Paisà de Roberto Rossellini: lento camino el de la única victoria

Como buen cineasta neorrealista, Rossellini fue muy consecuente con el camino abierto en ese estilo que se nutría con lo inmediato, con toda la convalecencia y sacrificado camino de recuperación de una Italia desesperanzada en medio de las ruinas y la necesidad extrema. Ese fue el material y nervio de una obra que se alimentó [...]



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Como buen cineasta neorrealista, Rossellini fue muy consecuente con el camino abierto en ese estilo que se nutría con lo inmediato, con toda la convalecencia y sacrificado camino de recuperación de una Italia desesperanzada en medio de las ruinas y la necesidad extrema. Ese fue el material y nervio de una obra que se alimentó de forma tan desesperada como ese mismo público. No obstante, tal labor de transmisión de la cruda verdad no se convirtió tampoco en una labor tan denotativa como la del periodismo. En las primeras películas en las que se reconocen sus dotes de maestro, es decir, en su tan conocida trilogía de la guerra, existe ya un tratamiento muy distinto, experimentador, nada concesivo.

La parte intermedia de este ciclo de expansión fue Paisà, una película aún más testimonial que la desgarradora Roma, ciudad abierta. Aquí vemos el desarrollo de la intervención aliada en la península desde todas sus dimensiones, la gigantesca y la pequeña o personal. Fiel a su estilo, Rossellini apenas usa las hipotecas del género para probar diversas formas de estructurar su relato de posibilidades épicas que el no podía ni quería tomar tan a la ligera ante la cercanía de las heridas. Lo que se podría haber pensado como un relato imponente y espectacular, es desarrollado en líneas narrativas escurridizas que se detienen en el tiempo de la historia oficial y repasan momentos o anécdotas que terminan por configurar una significación tangencial tan o más poderosa que la mirada clásica que supedita lo que podríamos llamar tesis, a una exacta disposición de sucesos como escalas a un clímax o resolución.

Todo ello se encuentra expuesto en las seis historias que la componen, cada una de ellas muy interesantes en si mismas al rechazar las resoluciones convencionales. Por aquellos episodios transitan todos los protagonistas de esta gran epopeya histórica, pero separados por la mano del autor hasta el minimalismo absoluto. Ni los soldados que desembarcan en Sicilia conocen lo que irá sucediendo a cada jornada de esta campaña de sur a norte, que tendrá al otro extremo a los grupos de partisanos y extranjeros combatiendo a orillas del Po. Mientras que ante nuestro ojos pasan personajes en momentos de extraña cotidianeidad con la guerra y sus secuelas. Acá pues no hay lugar para la imagen romántica de la campaña ejecutada con éxito de la noche a la mañana y celebrada al unísono (incluso con las incomprensiones lingüísticas que la atraviesan). Apelando todavía a las características básicas del clasicismo, Rossellini es implacable, tanto como lo podrían haber exigido sus contemporáneos. Aquel fue un trance lento, doloroso y devastador que cobró su no poca cuota de sangre, sudor y lágrimas.

Tal insólito acercamiento al documento o al naturalismo fue el que desde un principio puso los ojos del mundo sobre este cineasta que aún todavía estaba a punto de radicalizar su propuesta en sus siguientes películas. Pero acá continuó explorando con talento por sobre esas ideas obsesivas del cine como arma de la verdad, si se quiere. Por lo tanto no están ausentes aquí las escaladas de violencia exponiendo la crueldad y arbitrariedad de esa época a retratar. Estas características se vuelven particularmente sobrecogedoras pero sin necesidad de regodeos, se presentan tal cual una bala perdida en territorio comanche. Verdaderamente impresionantes son las ejecuciones o aquella imagen del pequeño desconsolado ante el espectáculo de su familia acribillada.

Pero no se crea que la mano del genial Roberto se congracia solo con la furia tremendista. Hay en su mirada una especial tristeza que asume el más extenso y complejo significado de la pérdida. Ahí vemos también como la pena y la solidaridad se acompañan en acuerdo de tomarse partido la una de la otra. Los paisanos y sus liberadores sobreviven en algunos casos solo para toparse con el nuevo enemigo de la miseria, que no espera a los posibles y limpios amores, o a los nuevos ciudadanos arrojados al mundo que tal vez no les resultará mejor que el anterior, salvo por la pura expectación ante la posiblidad de pasar un día más. Todos de alguna manera dejaron morir algo en la guerra, parece ser lo que nos dice al final esta bella y desgarradora película. Precio injusto tal vez, pero al gran juez de las circunstancias no se le pueden hacer reclamos.

Paisà (1946)





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