The Fountain de Darren Aronofsky: el arte de las letras grandes

Como otros nombres relativamente recientes dentro del cine internacional, tales como Spike Jonze o Christopher Nolan, el neoyorquino Darren Aronofsky se hizo casi ipso facto de una legión de fans que lo elevaron a la categoría de genio, maestro, u otros tantos títulos tan apresurados como mandan los tiempos. Lo cierto es que es un [...]



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Como otros nombres relativamente recientes dentro del cine internacional, tales como Spike Jonze o Christopher Nolan, el neoyorquino Darren Aronofsky se hizo casi ipso facto de una legión de fans que lo elevaron a la categoría de genio, maestro, u otros tantos títulos tan apresurados como mandan los tiempos. Lo cierto es que es un director de capacidad innegable, con dos interesantes películas en su haber como Pi y Requiem for a Dream. En ambas se luce por sobre todo su capacidad de narrador de atmósferas enrarecidas pero adaptadas al clasicismo, con un aire fantástico que en varias ocasiones apela al efectismo o el impacto visual casi reclamando para sí mismo el lugar de algún Stanley Kubrick hecho eslabón perdido entre el sensacionalismo y la experimentación.

Con tales afanes es que llegó The Fountain (o La fuente de la vida, como se guste), la película que en teoría significaba la acumulación o clímax de sus búsquedas como autor. Una película rompecabezas, en clave de enigma, donde el director intenta aventurarse por el universo de las preguntas esenciales y declamadas en las más lustrosas apariencias que hubiese querido el director de 2001, una odisea en el espacio. Es así como vamos conociendo a los protagonistas transtemporales de esta historia bifurcada y empapada en los conceptos del budismo o más bien panteísmo. El periplo del aventurero o conquistador desarrollado a la vez como obsesión y como trance espiritual.

Dicha idea es tan atractiva como arriesgada, no poca sutileza es la que necesita y eso es precisamente lo que esta película no tiene. Aronofsky se dedica a traducir la premisa pero en mayúsculas, siempre con declarado afán de decirlo todo y remarcarlo aunque no haga falta. Tal impresión causa cada momento en el que sus tiempos se alternan entre pasado, presente, futuro, y acción, sosiego. A través de cada momento exaltado y ajustado dramatúrgicamente, Aronofsky se declara mucho más inclinado a las narraciones tradicionales. De ese gusto por la contundencia se nutrieron sus films anteriores. En el caso de The Fountain, se encuentra sobrepasado por sus ambiciones.

Claro que el acabado técnico impecable y sus efectismos visuales y melodramáticos sin duda apabullan a no pocos espectadores. Y es que esta es una película representante de aquello que se tilda como arty, un espectáculo trascendentalista que intenta asirse a su onda reflexiva pero en base a una puesta en escena de dudosos recursos. Con momentos que condensan la filosofía ancestral, incluido el venerado Popol Vuh. O también otros en los que se machaca el concepto de lo “artístico” como el rostro de la doncella quedando como fotografía final para el doliente Creo (incluso la propia Isabel solicita en un momento que le preparen la iluminación mañanera exacta).

Tal vez en medio de sus ambiciones, viajes infinitos y karmáticos, lo que se distingue del Aronofsky interesante es su solvencia manejando el tempo de un largometraje (a pesar de la carga fake de esta ocasión). Se desenvuelven de mejor forma los momentos íntimos en comparación a los más ampulosos y espectaculares. Ahí donde aquel trayecto megalómano del “soy el grande contando la gran aventura de los tiempos”, queda condensado y representado limpiamente en el temor ante la cercanía de la muerte y los sentimientos contrariados que genera, especialmente sobre el otro tan reclamado poder del amor. En un breve “juntos viviremos por siempre” es más que suficiente. Es así como destaca la actuación de Hugh Jackman convertido, bajo propio riesgo, en el explorador de una sabiduría inabarcable. El verdadero premio o fuente de la vida que tanto persigue. Con la mirada fija en su soledad, plantado en los paisajes nevados antes que hacia las estrellas, hacia la mítica Xibalba. Mucho más allá que algún curioso reciclaje de aventuras a lo Indiana Jones, como ocurre en determinado momento.

The Fountain (2006)





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Un Comentario

  1. Johan agregó estas palabras el September 9, 2008 | Permalink

    El gran problema de esta pelicula es que la megalomania de Aranofsky se traga todo lo interesante en cuanto a tema y desarrollo visual pueden ofrecer. Tan distante de la modesta pero contundente “PI”

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