La pianista de Michael Haneke: un golpe a las teclas, una suave caricia

Alguna vez pudimos imaginar un romance como el refugio de la perfección, no por casualidad esa primera convicción siempre se deshace cuando vivimos aquella estación en carne propia, en la emoción de una tarde y un beso para desviarte por un camino de posibilidades y sensaciones que se bifurcan como los sonidos en algún salón [...]



otras tardes

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Alguna vez pudimos imaginar un romance como el refugio de la perfección, no por casualidad esa primera convicción siempre se deshace cuando vivimos aquella estación en carne propia, en la emoción de una tarde y un beso para desviarte por un camino de posibilidades y sensaciones que se bifurcan como los sonidos en algún salón para ensayos. Alguna vez pudimos imaginar desde aquellos primerizos ensueños, que Europa es el mundo ideal donde el verdes del pasto se agita aplaudiendo el vuelo de los pájaros y las risas de la gente bonita. Pues el cine de Michael Haneke se ha dedicado a la perturbadora y muy lúcida tarea de despedazar ese retrato añejo y al óleo. Como un feroz y convencido vándalo que solo ve detrás de este, los signos de la decadencia.

En La pianista (o La profesora de piano), concibe su estrategia de acercarse a aquella lustrosa vitrina para encontrarle con lupa sus defectos. Operación que en muchos otros casos puede resultar más que cerebral, fría, no tan comprometida. Pero esta película es prodigiosa balanceando esta idea más que nunca cercana a la realidad que al pensamiento, con la medida justa de los narradores más tensos y viscerales y que se restringen únicamente al ámbito cinematográfico. Haneke concibe gran parte de su estilo en un juego teatral donde muchas de sus tesis son expuestas bajo el filtro de una elaboradísima idea de melodrama o simulacro de melodrama.

Eso es antes que nada esta película, que transforma la fabulación de Elfriede Jelinek en una suerte de espectáculo de contemplación distanciada que por el lado formal se desarrolla en una acumulación de sucesos que ponen a prueba la lógica y convenciones de lo que a tientas se reconoce como género. La pianista es por ello una absoluta revelación para quienes la ven, no del ya conocido talento de su director, sino de los alcances y madurez de su peculiar sensibilidad. Parece por momentos un crítico lejano, pero por otros un triste y renegado moralista. Esta película lo encuentra también con lo más agudo de esa navaja que blandea hacia esa pieza de museo polvorienta y de no poco encanto.

Lo que me atrae más que nada de esta película es su irresistible esencia novelesca, pues incluso con todo su ventarrón desmitificador, La pianista es una película de amor, una película que cruelmente se mueve al ritmo adolorido pero formal de la inolvidable Erika, convertida en víctima de sus debilidades cultivadas en esa especie de mausoleo social en el cual ha nacido y por el cual debe de sentirse orgullosa. Un porrazo de realidad que ha aprendido a disimular muy bien debajo de la mesa como una dama de antiguas cortes adaptándose a su manera a los aires de la globalización y la unificación europea.

En su pequeña isla de pianofortes y exigencias sin parar, parece sentir la única satisfacción diurna a aquellos tal vez lejanos instantes en los que creyó que el mundo le deparaba la elección de su propio destino. Solo en las noches parece querer despertar sus sentidos de aquella marcada de tarjeta en la que se convirtió la enseñanza, donde su pasión se ha quedado restringida a una laboriosa selección de bellas piezas de Schubert convertidas en la única expresión dramática de su pedido de auxilio desfogado en lluvias doradas o escarlatas del placer masoquista. A su modo, Erika parece la versión moderna de una Rapunzel que se cansó de esperar a su príncipe y va en la búsqueda de su substituto gracias a las maravillas del mundo cosmopolita, con cabinas porno incluidas en el menú.

En esa aparente asistencia llega Walter, aquel que nació con su nacionalidad, pero en un mundo ajeno que ella a duras penas comprende. Su restringido universo de control y programas anticipados se dará de golpe con el florecimiento y calor que este le ofrece, pero Haneke se encarga aquí de llevar su posibilidad de entendimiento por los retorcidos caminos de una farsa de acuerdos políticos hasta lo absurdo. Probablemente esta sea la mejor alegoría que se haya hecho sobre los intercambios generacionales en el viejo continente. Recordar el mayo del 68 ya no hace falta aquí, pues bastan y sobran los modales e intereses en constante cambio (hasta la madre-celadora se hastía de ver los sobreprotegidos y rancios stradivari). El tema de la inmigración tercermundista aparecería recién en la no menos brillante Caché.

La ensoñación persiste a pesar de las miradas descreídas y los recelos, pero se termina convirtiendo en una criatura de ronroneos incoherentes en nuestros espíritus, que va evolucionando con nosotros, y no sin pocos llantos y golpes como aquellos con los que Erika intenta liberarse de su extraño y agobiante mal, sobre las teclas retumbantes o la carne sorda, da igual. Antes que en cualquier otra cosa, La pianista se encuentra construida sobre el rostro de Isabelle Huppert en una de las actuaciones más definitivas que haya visto nunca. Esas facciones de expresión glaciar se convierten también en la paradójica entrada de los afectos, reclamados estoicamente ante ese público que nunca verá en escena la tierna cuchillada final.

La pianiste (2001)





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