Probablemente haya sido absorbido dentro de la magnitud de otros nombres capitales de la música orquestal de vanguardia a principios del siglo XX como Igor Stravinsky o Arnold Schoenberg, pero a Gustav Holst lo conservo en un lugar especial. Fue autor de varias piezas notables pero entre todas, es imposible no dejarse seducir por esta suite de siete movimientos que recoge motivos los astronómicos para entregarse a un despliegue potente, sobrecogedor y muy complejo que se conserva en el tiempo a pesar de su excesivo trajÃn y el cierto desazón que le causó al propio compositor, el hecho de que este ambicioso empeño literalmente se tragara el resto de su obra.
Tal vez al final el talentoso compositor inglés podrÃa haber estado orgullo de que estas composiciones inspiradas en los astros compañeros de la Tierra en la VÃa láctea, estuviesen tan bien ensambladas que su solo poder hipnótico siga todavÃa cautivando a las nuevas generaciones. The Planets es una obra formidable, dramática, sobrecogedora, con la duración precisa para no dejar escapar al mayor incauto. Su desarrollo es veloz, ostentoso, o ceremonioso. En fin, desconcertante como ese universo recóndito al que nos remite con tanta precisión. Su carácter, necesariamente impresionista, se sujeta todavÃa a las convenciones implantadas desde Berlioz y Wagner y tal vez sea ese el motivo que lo ha dejado un tanto rezagado al lado de otros músicos mucho más audaces que llevaron al lÃmite las posibilidades de la tonalidad.
Pero aún dentro de lo más tradicional, Holst sabe hallarle la novedad a los esquemas propuesto en décadas anteriores. Se inclina en reivindicar todavÃa más ciertos aires o ritmos del folklore más diverso, incluyendo el hindi o el eslavo. El resultado de tal experimentación fue el haber estampado varias de las melodÃas más rotundas oÃdas hasta en ese momento. Demás está decir que tan influyente resultó por ejemplo el épico inicio con la poderosa Marte, que es una de esas composiciones que cualquier orquestador importante en estas últimas décadas debe haber ejecutado con tanta o más frecuencia que las de los clásicos.
Marte, el portador de la guerra
Algo que además me llamó la atención, como a cualquiera, la primera vez que oà The Planets fue el por qué de la insólita organización de los movimientos. Conforme nos vamos sumergiendo esto se nos va explicando de la mejor forma: a través de las propias insinuaciones que nos hace la música. Al categórico inicio le sigue el sosegado encuentro con Venus, la sugerencia de un mundo representando al amor o más bien a la idea de la perfección, totalmente alejada de la rauda y juguetona Mercurio. Aquella tarde cayó precisa para estas melodÃas literalmente descriptivas. Otras dimensiones se abrÃan para mÃ. Por momentos puedes seguir imaginando que se trata de un efecto conseguido con sencillez y vocación por lo impactante, pero en otros caes en cuenta del nivel detallista de esa búsqueda del efecto preciso.
Probablemente ese nivel de complejidad se luzca en toda su magnificencia con Júpiter y sobre todo con mi favorita Saturno. Ahà la conjunción orquestal llega a su punto más excelso. La ebullición del inicio con cuerdas de la primera y la solemnidad aterradora de la segunda son una muestra de los alcances del arte de Holst más allá de la sola técnica. En realidad son muy pocas las versiones en las que he escuchado estas dos partes ejecutadas con verdadera precisión. Una de las que más recomiendo es esta versión de la Real Orquesta Nacional Escocesa. Que además me hace más interesante los ecos a Stravinsky que suenan en Urano, y también el final sutil de la extraordinaria Neptuno, asà desvaneciéndose en los confines de lo inexpugnable. Un recuerdo como el de la escucha de esta obra maestra no se disuelve ni con la desencantadora experiencia de haber tenido que desmentir a una persona cuando me preguntó de cual de las pelÃculas de Star Wars era el disco que escuchaba. Otro efecto de los astros me imagino.
Júpiter, el portador de la alegrÃa
Saturno, el portador de las eras antiguas









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