Como a muy pocos escritores en verdad, a Miguel Ángel Asturias le cupo acercarse al enojoso tema de la Latinoamérica exótica y dictatorial, de una forma muy original. El señor presidente es una novela de cuyos ecos no pueden escapar escritores tan venerados como Vargas Llosa o García Márquez. Eran los años 30 cuando este guatemalteco de largo y temprano exilio europeo fue dándole forma a este retrato de una brutal realidad política pero contaminada por un lirismo tan propio en su exotismo que significo el verdadero nacimiento del tan convocado realismo mágico. Por todos sus lados Asturias deja en claro su interés y reconocimiento por los contrastes de esa esencia maya perdida dentro de ese colonialismo que hasta hoy queda rezagado en la figura de un señor presidente como el de esta novela que es uno y todos a al vez.
Recuerdo que cuando la iba leyendo, además de su vuelta de tuerca por sobre las convenciones del relato histórico, me comenzaba a llamar la atención su compleja mirada hacia ese fenómeno, bananero se le podría calificar, del caudillismo en las tierras iberoamericanas, hacia el manto de la corrupción que envuelve y hasta matiza los tonos en los que están pintados los que creemos buenos y malos. Acá el notorio maniqueísmo se encuentra un tanto subvertido por ese acercamiento nada gratuito que hace a la sociedad de alguna forma acostumbra a los sucesivos regimenes de la autocracia. Es por ello particularmente inquietante la omnipresencia de ese personaje nunca mencionado por su apellido o nombre de pila. Se trata más bien de una figura difusa en el panorama, una idea o una tesis que parece reprocesar en sí mismo los conceptos expresionistas de la Europa oriental.
Alrededor parece girar como presencia en estado gaseoso, moviendo los hilos de aquellas desventuradas criaturas que obran bajo sus propios intereses, revelando la miseria y crueldad, o inesperadamente la solidaridad y los afectos. Se sabe muy bien que Asturias tuvo siempre como suceso definitivo en su vida, la dictadura de Manuel Estrada Cabrera durante la primera parte del siglo XX. Pero el posible odio o afán de denuncia nunca nubla la posibilidad para que nos entregue un retrato lúcido sobre tal trauma sobrellevado entre injusticias y canalladas. A partir de la intriga circular generada por un hecho absurdo y arbitrario, es que vamos conociendo los alcances de ese poder que hace hasta del azar un instrumento de accionar bárbaro que envilece cualquier otro suceso de naturaleza más pura. El mejor ejemplo de ello es el significativo plot central entre Miguel Cara de Ángel (evidente auto referencia del escritor) y la intriga contra el general Canales. Ese decepcionado veterano de la política que deja como prenda a Camila, ser de inocencia que es acogida por esa mano corrupta para transformarla o más bien para hacerla despertar de la embriaguez malsana que lo circunda.
Pero incluso ni el amor nacido de aquel nido de víboras puede evitar la concluyente metáfora que se plantea alrededor de esa sistematización que acoge como aliadas a la demagogia y el eterno afán de destruir al otro. Es por ello que la ironía se planta también como en una tragedia de Shakespeare: los invencibles son derrotados por la voluntad ciega del más débil, los que se encumbran con el líder corren el riesgo de terminar en la última mazmorra, o finalmente como reza aquella canción popular que estremece a Niña Fedina: “de la casa nueva a la casa mala hay solo un paso”. Tal vez esa es la idea perturbadora que deja este libro. El que como en toda organización, en las dictaduras se cumple roles intercambiables. Este canto de barrocos y folklóricos versos lo resuelve mucho antes que nadie.
“El Pelele engusanaba la calle de quejidos, a la rastra el cuerpo que le mordía el dolor de los ijares, a veces sobre las manos, embrocado, dándose impulso con la punta de un pie, raspando el vientre por las piedras, a veces sobre el muslo de la pierna buena, que encogía mientras adelantaba el brazo para darse empuje con el codo. La plaza asomó por fin. El aire metía ruido de zopilotes en los árboles del parque magullados por el viento. El Pelele tuvo miedo y quedó largo rato desclavado de su conciencia, con el ansia de las entrañas vivas en la lengua seca, gorda y reseca como pescado muerto en la ceniza, y la entrepierna remojada como tijera húmeda.
Grada por grada subió al Portal del Señor, grada por grada, a estirones de gato moribundo, y se arrinconó en una sombra con la boca abierta, los ojos pastosos y los trapos que llevaba encima tiesos de sangre y tierra. El silencio fundía los pasos de los últimos transeúntes, los golpecitos de las armas de los centinelas y las pisadas de los perros callejeros que, con el hocico a ras del suelo, hurgaban en busca de huesos, los papeles y las hojas de tamales que a orillas del Portal arrastraba el viento.
Don Lucho llenó otra vez las copas dobles que llamaban «dos pisos».
