Maradonologías
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por
superocho
Encuentro en la página de Crítica Digital este texto de Pablo Alabarces sobre Maradona. La verdad este sirve como excusa para tratar de explicar un poco la argentinidad.
La maradonología es un género de las ciencias sociales, que consiste en transformar al ex capitán de la Selección argentina de fútbol en objeto de análisis y así someterlo a estudio, desmenuzarlo, describirlo, leerlo, interpretarlo. Es un género y no una disciplina, porque lo hemos practicado sociólogos, antropólogos, historiadores, comunicólogos, hasta creo que algún psicólogo –además de los dietólogos, traumatólogos, parapsicólogos–. Y no olvidemos, claro, los opinólogos, que no son menos de veinte millones.
El que mejor lo hizo fue un antropólogo, argentino de Santiago del Estero, cuya tonada retuvo hasta su muerte en la lejana Noruega: Eduardo Archetti, que estudió sociología en la UBA y luego se doctoró en antropología en París con Alain Touraine, con un magnífico trabajo de campo sobre los colonos italianos de Santa Fe. En la lotería del exilio, a Archetti (el Lali, como lo llamamos todos sus amigos y discípulos) le tocó Oslo, siguiendo a una bellísima noruega con la que vivió treinta años, hasta que se lo llevó un cáncer muy turro en lo mejor de su vida y su carrera, en 2005. El Lali Archetti fue el primero en darse cuenta de que el fútbol (y el polo, el automovilismo, el box, el remo, y también el vino, el tango y el asado) eran lugares magníficos para pensar la patria, para analizar las mil maneras, tortuosas y complejas, en las que los argentinos y argentinas habían inventado este país. Desde 1984, fecha de su primer trabajo sobre el tema (Fútbol y ethos, en el que por primera vez se trabajaba el concepto de “aguante”) hasta su muerte, trabajó insistentemente esa idea: estudiar el deporte, la comida, la bebida, la danza, la música, permite analizar los modos en que se inventa una patria en las zonas más libres y a la vez más democráticas, más distantes de los controles del Estado y de la rigidez de los letrados. La Argentina, decía Archetti, era un invento fantástico, mezcla de atorrantes y próceres, de asados y desfiles patrióticos, de bailarines de tango y catedráticos, de Fangios y Perones, de Panchos Varallos y Lugones. De Maradonas y Borges, inclusive.
Respecto de Maradona, Archetti prefería trabajar la idea del “pibe”, ese personaje mítico acaso inventado en la tapa del número uno de Billiken, “el campeón de la temporada”: un atorrante sobreviviente de las inclemencias del potrero, su lugar natural, pura creatividad e indisciplina. Maradona era el remate perfecto de esa serie: imposible de ser sometido a las reglas del deporte industrializado, su irreverencia significaba la tradición argentina de juego en su máxima expresión. La politización de Maradona, esa transformación en símbolo de los humildes o ídolo de los quemados que se produce entre 1987 y 1995, era la resultante perfecta: si el fútbol había podido ser leído como metáfora de la nación, Maradona se volvía un símbolo perfecto de su versión más democrática y popular, una Argentina que se pensaba creativa, impredecible, humilde y la vez jactanciosa, pícara e irrespetuosa –a veces en exceso–.
En esa misma línea entendí siempre a Maradona: una consecuencia necesaria del peronismo, su continuidad por otros medios. Entre los 80 y los 90, cuando todo lo sólido se desvanecía en el aire –la guerra de Malvinas, la dictadura, la traición radical de la obediencia debida, la traición peronista del menemismo–, Maradona era pura solidez: el viejo relato nacional-popular, el que hablaba de una nación más democrática construida también con sus clases populares, insistía en mostrarse vigoroso y eficaz, aunque sólo fuera en el campo de lo imaginario (el fútbol es eso, o debiera ser eso: pura imaginación). Maradona era el plebeyo irreverente y trasgresor, un Gatica futbolero, un “negrito respondón y deslenguado”, en el que hasta la cocaína era un desliz rockero, y por eso mismo, nunca cuestionado por sus admiradores.
Pero también, los años posteriores nos permitieron ver en qué terminaba todo eso: que el peronismo es definitivamente una mueca conservadora vagamente populista y Maradona se ha vuelto una nota de color periodística. De plebeyo irreverente a bufón de los medios: de símbolo de la patria a mercancía mediática. Millones recordamos los goles del 86; nadie retiene una sola línea de La noche del 10. Las manifestaciones populares reclamándolo como técnico de la Selección argentina de fútbol brillan por su ausencia: su autocandidatura tiene tanto interés como su próxima condición de abuelo. Archetti, a quien la irrefrenable decadencia de Maradona producía tanto aburrimiento como los pases laterales de Riquelme, debe de estar muerto de risa.edu



