El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad: déjalo que grite complacido en el horror

Joseph Conrad es de esos escritores que sin provocar revoluciones, han sido capaces de encumbrarse gracias a una labor paciente y sobria. Como de quien mira hacia atrás y avanza con sabiduría lenta pero seguramente. A su extraña pero fundamental filosofía es difícil no acercarse sin dejar de sentirse contaminado por certezas que navegan paralelas [...]



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Joseph Conrad es de esos escritores que sin provocar revoluciones, han sido capaces de encumbrarse gracias a una labor paciente y sobria. Como de quien mira hacia atrás y avanza con sabiduría lenta pero seguramente. A su extraña pero fundamental filosofía es difícil no acercarse sin dejar de sentirse contaminado por certezas que navegan paralelas entre nuestro forzado pragmatismo de todos los días y cierto trance que nubla la llamada conciencia colectiva. Se trata de un sentimiento tan inasible como la melancolía que provocan los atardeceres, como la noche y los temores que trae consigo, acá donde el hombre supuestamente civilizado convive y allá donde se inventan las leyendas. Una de estas es la que se encarga de despedazar el autor pero con el afán de crear otra, es la que narra en una noche marina el buen Marlow, hombre vuelto de la experiencia en los feudos de la devastación o suspensión de la moralidad tal como la conocemos.

El corazón de las tinieblas (Heart of Darkness) es una novela corta pero precisa e implacable es la transposición de toda una tesis antropológica, una que se forma también ante la vista de otro paisaje: el humo artificial que se va despejando para dar paso al espectáculo más atroz, la maldad convertida en materia gaseosa envolviendo a sus visitantes. Punto de conciencia y fatal embriaguez a partes iguales. A cada pasaje en el cual se narra su aventura remontando esa serpiente acuática en el corazón de lo desconocido, la mirada de Conrad se vuelva cada vez más compleja y determinista. Nos presenta un retrato descarnado del colonialismo salvaje pero a la vez se va introduciendo a los espacios menos realistas, abstractos. El pensamiento en constante conflicto y perplejidad se alterna con las descripciones originales de la vida marina y la idea de la aventura para solo trastocarlas, deformarlas.

Esta es sin duda una novela anti aventurera, no porque no tenga atracción a la narración de la acción en el sentido más tradicional del género sino porque en su trayecto luce auto conciente, de alguna forma maduro. Parece que Conrad, tal cual un develador de trucos de mago, se dispone a darnos su versión de implacable y desmitificadora de tantas narraciones que van de publicaciones de prestigio aparecidas en los follentines de la época (como lo fue la suya), hasta las narraciones de tabernas portuarias en las que los marineros hacían del triste y lasmitero viaje por subsistencia, toda una odisea cercana a la de los guerreros en Troya.

El caso de ese entusiasta viaje de Marlow, es el de una exploración que supera los límites de lo tangible. A cada paso, intriga o extraña circunstancia de la convivencia en ese paraje aterrado por la depredación, Conrad se vuelve más un investigador ontológico. La sola imagen del omnipresente Kurtz (acaso sea lo más genial del libro este personaje-concepto) esta cargada pues de una contradictoria alegoría sobre el hombre moderno atado a su condición carnal y física, a las necesidades básicas y primarias de los salvajes. Acaso este viaje es apenas la mirada temerosa que nos damos frente al espejo de los tiempos. Pocos acercamientos de naturaleza antropológica han sido tan insidiosos como el que plantea en esta confrontación entre Marlow y Kurtz. Aquellos hombre de vida, llamemos normal, se convierten en expresión alegórica de esa sistematización del hombre sofisticado no solo para su vida en sociedad sino para hollar un mundo que lo contempla pasar en muda expectación, tal vez conspirando o sintiéndose derrotado. El terror con el que estos aventureros sacrílegos transitan por esta naturaleza es el de saberse involucrados en un estado de cambio perpetuo hacia esos rincones en tinieblas de donde solo se oye el grito de horror. Tal es la inquietante conclusión con la que Conrad nos dejó hace más de un siglo.

