Para todos aquellos que aspiramos a dedicarnos al largo viaje de la narrativa, el tema de los referentes se hace esencial. El hecho de sentirse inspirado por algún libro, no es sino una extensión de la necesidad de escribir o manifestar sentimientos, que nos desatan cada experiencia en general. Esa técnica mayor y tradicional no ha muerto ni lo hará nunca. Es así como con cierta sencillez formal, muchos autores actuales aún son capaces de revelarnos un mundo y un estilo tan complejo, tan rico, que aún nos descubre las posibilidades de ese mar tan saqueado como lo ha sido la generosa ficción clásica. Fiel a esas sombras que se acumulan con el tiempo, si es que me preguntaran ¿Cómo quién me gustaría escribir? Respondería sin miramientos: Haruki Murakami.
En Norwegian Wood (inexplicablemente traducida al español como Tokio Blues), el japonés desarrolla dos características que aprecio por sobre manera. Por un lado limita las piruetas postmodernas que podrían resultar un tanto contraproducentes con su nostálgica historia. Por otra parte se entrega a pulso por esa manía personal de evocar cada sensación de sus encuentros y despedidas a través de algo tan íntimo y arbitrario como su siempre declara melomanía, la compañía perfecta para sus personajes solitarios y hasta desarraigados por algo más amplio y vaporoso que las álgidas circunstancias sociales provocando sus apatías o sus extraños rechazos, manifestados de diversas formas.
Es así como vamos conociendo la historia de Toru Watanabe, un alter ego del Murakami universitario allá por 1969, aquella época clave en la cultura mundial y que es rememorada con peculiar cariño y tormento a la vez, atravesando una serie de crónicas y alegorías sobre tal circunstancia, en la cual se forja su madurez. Son pequeños los motivos que van disparando aquel recuerdo de una derrota asumida, de ese desasosiego con el cual Watanabe llega a Tokio para darse con las variadas máscaras de esa representación rumbo a la integración social. Desde esas descripciones a la vida en el edificio estudiantil hasta los andares amorosos y sexuales del protagonista, vamos cayendo en cuenta de la polarización extrema a la que se remite serena y melancólicamente el autor.
Por un lado están sus disímiles y escasos amigos. Primero el maniáticamente ordenado Tropa de asalto y luego el abrumadoramente talentoso Nagasawa. A los dos los dibuja como las partes inalterables de aquel orden que siente tan ajeno. Uno con toda su buena e irritante disposición terminará seguramente asumiendo su destino de súbdito y el otro despreocupadamente se convertirá en el llamado al poder. Watanabe pinta en medio de ellos como una suerte de parásito o camaleón que subsiste un tanto de ellos hasta el punto de asumir sus lugares en determinado momento. De esa suerte de inercia parece sentirse un prisionero sin remedio, como en el agujero sin fondo que se advierte como una leyenda dentro del bosque.
En su extraño pesar se acumulan todos los temores e indecisiones y de la juventud. Tantas como las que lo asaltan, alrededor de la vida y la muerte, alrededor de las noches a oscuras con los discos y los libros, o las cargadas de sexo casual terminando en madrugadas de pesadumbre. Pero por sobre todo están las que giran alrededor de Naoko y Midori. Su relación con ambas es la que da inicio y final a su trance espiritual. La sombra de tristeza y los resplandores de la felicidad asoman por su vida de formas muy contradictorias: con Naoko comparte la pena y con Midori la alegría, pero con ambas se ve unido a la misma idea de la muerte como compañía perpetua. Tal tránsito es el que de alguna forma marca la autoconciencia de este sobreviviente. Una batalla de sentimientos que se confunden en su apariencia de estoica resignación.
Los pasajes dedicados a la visita a Naoko en el sanatorio deben ser de lo más geniales del libro. Aquel refugio de su contrariada dama, se convierte también para Watanabe en el espacio para su auto tratamiento, que incluye exactamente todo lo que tiene en el mundo exterior: discos, libros (la cita a La montaña mágica es más que evidente de la sensibilidad pop del autor), y por supuesto la convaleciente en cuestión, acaso mucho más adelantada que él en aquella enfermedad llamada lucidez. Ahí se establecen los códigos de verdadera conducta que la triste Reiko imparte desde su sabia experiencia: “Lo que nos hace personas normales es saber que no somos normales”.
Todos esos bellos momentos son indesligables de la canción de The Beatles que da nombre y redondez al libro. Esta también, es a su modo la crónica sobre ese pájaro que ha volado hacia lo más recóndito de nuestra memoria. Como la vivaz Midori, que al igual que él, se la pasa bailando con todos los muertos a su alrededor y al ritmo de su propia filosofía.
