Durante estos últimos años nos hemos ido acostumbrando a las grandes escaladas de violencia que las series de televisión policiales han estado prodigando en pos del llamado realismo en pantalla. Todo esto sin duda vino provocado por el paulatino descreimiento del público que ahora ya no puede ver a los representantes del orden como sacrificados amantes de una insignia y una camiseta por las cuales podrían hasta derramar su sangre. Ahora las convicciones y el honor del servicio pasan por una múltiple gama de matices que a nuestros ojos se van enriqueciendo pero que da algún moldo también nos aleja a esa deliciosa ingenuidad que caracterizaba a la romántica fantasía de la justicia siempre triunfante.
Los intocables fue uno de esos programas emblemas que hicieron delirar a más de un espectador aún incapaz de poner en duda el maniqueísmo con el cual fue concebido pero que por ironía de la vida, resulta mucho más encantador e ingenioso que muchos programas actuales que posan, en supuestas intrigas denunciatorias, como pensadores políticamente correctos. Ahora incluso estas aventuras pantanosas de Elliot Ness y sus compañeros llaman la atención por los riesgos que se tomó en su momento con la apertura de nuevas escaladas de imágenes fuerte como ajusticiamientos, golpes, y referencias a la corrupción, que aparentemente solo estaban reservadas al cine y sus restricciones para cualquier espectáculo “anti familiar.”
Todo ello hace de este un programa clásico, y no solo por haber llegado hasta nosotros para lucir añeja en algún canal de programación retro o para adornar la videoteca de los coleccionistas. En un primer momento llama la atención su característico tono informativo, acomapañado de una voz en off en determinados momentos y sin caer nunca en innecesarias intervenciones. Una sobria presentación que de alguna forma, hasta elegancia le otorgaba. Recuerden que era la época del deslumbramiento, mucho antes de Harry Callahan y sus brutales licencias, o Brian De Palma y sus manierismos. Por ello alguien del estilo de Robert Stack calzaba a la perfección: era la imagen hecha a la medida de los héroes parcos y concisos del Hollywood de siempre. Actuaba siempre tan rápido y expeditivo que nunca nos dejaba dudas de que hasta podía ser la versión fidedigna del verídico Ness que con la eficiencia de todo un empleado del “estado ideal” podía llegar a tumbarse al tiburón Al Capone y su esbirro Frank Nitti en la Chicago de la ley seca, a base de tal dedicación y paciencia.
Ese fue probablemente fue uno de los cometidos de aquella producción surgida a fines de los 50 vía ABC. Fue su tono muy respetuoso de su figura la que dominó, pero a la vez se permitió momentos de acción y tensión dramática que difuminaban casi imperceptiblemente esa concepción acartonada. Así anduvieron los buenos por un buen tiempo, dando cuenta de cuanto gangster encontraba y sin caer en la tentación etílica que tal vez pudo haberles hecho la jornada más divertida pero menos contundente. Hoy en día es imposible imaginarse los andares de tanto incomprendido bedel de la ley y el orden en la pantalla chica, sin pensar en el milimétricamente disciplinado Ness, hecho leyenda de tiempos más recientes gracias a una era tan de fantasía como la de la prohibición. ¡Salud por eso!
The Untouchables: Rusty Heller Story (Episodio con Elizabeth Montgomery)










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