Al igual que ese ominoso reality show que sirve de marco a esta breve historia de tirón y moralismo, la belga Amélie Nothomb concentra en esta novela todas las características que la han llevado no solo a ser una de las escritoras más exitosas en lengua francesa sino también una de las más polémicas. Su estilo es enfático pero florido, potente pero no falto de algunas triquiñuelas marketeras, interesante por su temática (con inspiraciones de Mishima y su concepto de la belleza) pero con cierta propensión al sensacionalismo que justifica su éxito (y tal vez su sensibilidad) y también el rechazo de ciertos lectores ortodoxos.

Ácido sulfúrico es, desde su espectacular título, un relato de histeria, una proclama indignada que transita de la conciencia de un best seller a la prosa concebida sin timidez en la ampulosidad. Creo que finalmente me siento inclinado a su forma de narrar y a su no poca y acrobática originalidad antes que ponerme a pensar demasiado en lo que de trampa pudiese tener. De alguna forma no deja de ser irónico el hecho de que si quedamos capturados por la fórmula de “Concentración” tal cual los espectadores de ese ficticio programa de televisión, la narradora habrá triunfado. Y es que es eso a lo que me sabe este libro en primer lugar: a una gran burla, que es lo único a lo que finalmente puede apelar una personalidad tan discutida. Nothomb es toda una escritora aunque muchos lo nieguen.

Pannonique, su heroína de turno, es descrita como todo un personaje perfecto para achacarle el afán de manipulación: es una muchacha hermosa, de vida ordenada y solitaria que habrá de ser martirizada para el regusto morboso del querido espectador-lector. Podría decirse que hasta cierto punto lo es. Pero ha Pannonique la percibo no solo como un posible artefacto de ideología dudosa, es un personaje que no se ve ni a si misma como un ser inmaculado. Odia, sufre, conspira y hasta comienza a sacar mejor partido de la estoica entereza que va demostrando a lo largo de cada jornada-episodio en los que la tele audiencia toma importancia solo a su ángel y gestos generosos solo como morboso aliciente para un clímax destructor y bien dosificado por los organizadores.

Tal vez lo que se vuelve demasiado explicito es lo que rodea la relación de la protagonista con la kapo Zdena. Esa obsesiva mirada machaca la contrastada paranoia de ambos mundos separados por los artefactos de la telecomunicación y la potencial fama y placer que muchos obtienen con el. Como que este defecto se vuelve aún más notorio con el estrepitoso desenlace. El círculo de cinismo que se cierra ante la brutalidad solo como si se tratara de un breve paréntesis o fin de temporada. Por ello, aunque muchos lo puedan creer complaciente, prefiero quedarme con las líneas finales y la idea misma que rodeo aquel espectáculo del absurdo hecho tesis: la de la voz humana como instrumento del entendimiento por encima de todo. Aunque no he podido evitar preguntarme recurrentemente también ¿Habrá visto la Nothomb el show de Laura Bozzo?

“La primera vez que Zdena vio a Pannonique, hizo una mueca. Nunca había visto nada parecido. ¿Qué era? A lo largo de su vida se había cruzado con mucha gente pero nunca había visto nada igual a lo que había sobre el rostro de aquella joven. En realidad, no sabía si era sobre su rostro o en el interior de su rostro. «Puede que las dos cosas», pensó con una mezcla de miedo y de repugnancia. Zdena odió aquella cosa que tanto la incomodaba. Le oprimía el corazón como cuando comes algo indigesto. De noche, la kapo Zdena volvió a pensar en ello. Poco a poco, se dio cuenta de que no pensaba en otra cosa. Si le hubieran preguntado lo que eso significaba, habría sido incapaz de responder. Durante el día, se las apañaba para estar lo más a menudo posible cerca de Pannonique, con el objetivo de observarla de reojo y de comprender por qué aquella apariencia la obsesionaba. Sin embargo, cuanto más la examinaba, menos comprendía. Guardaba un recuerdo muy borroso de las clases de historia de la escuela, cuando tenía doce años. En el libro de texto, se reproducían cuadros de pintores del pasado, le habría costado lo suyo decir si se trataba de la Edad Media o de un siglo posterior. A veces reproducían imágenes de damas -¿vírgenes?, ¿princesas?- cuyos rostros tenían aquel mismo misterio.

Siendo una adolescente, había pensado que se trataba de algo imaginario. Semejantes rostros no existían. Lo había comprobado en su círculo íntimo. No debía tratarse de belleza ya que, en televisión, las que se suponían que eran guapas no eran así. Y he aquí que ahora aquella desconocida presentaba aquel rostro. Así que existía. ¿Por qué uno se sentía tan incómodo cuando lo veía? ¿Por qué daba ganas de llorar? ¿Acaso ella era la única que experimentaba eso?
Zdena acabó por no poder dormir. Cada vez tenía más marcadas las ojeras. Las revistas decretaron que la más animal de las kapos tenía, cada vez más, cara de bestia.

Desde su llegada al campo, los prisioneros habían sido desprovistos de su ropa y se les había entregado un uniforme reglamentario de su talla: pijamas para los hombres, batas para las mujeres. Una matrícula que les tatuaban sobre la piel se convertía en su único nombre autorizado. CKZ 114 -así se llamaba Pannonique- se había convertido en la ninfa Egeria de los espectadores. Los periódicos dedicaban artículos enteros a aquella joven de admirable belleza y clase, cuya voz nadie conocía. Destacaban la noble inteligencia de su expresión. Su foto ocupaba las portadas de numerosas revistas. En blanco y negro, en color, todo la favorecía.
Zdena leyó un editorial en honor de « la hermosa CKZ 114». Hermosa: así que era eso. La kapo Zdena no se había atrevido a formularlo en estos términos, partiendo del principio que no entendía nada. Sin embargo, se sintió bastante orgullosa de haber sido capaz, si no de comprender, por lo menos de percibir el fenómeno. La belleza: así que el problema de CKZ 114 era ése. Las chicas guapas de la televisión no habían despertado en Zdena aquel malestar, y eso le hizo llegar a la conclusión de que quizá no eran realmente guapas. Concentración le enseñaba en qué consistía la auténtica belleza. Recortó una fotografía especialmente lograda de CKZ 114 y la colgó cerca de su cama.

Los detenidos tenían en común con los espectadores que conocían el nombre de los kapos. Éstos no perdían ninguna ocasión de vociferar su propia identidad, como si tuvieran la necesidad de escucharla. Durante la selección de la mañana, la cosa sonaba así:
-¡Hay que mantenerse firmes delante del kapo Marko! O en los trabajos del túnel:
-Oye, tú, ¿a eso le llamas obedecer al kapo Jan? Existía cierta paridad entre los kapos, incluso en maldad, brutalidad y estupidez. Los kapos eran jóvenes. Ninguno superaba los treinta años. No habían faltado candidatos de más edad, incluso viejos. Pero los organizadores pensaron que la violencia ciega impresionaría más si emanaba de cuerpos juveniles, de músculos adolescentes y de rostros sonrosados. Incluso había un fenómeno, la kapo Lenka, una voluptuosa vampiresa que intentaba gustar constantemente. No se conformaba con provocar al público y contonearse delante de los otros kapos: llegaba al extremo de intentar seducir a los prisioneros, restregándoles su escote por la cara y lanzando miradas a sus sometidos. Aquella ninfomanía, sumada a la atmósfera mefítica que reinaba en el programa, resultaba tan repugnante como fascinante.”

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