Probablemente esta sea la novela que más haya sufrido los efectos secundarios de la cultura de la masificación. Una sobre exposición desde la niñez que la emparejó con cuentos de otros tonos e intenciones, me hizo creer por mucho tiempo de que se trataba de una simple historia de aventuras fantásticas al puro estilo de las que aparecían en los dibujos animados, o de las que la abuela leía de la Biblia no sin poca pasión. No quiero decir que el ser en si misma una aventura sea algo minimizante, pero esos prejuicios inculcados subliminalmente me privaron de tomar interés por una edición Salvat del archiconocido libro de Jonathan Swift, que tuve en mis manos por mucho tiempo sin siquiera saborear más de una hojeada, tal vez porque lucía más seria de lo que me imaginaba.
Ahora mismo incluso, puedo apostar que tengo varios amigos que le harían ascos mientras releen a Proust, Rushdie, Borges, o Philip Roth. Lo cierto para mi es que Los viajes de Gulliver (Gulliver’s Travels) es un libro tan inteligente, sagaz y maduro como los de los antes mencionados, probablemente más. Una gigantesca sátira al mundo a fines del siglo XVII que pasa solo como un punto en el tiempo para los admiradores de los barroquismos postmodernos que salen disparados a diario y con resultados diversos. Qué lejos esta de ser solo ese entretenimiento inocente que tiene al entusiasta viajero como un turista que contempla rarezas detrás de una vitrina.
Para imaginarse ese mundo de leyenda revestido con ropajes british, habría que situarse en el contexto mismo en el cual el irlandés Swift planeó cuidadosamente este tratado subversivo cargado de mucha ironía y nada de inocencia. Era la época de la expansión marítima de Inglaterra, de las cortes europeas volviéndose más sofisticadas en sus modales y complots arteros, y de la expansión del mercantilismo y las estrategias políticas como nunca antes en la historia. En medio de ellas, el autor suelta las amarras y se lanza al mar de las reflexiones que cruzaban esas certezas del mundo moderno con los misterios que aún se divisaban en la frontera con la leyenda.
La serie de viajes de Gulliver se convierte también en una sucesión de metáforas que inician desde el mismo protagonista. Una suerte de representación del hombre de la época, dotado de no pocas herramientas intelectuales, entre ellas la filosofía, que en transcurso se irá transformando de su inicial optimismo a una descreída pesadumbre. Su archi revisada jornada entre Lilliput y Blefuscu es acaso la mirada más mordaz que algún vasallo haya perpetrado, y que define al libro entero como una suerte de retrato de costumbres que apela a las exageraciones y licencias del fantástico como aparatos de una tesis concluyente. Aquella corte en miniatura se encuentra tan abarcable como para medir no solo todas sus riquezas y poderío sino también toda su corrupción, maneras y políticas apenas disimuladas por el temor ante su presencia.
Al igual que con esos menores especimenes, con los habitantes de la inmensa Brobdingnag se sucede ese rápido desencanto como inevitable consecuencia de la convivencia. Estos terminan siendo una raza no menos codiciosa e inoperante como la hiperintelectual Laputa, poblada por seres que literalmente tienen las cabezas en las nubes (por cierto que la idea de la isla flotante prefigura muchos de los conceptos de la ciencia ficción que Verne aplicaría muchísimos años después). Todos ellos con virtudes tan inútiles como las de los inmortales de Luggnagg. Hecho una verdadera marioneta de un destino frustrante en medio de sus ímpetus a por conocer las posibilidades más allá de la humanidad, a Gulliver le queda todavía contemplar una nueva última opción, una burla genial y transgresora, en la forma de los caballunos Houyhnhnm y los perturbadores Yahoos. Sirvientes y amos que cambian lugares como opción antinatural pero paradójicamente más sensata, y que termina dejando al héroe de tan extrañas cuitas con la convicción de su paranoica misantropía. Asentado definitivamente en la ideal de que la virtud solo se haya precisamente en lo inhumano. ¿Quién fue el responsable de que este pensador pase por un mero narrador infantil? ¿Tal vez el mismo como una especie chiste final? Si no es así, que los liluputiensen lancen sus amarras o que caiga Laputa del cielo. Tal vez las cortes de hoy sean dignas de sobrevivir. Pero como cualquiera, pueden ser también blanco ocasional de un espíritu tan socarrón:
“Recordará el lector que cuando firmé los artículos en virtud de los cuales recobré la libertad, había algunos que me disgustaban por demasiado serviles, y a los cuales sólo me podía obligar a someterme una necesidad extrema. Pero siendo ya como era un nardac del más alto rango del imperio, tales oficios se consideraron por bajo de mi dignidad, y el emperador -dicho sea en justicia- nunca jamás me los mencionó. Pero no transcurrió mucho tiempo sin que se me presenttáse la ocasión de hacer a su majestad lo que creí un gran servicio. Una vez, a medianoche, sonaron clamores de cientos de personas a mi puerta. Desperté asustado y oí repetidamente la palabra “burglum”. Varios magnates de la corte se abrieron camino entre la gente y pidiéronme que acudiera en socorro de la emperatriz, cuyos departamentos en palacio estaban ardiendo, a causa del descuido de una camarista que se durmió leyendo una novela. Me levanté con premura, se mandó que se me abriese camino, y merced a que había una luna clara, puede llegar a palacio sin aplastar a nadie. Ya se habían aplicado escalas a los muros y se atacaba el incendio con cubos de agua, pero estos tenían el tamaño de dedales grandes y el agua estaba a distancia; y por tanto, aunque me sirvieron muchos de aquellos recipientes tan de prisa como se pudo, valieron de poco, pues las llamas eran muy violentas. Hubiese podido apagar el fuego sofocándolo con mi casaca, pero por desgracia yo había salido sin ponérmela sobre el jubón. El caso parecía tan deplorable como desesperado, y el palacio amenzaba arder hasta los cimientos, lo que hubiera sucedido sin duda si yo, con mi usual presencia de ánimo, no hubiera dado en un oportuno expediente. Había bebido por la tarde cierto delicioso vino llamado “glimigrim” (que existe también, aunque de inferior calidad, en Blefuscu, donde lo denominaban “flunec”, y el cual es diurético en sumo grado). Concurrió la feliz casualidad de que no había vaciado todavía mi vejiga, y el calor del fuego cercano facilitó la expulsión del líquido por la orina. Y así, descargué ésta en tal cantidad, y la dirigí con tal destreza a los sitios adecuados, que en tres minutos el incendio quedó extinguido y el resto del magno edificio que tantos siglos costara erigir, salvado de la destrucción.
Alboreaba el día y volvíme a mi morada sin esperar la felicitación del emperador, pues si bien el servicio era eminente, no me sentía muy seguro de cómo miraría él la forma en que se lo había rendido, ya que ciertas leyes fundamentales del reino impedían hacer aguas dentro del recinto de palacio. Me tranquilizó un mensaje que me envió su majestad diciéndome que daría órdenes a su justicia Mayor para que se me perdonase en debida forma. Pero no pude obtener nunca tal perdón, y por otra parte se me advirtió privadamente que la emperatriz, habiendo concebido inmenso aborrecimiento de mi acto, había trasladado sus habitacionesal más apartado lugar de palacio, resuelta a que nunca se reparasen ni usaran los lugares infamados por mí. Y en presencia de sus personas de más confianza la emperatriz no ocultaba su ansia de vindicación.”
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