“Avanzábamos lentamente a lo largo de espesas selvas en un torbellino de ramas rotas y hojas caídas. Los disparos de abajo cesaron, como yo había previsto que sucedería tan pronto como quedaran vacíos los cargadores. Eché atrás la cabeza ante un súbito zumbido que atravesó la cabina, entrando por una abertura de los postigos y saliendo por la otra. El estúpido timonel agitaba su rifle descargado y gritaba hacia la orilla. Vi vagas formas humanas que corrían, saltaban, se deslizaban a veces muy claras, a veces incompletas, para desvanecerse luego. Una cosa grande apareció en el aire delante del postigo, el rifle cayó por la borda y el hombre retrocedió rápidamente, me miró por encima del hombro, de una manera extraña, profunda y familiar, y cayó a mis pies. Golpeó dos veces un costado del timón con la cabeza, y algo que parecía un palo largo repiqueteó a su lado y arrastró una silla de campaña. Parecía que, después de arrancar aquello a alguien de la orilla, el esfuerzo le hubiera hecho perder el equilibrio. El humo había desaparecido, estábamos libres del obstáculo, y al mirar hacia adelante pude ver que después de unas cien yardas o algo así podría alejar el barco de la orilla. Pero mis pies sintieron algo caliente y húmedo y tuve que mirar qué era. El hombre había caído de espaldas y me miraba fijamente, sujetando con ambas manos el palo. Era el mango de una lanza que, tras pasar por la abertura del postigo, le había atravesado por debajo de las costillas. La punta no se llegaba a ver; le había producido una herida terrible. Tenía los zapatos llenos de sangre, y un gran charco se iba extendiendo poco a poco, de un rojo oscuro y brillante, bajo el timón. Sus ojos me miraban con un resplandor extraño.

Estalló una nueva descarga. El negro me miró ansiosamente, sujetando la lanza como algo precioso, como si temiera que intentara quitársela. Tuve que hacer un esfuerzo para apartar mis ojos de su presencia y atender al timón. Busqué con una mano el cordón de la sierra, y tiré de él a toda prisa produciendo silbido tras silbido. El tumulto de los gritos hostiles y guerreros se calmó inmediatamente, y entonces, de las profundidades de la selva, surgió un lamento trémulo y prolongado. Expresaba dolor, miedo y una absoluta desesperación, como podría uno imaginar que iba a seguir a la pérdida de la última esperanza en la tierra. Hubo una gran conmoción entre la maleza; cesó la lluvia de flechas; hubo algunos disparos sueltos. Luego se hizo el silencio, en el cual el lánguido jadeo de la rueda de popa llegaba con claridad a mis oídos. Acababa de dirigir el timón a estribor, cuando el peregrino del pijama color de rosa, acalorado y agitado, apareció en el umbral. ‘El director me envía…’, comenzó a decir en tono oficial y se detuvo. ‘¡Dios mío!’, dijo, fijando la vista en el herido.

Los dos blancos permanecíamos frente a él, y su mirada lustrosa e inquisitiva nos envolvía. Os aseguro que era como si quisiera hacernos una pregunta en un lenguaje incomprensible, pero murió sin emitir un sonido, sin mover un miembro, sin crispar un músculo. Sólo al final, en el último momento, como en respuesta a una señal que nosotros no podíamos ver, o a un murmullo que nos era inaudible, frunció pesadamente el rostro, y aquel gesto dio a su negra máscara mortuoria una expresión inconcebiblemente sombría, envolvente y amenazadora. El brillo de su mirada interrogante se marchitó rápidamente en una vaguedad vidriosa.”





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  1. [...] a la épica y a los retratos brutales de todas aquellas ideas que muchas veces, el Conrad de El corazón de las tinieblas dejaba en sugerencias. Su último libro hasta la fecha es ejemplar al respecto. Es una exposición [...]

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