La sitcom que más veces debo haber visto en la niñez, fue esta que protagonizaba la cómica Lucille Ball. Junto con Los Munsters y La familia Adams significaron mi temprano acercamiento a ese mundo alterno y extraño hecho en blanco y negro. A pesar de ello las ocurrencias de Lucy datan de algunos años más atrás que aquellos hogares donde hasta la monstruosidad era motivo de risa. En su estilo ellos no dejaban de ser también tributarios de las extravagancias que se suscitaban en ese departamento donde la pelirroja, que no podíamos reconocer como tal, ponían de vuelta y media la buena disposición de su querido Ricky Ricardo.

Yo amo a Lucy fue uno de los primeros éxitos masivos de la naciente televisión. Marcó un punto de no regreso con respecto a casi todo lo que vendría posteriormente en la tan difundida comedia de situaciones. Había en ella mucho de las características rutinas del vaudeville pero también de ciertos maquillajes del nuevo medio que se harían muletillas inevitables para muchos, especialmente las risas grabadas. Visto muchas décadas después, dejaba una sensación de divertimento tan efectivo y funcional en su estrechez que por poco ni te percatabas de su añejo look, o al menos no lo racionalizaba uno. Para eso tendríamos que ser testigos de la continua escalada del realismo en la pantalla chica, y la vulgar obviedad de muchas transmisiones locales.

I Love Lucy (Intro)

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Mi sorpresa reciente fue de volver a verla y apreciar que su tipo de humor no ha dejado de ser tan divertido y sorprendentemente pícaro. El mundo de Lucy era el de una extraña burguesía que de cucufata no tenía nada, convivía con la bohemia representada por su marido dedicado a la música, y sus vecinos Ethel y Fred actores retirados. Los dislocados afanes de la ama de casa era la de vivir la ilusión de ese ambiente, contagiarse más con la idea, siempre latente en su atenta tele audiencia también, de que algún talento escondido podía tener, aunque sus experimentos eran por lo general los fracasos más risibles de la historia televisiva. Al respecto uno de los episodios más divertidos es el de Lucy y Ricky cambiando roles laborales.

Lo desesperante para ella era que en cambio de esas fantasías, aquellos representantes del show business que la rodeaban se mostraban por el contrario muy satisfechos en la cotidianeidad de su labor y su experiencia. Ese aire entre neurótico e ingenuo fue la característica de la divertida Lucy, viviendo al ritmo de un baile con su chico latino. Desi Arnaz y su exotismo pegado como etiqueta en la ropa era quien ponía el ambiente, pero era Lucille quien levantaba el estruendo de su big band. El baile de salón rindió sus frutos gran parte de los años 50, suficiente para quedar eternizados como la verdadera pareja dispareja.

Lucy y Ethel chambeando

Lucy y Ricky esposados

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