a provocarse a si misma y a los demás el mal y su posterior intento de reparación?
McEwan no deja de confesar, durante toda su narración con los ojos y la mente de Briony, lo egoísta de su personaje y por extensión de cualquier escritor: destructor y creador a partes iguales. Todo en ella concentra la propia imagen de los personajes de época al estilo británico, llena de descripciones sobre su aburrimiento y expectación (A lo Jane Austen), que atestigua una posible historia más allá de los rincones comunes para luego tergiversarla con mentiras que dice y luego escribe. Toda esa descripción del fin de su inocencia y el despertar de su verdadera vocación debe de ser de los mejores pasajes que se han escrito en la narrativa reciente.
Pero desde entonces McEwan va dejando en claro también que no solo la narración mira hacia el pasado de sus personajes sino también al de toda esa tradición. La novela recapitula las facetas y modos de los relatos de amor y conflicto pero la suya es de una autoconciencia que ya no se permite jugar tan “inocentemente” con la tragedia, como con los destinos o tribulaciones de Arabella que cumplen un papel fundamental en el tránsito del complot o expiación inicial y final de Briony.
“Briony se recostó contra una pared y recorrió con la mirada, sin verla, toda la longitud del cuarto. Era una tentación para ella ser mágica y dramática, y considerar lo que había presenciado como un cuadro vivo representado para ella sola, una enseñanza especial envuelta en misterio. Pero sabía muy bien que si no se hubiera levantado, la escena habría acontecido igualmente, porque no le concernía para nada a ella. El puro azar la había conducido a la ventana. Aquello no era un cuento de hadas, sino el mundo real, el mundo adulto en el que las ranas no hablaban a princesas y los únicos mensajes eran los que emitían las personas. Era también una tentación correr al cuarto de Cecilia y exigir una explicación. La venció porque quería perseguir a solas la débil emoción de una posibilidad que había sentido antes, la esquiva excitación ante una perspectiva que estaba a punto de definir, al menos emocionalmente. La definición se depuraría a lo largo de los años. Habría de reconocer que quizás hubiese atribuido más deliberación de lo que era viable a su ego de trece años. En aquel momento puede que no hubiera habido palabras precisas; de hecho, quizás sólo hubiese experimentado impaciencia por empezar a escribir de nuevo.”
Como aquellas novelas ejemplares, su mirada atraviesa un sin fín de detalles no solo sobre el contexto de la segunda guerra que es material al uso todo el tiempo. Sino también hacia la muy propia idiosincracia británica y la formulación de su universo. La metáfora social alrededor de Robbie Turner y Cecilia Tallis se expande no solo al nivel generacional sino también al jerárquico. El hijo del sirviente es aceptado por los Tallis quienes a su vez asumen, a su muy conservadora manera, su condición de nuevos ricos. Dentro de ellos asoma no poca indiferencia ante los acercamientos que le consienten a Robbie, acaso como una afección y apatía que los conquista, hasta llegar al traúmatico y clave suceso que marca el paso de la trama, anunciando el advenimiento del gran momento histórico que marca la segunda y tercera parte.
Expiación se deja sentir ambiciosa por todos estos lados, pero consigue triunfar en ellos. Se la puede comprender como una aplicada reflexión sobre los dispositivos de la clásica novela romántico histórica. Pero más allá de ese aspecto intelectual y calculado, McEwan desata su talento para narrar con garra, absorbido y conmovido por sus personajes. Su propia labor de inventor no sale indemne de esa travesía igual la propia Briony que llega hasta el final solo como depositaria de un secreto que al final se desvanecerá ante los espectadores con la miel en los labios, como aquel invaluable jarrón del asa quebrada en la fuente, o como el desventurado Robbie en ilusionado y lamentable periplo rumbo a Dunkirk. Tanta belleza no puede destruirse con la vulgaridad de la realidad. Toda una defensa a la tradición narrativa de la que se esta novela, con sus acrobacias enteras, transmite su esencia.
“¿Cómo podría ser eso un epílogo? ¿Qué sentido o esperanza o satisfacción reportaría a un lector un relato semejante? ¿Quién quisiera creer que Robbie y Cecilia nunca volvieron a verse, nunca consumaron su amor? ¿Quién quisiera creerlo, salvo en nombre del más descarnado realismo? No podía hacerles eso. Soy demasiado vieja, estoy demasiado asustada y demasiado enamorada del pedazo de vida que me queda. Me espera una inminente marea de olvidos, y después la inconsciencia. Ya no poseo la valentía de mi pesimismo. Cuando yo haya muerto y los Marshall hayan muerto y la novela se publique por fin, existiremos tan sólo como invenciones mías. Briony será tan imaginaria como los amantes que compartían cama en Balham y enfurecían a su casera. A nadie le importará qué sucesos y qué individuos fueron tergiversados para componer una novela. Sé que siempre hay un cierto tipo de lector que se verá compelido a preguntar: pero ¿qué sucedió realmente? La respuesta es sencilla: los amantes sobreviven y prosperan. Mientras exista una sola copia, un manuscrito solitario de mi versión definitiva, mi hermana espontánea y fortuita y su príncipe médico sobrevivirán para el amor.”










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