—¿Cómo es eso de te se pone? —decía Vásquez entre dos escupidas, con la voz más aguda que de costumbre—. ¿No te estoy contando, pues, que estaba yo hoy como a las nueve, más serían, tal vez las nueve y media, antes de venirme a juntar con voz, cortejeándome a la Masacuata, cuando entró a la cantina un tipo a beberse una cerveza? Aquélla se la sirvió volando. El tipo pidió otra y pagó con un billete de cien varas. Aquélla no tenía vuelto y fue a descambiar. Pero yo me hice una brochota grande, pues desde que vi entrar al traído se me puso que… que ahí había gato encerrado, y como si lo hubiera sabido, viejo: una patoja salió de la casa de enfrente y ni bien había salido, el tipo se había puesto las botas tras ella. Y ya no pude volar más vidrio, porque en eso regresó la Masacuata, y yo, ya sabés, me puse a querérmela luchar…
—Y entonces las cien varas…
—No, ya vas a ver. En lucha estábamos con aquélla, cuando el tipo regresó por el vuelto del billete, y como nos encontró abrazados, se hizo de confianza y nos contó que estaba coche por la hija del general Canales y que pensaba robársela hoy en la noche, si era posible. La hija del general Canales era la patoja, que había salido a ponerse de acuerdo con él. No sabés cómo me rogó para que yo le ayudara en el volado, pero yo qué iba a poder, con esta cuidadera del Portal…
—¡Qué largos!, ¿verdá, vos?
Rodas acompañó esta exclamación con un chisguetazo de saliva. —Y como a ese traído yo me lo he visto parado muchas veces por la Casa Presidencial…
—¡Me zafo, debe ser familia…!
—No, ¡qué va a ser!, ni por donde pasó el zope. Lo que sí me extraña es la prisota que se cargaba por robarse a la muchacha ésa hoy mismo. Algo sabe de la captura del general y querrá armarse de traída cuando los cuques carguen con el viejo.
—Sin jerónimo de duda, en lo que estás vos…
—¡Metámonos el ultimátum y nos vamos a la mierda!
Don Lucho llenó las copas y los amigos no tardaron en vaciarlas. Escupían sobre gargajos y chencas de cigarrillos baratos.
—¿Como cuánto le debemos, don Lucho?
—Son dieciséis con cuatro…
—¿De cada uno? —intervino Rodas.
—¡No, cómo va a ser eso; todo junto! —respondió el cantinero, mientras Vásquez le contaba en la mano algunos billetes y cuatro monedas de níquel.
—¡Hasta la vista, don Lucho!
—¡Don Luchito, ya nos vemos!
Estas voces se confundieron con la voz del cantinero, que se acercó a despedirles hasta la puerta.
—¡Ah, la gran flauta, qué frío el que hace…! —exclamó Rodas al salir a la calle, clavándose las manos en las bolsas del pantalón.
Paso a paso llegaron a las tiendas de la cárcel, en la esquina inmediata al Portal del Señor, y a instancias de Vásquez, que se sentía contento y estiraba los brazos como si se despegara de una torta de pereza, se detuvieron allí.
—¡Éste sí que es el mero despertar del lión que tiene melena de tirabuzones! —decía desperezándose—. ¡Y qué lío el que se debe tener un lión para ser un lión! Y haceme el favor de ponerte alegre, porque ésta es mi noche alegre, ésta es mi noche alegre; soy yo quien te lo digo, ¡ésta es mi noche alegre!
Y a fuerza de repetir así, con la voz aguda, cada vez más aguda, parecía cambiar la noche en pandereta negra con sonajas de oro, estrechar en el viento manos de amigos invisibles y traer al titiritero del Portal con los personajes de sus pantomimas a enzoguillarle la garganta de cosquillas para que se carcajeara. Y reía, reía ensayando a dar pasos de baile con las manos en las bolsas de la chaqueta cuta y cuando tomaba su risa ahogo de queja y ya no era gusto sino sufrimiento, se doblaba por la cintura para defender la boca del estómago. De pronto guardó silencio. La carcajada se le endureció en la boca, como el yeso que emplean los dentistas para tomar el molde de la dentadura. Había visto al Pelele. Sus pasos patearon el silencio del Portal. La vieja fábrica los fue multiplicando por dos, por ocho, por doce. El idiota se quejaba quedito y recio como un perro herido. Un alarido desgarró la noche. Vásquez, a quien el Pelele vio acercarse con la pistola en la mano, lo arrastraba de la pierna quebrada hacia las gradas que caían a la esquina del Palacio Arzobispal. Rodas asistía a la escena, sin movimiento, con el resuello espeso, empapado en sudor. Al primer disparo el Pelele se desplomó por la gradería de piedra. Otro disparo puso fin a la obra. Los turcos se encogieron entre dos detonaciones. Y nadie vio nada, pero en una de las ventanas del Palacio Arzobispal, los ojos de un santo ayudaban a bien morir al infortunado y en el momento en que su cuerpo rodaba por las gradas, su mano con esposa de amatista, le absolvía abriéndole el Reino de Dios.”










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