Sombrero de copa de Mark Sandrich: el sueño de un romance perfecto

A Fred Astaire siempre se le identifica con la agilidad y la gracia caminando juntas en increíble conjunción. Mucho de cierto tiene esta afirmación y más aún teniendo en cuenta a los otros símbolos de la comedia musical en Hollywood que sin dejar de ser consumados bailarines, siempre lucían las señas de la técnica impuesta [...]



otras tardes

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A Fred Astaire siempre se le identifica con la agilidad y la gracia caminando juntas en increíble conjunción. Mucho de cierto tiene esta afirmación y más aún teniendo en cuenta a los otros símbolos de la comedia musical en Hollywood que sin dejar de ser consumados bailarines, siempre lucían las señas de la técnica impuesta voluntariosamente, entre ellos, sus rostros luciendo una felicidad impostada. Con Astaire todo lucía mágico, increíblemente sencillo. Parecía que uno podía darse el placer de zapatear mientras caminaba al igual que el lo hacía, sin que siquiera imaginásemos que detrás había un verdadero trabajo asumido con insólita sobriedad. Del ombligo para arriba, este caballero podía lucir una asombrosa serenidad, que no exaltaba gestos, que vivía el momento con placer, mientras que en la parte inferior de su cuerpo se desataba un espectáculo tan raudo y preciso que es capaz de hipnotizar a la primera mirada.

Tal combinación siempre le reservó un lugar estelar en los papeles de gentleman, hombre sofisticado y de mundo en el naciente y festivo género, que acaso vivió su primera gran expansión a comienzos de los 30, durante el gran mal económico y social que se cernía sobre los estadounidenses. En aquellos años de crisis, la estrella le daba al público las posibilidad de imaginar un mundo distinto, un verdadero toque de ilusión que el cine manifestó como pocos medios. No había todavía espacio en el musical para los personajes sufridos y de clases necesitadas en pos de superación. Eso llegaría todavía con Gene Kelly.

Tal vez por ello el arte de Astaire y sus películas pueden reducirse a la vista de muchos, solo a su carácter de evasión, a su aire frívolo que seducía a las masas desesperadas y que se dejaban embriagar por esos mundos de escenarios literalmente irreales. No era el caso de que fuesen únicamente sets construidos con imaginación y cartón piedra, sino que ese mundo que representaban eran a su vez un paraíso inalcanzable: estrambóticos salones de bailes, restaurantes, hoteles. En todos ellos saltaba el champagne, las sonrisas se multiplicaban entre sencillas intrigas o diseños de última moda, y todo relucía en los matizados intercambios entre el blanco y el negro siempre sugiriendo esos palacios como nubes de algodón donde nada podía ser definitivamente malo.

Ese fue el feudo de Astaire, y como todo amo y señor, no podía faltarle una compañera de gobierno a su altura. Así fue como a mediados de los 30, la bella y casi siempre platinada Ginger Rogers se convirtió en la otra mitad de una fórmula que causó furor incomparable. Esta pareja no solo se ganó fama de divertida sino que por encima de todo era entrañable. De todas aquellas películas que hicieron juntos Sombrero de copa puede ser, si es que cabe, la más delirante y por ello mismo la que más se gana los sentimientos del respetable. El estupendo Mark Sandrich fue el realizador que mejor conoció las virtudes y personalidades del dúo de estrellas y aquí los explota al máximo.

Esta es una película si se quiere, bisagra en su estilo, de alguna forma ninguna de las posteriores expresiones de este cine exhuberante y festivo que dominaría en los siguientes años, hubiese existido sin la historia del siempre optimista Jerry Travers y la aristocrática Dale Tremont, atraída por la vitalidad de aquel rey de los escenarios que la enamora con toda una corte de pasos que rompen con el tradicional estoicismo de élite al que se encuentra acostumbrada y de la que una noche se ve perturbada por ritmos sincopados. Historia clásica, personajes clásicos. Añades al villanesco rival, a los amigos simpáticos, las melodías de Irvin Berlin y listo.

Durante poco más de hora y media, los enredos transcurren a nuestra vista con el aroma de lo liviano pero cautivador. Cada uno de sus elementos se encuentra colocado con tal precisión que aún ahora esas rutinas heredadas del teatro musical no hayan podido volver a funcionar con tal frescura en sus réplicas sobre el écran. Será acaso un síndrome contemporáneo. Tanto como el de caer en la certeza de que caballeros de ese tipo ya no existen más, que tal vez aquellas damiselas no podrían volver a dejarse seducir por la alegría y agilidad de aquel, hasta inocente, galanteador que hace reverencias con el top hat en mano y no pide más que un baile mejilla con mejilla.

Top Hat (1935)





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