“Al caer la noche, la residencia estaba tan silenciosa que hacía pensar en unas ruinas. La bandera había sido arriada de su mástil, las ventanas del comedor estaban iluminadas. Al quedar pocos estudiantes, encendían la mitad de las luces. El ala derecha permanecía a oscuras. Con todo, un ligero olor a comida subía desde el comedor. Un olor a estofado.
Tomé el bote con la luciérnaga y fui a la azotea. Estaba desierta. Una camisa blanca tendida en una cuerda, que alguien había olvidado recoger, se mecía con la brisa nocturna como si fuera la piel de un animal. Trepé por la escalera metálica hasta lo alto de la torre del agua. El tanque cilíndrico aún estaba caliente tras haber absorbido durante todo el día el calor de los rayos del sol. Me senté en aquel espacio reducido y me apoyé en la barandilla. Una luna blanca casi llena flotaba en el cielo. A mi derecha se veían las luces de Shinjuku; a mi izquierda, las de Ikebukuro. Los faros de los coches formaban un río de luz que discurría entre las calles. Un zumbido sordo, mezcla de varios sonidos, flotaba en una nube sobre la ciudad.
Dentro del bote, la luciérnaga brillaba con luz mortecina. La luz era demasiado débil; el tono, demasiado pálido. Hacía mucho tiempo que no había visto una luciérnaga, pero creía recordar que éstas despedían una luz mucho más nítida y brillante en la oscuridad de las noches de verano. Tenía grabada en mi memoria la imagen de un bicho que desprendía una luz llameante.
Quizás aquélla estuviese débil, medio muerta. Agarré el bote y lo sacudí con cuidado varias veces. La luciérnaga se golpeó contra la pared de cristal y levantó el vuelo. Pero su luz continuó siendo tan mortecina como antes.
Intenté recordar cuándo había visto una luciérnaga por última vez. ¿Dónde había sido? Logré recordar la escena. Pero no el lugar ni el momento. En la oscuridad de la noche se oía el ruido del agua. Había una esclusa de ladrillo, de modelo antiguo, que se abría y cerraba al girar una manivela. El río no era una corriente tan pequeña como para que las hierbas de la orilla pudieran ocultar casi por completo la superficie del agua. Los alrededores estaban sumidos en la penumbra. Una oscuridad tan profunda que, tras apagar la linterna de bolsillo, no me veía los pies siquiera. Y sobre el estanque de la esclusa volaban cientos de luciérnagas. Los destellos de luz se reflejaban en la superficie del agua como chispas ardientes. Cerré los ojos y me sumergí un momento en el recuerdo. Oía el viento con una claridad meridiana. Aunque no soplaba con fuerza, en mi cuerpo dejaba a su paso un rastro extrañamente brillante. Abrí los ojos y comprobé que esa noche de verano era, si cabe, más oscura.
Destapé el bote, saqué la luciérnaga y la deposité en un reborde que sobresalía unos tres centímetros del depósito. La luciérnaga se sostenía a duras penas en su nuevo hábitat. Dio una vuelta alrededor del perno tambaleándose y se subió a unos desconchones de la pintura que parecían costras. De pronto avanzó hacia la derecha, se dio cuenta de que aquello era un callejón sin salida y viró de nuevo hacia la izquierda. Después se encaramó muy despacio a la cabeza del perno y se acurrucó. Permaneció inmóvil, como si hubiese exhalado el último suspiro.
Yo la observaba apoyado en la barandilla. Durante mucho rato, ni la luciérnaga ni yo hicimos el menor movimiento. El viento soplaba a nuestro alrededor. Las incontables hojas del olmo susurraban en la oscuridad.
Esperé una eternidad.
Fue mucho después cuando la luciérnaga levantó el vuelo. Desplegó las alas como si se le hubiese ocurrido de repente. Un instante más tarde, cruzaba la barandilla y se sumergía en la envolvente oscuridad. Describió, ágil, un arco en torno al depósito, tal vez intentando recuperar el tiempo perdido. Y tras permanecer unos segundos inmóvil observando cómo la línea de luz se extendía en el viento, voló hacia el sur.
Aún después de que la luciérnaga hubiera desaparecido, el rastro de su luz permaneció largo tiempo en mi interior. Aquella pequeña llama, semejante a un alma que hubiese perdido su destino, siguió errando eternamente en la oscuridad de mis ojos cerrados. Alargué la mano repetidas veces hacia esa oscuridad. Pero no pude tocarla. La tenue luz quedaba más allá de las yemas de mis dedos.”









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