Cormac McCarthy es un escritor más que obsesionado por la naturaleza primaria del hombre. Luego de bregar mucho tiempo como sus propios personajes cansinos y errantes, disfruta de un éxito que no se podría tildar para nada de tardío si contemplamos la espléndida madurez como narrador con la que se distingue en estos momentos. Dueño de un estilo muy personal en un terreno muchas veces transitado, propenso a la épica y a los retratos brutales de todas aquellas ideas que muchas veces, el Conrad de El corazón de las tinieblas dejaba en sugerencias. Su último libro hasta la fecha es ejemplar al respecto. Es una exposición de ideas inquietantes disparadas hacia lo profundo de esa caverna del pensamiento humano, pero posee un desarrollo lineal, determinado y fuerte como el de esta suerte de pioneros siguiendo la sempiterna carretera.

McCarthy nos retrata aquel mundo post apocalíptico como un espacio digno de la mayor leyenda o alegoría, al punto en el que casi todos los vestigios de la civilización han perdido significado y no solo los que se remiten a los hechos concretos como la imponente tecnología y organización. Ellos quedaron reducidos a cenizas, cuyos colores fúnebres coronan el nacimiento de un nuevo interregno mundial, donde la historia se escribe de nuevo. Todo lo que imaginaban Kurtz y Marlow en la novela de Conrad, se ha vuelto realidad en el mundo que atraviesan padre e hijo, seres frágiles con la misión de fundar de nuevo, ahí donde todo ha sido borrado, hasta los pocos recuerdos de un lugar en el cual todavía no reinaba el olor del mal saturante hasta lo inidentificable.

Pero La carretera (The Road) no es una novela de aventuras en el sentido más estricto de la palabra. Es antes que nada una reflexión, una jornada que siendo de lectura ágil, también nos transporta a una meditación antropológica al límite. Recorrido que no solo se encuentra aliado a las motivaciones espirituales de la filiación y el origen de la civilización como parte del proceso de supervivencia. La propia imagen de ese último vestigio de eras relucientes y vertiginosas, se convierte en la línea trazada en un plan de posible reconstrucción. Como una suerte de proceso cíclico que tendrá que pasar la prueba de sortear el camino donde los pocos restantes especimenes de la raza humana, han perdido las nociones de la moral o del conocimiento científico, convertidos en hordas que involucionaron al estado depredador.

Este viaje compartido entre la descripción espectacular y las dimensiones líricas es fascinante aún incluso con todas las referencias que carga atrás en la literatura y el cine. McCarthy sabe sacarle la vuelta a una narración probablemente hasta previsible y transformarla en una crónica detalla de la barbarie siempre latente: ciudades casi erosionadas por el tiempo y la precariedad de sus cimientos y sus muertos; seres que apenas tienen el don del habla para distinguirse, en medio del canibalismo que reina, en papeles intercambiables de cazador y víctima. Pero tal vez el aspecto más interesante del trayecto sea precisamente la relación entre el padre y su hijo, no la que se suscita directamente en medio de esos encuentros con el peligro, sino con su forma de ir interactuando como representantes de dos eras separadas radicalmente en tan poco tiempo. A duras penas el hombre reconoce que su descendiente nació de entre esas cenizas, que de ellas se hace esa nueva naturaleza con sus propias reglas y conocimientos para ser adquiridos de otra manera; que muy poco de su sabiduría podría delegarla como única e insuficiente herencia de aquel pasado que solo flota en el aire de un triste cielo mortuorio. Esa es la carretera en el cual se desatan sus inquietudes y las nuestras.

“Al día siguiente salieron de la quebrada y tomaron de nuevo la carretera. Le había hecho una flauta al chico con un trozo de caña de la cuneta y se la sacó de la parka para dársela. El chico la cogió sin decir palabra. Al cabo de un rato se quedó un poco rezagado y minutos después el hombre oyó que tocaba. Una música amorfa para la próxima era. O quizá la última música en la Tierra, surgida de las cenizas de su devastación. El hombre se volvió y le miró. Estaba sumamente concentrado. El hombre pensó que parecía un triste y solitario niño huérfano anunciando la llegada al condado de un espectáculo ambulante, un niño que no sabe que a su espalda los actores han sido devorados por lobos.”

“Cuando volvió a despertar pensó que habría dejado de llover. Pero no era eso lo que le había despertado. En sueños había sido visitado por seres de una especie que desconocía por completo. No hablaban. Pensó que se habían agazapado junto al catre mientras él dormía y que luego se habían escabullido al despertarse él. Se volvió y miró al chico. Quizá comprendía por primera vez que para el chico él también era un extra-terrestre. Un ser de un planeta que ya no existía y cuyas historias eran sospechosas. No podía inventar para gusto del chico el mundo que había perdido sin inventar también dicha pérdida y pensó que quizá el niño lo sabía mejor que él mismo. Trató de recordar el sueño pero no fue capaz. Solo quedaba de él una sensación. Pensó que esos seres quizá habían venido a ponerle sobre aviso. ¿De qué? De que él no podía avivar en el corazón del niño lo que en el suyo propio eran cenizas. Incluso ahora una parte de él deseaba no haber encontrado nunca este refugio. Una parte de él siempre deseaba que todo hubiera terminado.”

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