“Abramos esta puerta con la llave de la imaginación. Tras ella encontraremos otra dimensión, una dimensión de sonidos, una dimensión de visiones, la dimensión de la mente. Estamos entrando en un mundo distinto de sueños e ideas. Estamos entrando en la dimensión desconocida”.

Con esta frase era que daba inicio uno de los shows más recordados de la televisión estadounidense. Media hora de narraciones insólitas y de enorme influencia para la sofisticación del medio en los años posteriores. La dimensión desconocida lo tenía toda para emocionar a la audiencia geek, pero en el camino se hizo de todo un culto popular que hasta ahora debe de permanecer como una sombra, que sin exagerar, sigue siendo irrepetible.

Recuerdo que cierto rezago del doblaje y llegada de los llamados “enlatados”, fue la responsable de que pudiera llegar a conocer el programa de niño, todavía antes de que llegara el mundo del cable y sus contados canales de la nostalgia. El ambiente era perfecto: la familia, la relativa oscuridad del ambiente y los intempestivos ruidos del perro. Todo a pedir de boca como tal vez lo fue para los chicos de los 60. Como para que te lleves algún buen susto o por lo menos una incesante reflexión con los extraños motivos que se desarrollaban teniendo como anfitrión a Rod Serling, aquel flaco que pulcramente te anunciaba los pormenores que rodearían la intriga de ocasión.

El tipo era todo un personaje y como tal no dejó de ganarse un aura de leyenda entre sus contemporáneos. Durante los 50 fue un feroz crítico de la censura, a tal punto que esta dimensión en la penumbra surgió como una forma de llevar a las pantallas varios de los temas y paranoias sociales y políticas de manera tan disfrazada que sus posibles descalificaciones quedaban descartadas, al lucir solo como intrigas de sustos y correteos, inofensivas para el ojo y la tijera del sistema. Tal vez ese sea el motivo por el cual Serling consiguió para su programa a varios de los mejores escritores del fantástico desde Bradbury hasta Matheson.

Cuales habrían sido las circunstancias precisas, pero el hecho es que incluso ahora, La dimensión desconocida, luce muy distinta a muchos párvulos de intenciones similares, que sin dejar de tener encanto, no poseían su nivel turbador y espeluznante. El suyo no era un manejo tan directo del horror, al menos no de manera convencional. La suya era una mirada especulativa a los temores o angustias de su época: el temor a los infiltrados, a la inquietante presencia de seres superiores que terminen con el orden social o natural tal y como lo conocemos, caricaturas de expresiones mucho más avanzadas sobre las dudas existenciales, la falta de amor, de tiempo, el sentirse la milésima parte de un juego de propósitos desconocidos.

Resulta ahora sorprendente que un pequeño espacio de entretenimiento haya sido capaz de concentrar estos conceptos o premisas argumentativas en mecanismos tan logrados para su formato. Cada historia podía apenas desarrollar muy bien una fantasía siniestra en breves situaciones y escenarios. Un episodio ejemplar es el notable Will the Real Martian Please Stand Up?, donde veíamos con no poco suspenso y humor como un juego casi teatral se convertía en una pesadilla obsesiva sobre la desconfianza generalizada al punto de las acusaciones y traiciones. Otros dos episodios sin duda de los más recordados son It’s a Good Life, con la familia sometida por el desconcertante poder de su vástago, carcelero y verdugo (el cual también se encuentra resuelto de manera austera pero efectiva); y Nightmare at 20000 Feet, dirigido por el muy joven Richard Donner, en el cual William Shatner se enfrentaba a su aerofobia y al inesperado ataque de un ser que habitaba en la misma frontera de su histeria y su razón.

Deben ser varios los que personalmente tengamos como favoritos, así que sea este un motivo para recordarlos y comprobar que también algunos en la televisión han sabido crearle su estética y un camino a sus posibilidades.

Luego de varios años la serie regresó a mediados de los 80 por iniciativa de algunos locos fanáticos de la obra de Serling, entre ellos Spierlberg, Landis y Coppola. los dos primeros incluso se atrevieron a realizar poco antes una versión filmica que con las justas raspó su esencia. Y dicha aventura también la conocí casi por la misma época, cuando me tragaba sin prejuicios todo lo que trajera el mundo alternativo. De aquella temporada recuerdo un episodio genial titulado Shelter Skelter, el cual nunca más volví a ver pero que resumía en pocos minutos la autentica pesadilla de la era armamentista.

Aquel intento de revival fue heroico, pero no le alcanzó para igualar en conjunto a la versión original, algo que menos consiguió la fugaz versión del 2002 con Forest Whitaker de anfitrión. Síntoma notorio de que han pasado muchas cosas en estas décadas, así como la marca y estilo han sido sobre explotados. La dimensión desconocida permanece ahí, misteriosa y perturbadora, como invitando a darle una nueva mirada. Ya no llamaría a ello anacronismo.

The Twilight Zone (Intro original)

The Twilight Zone (Intro 1985)

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