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No es de sorprender el hecho de que los hermanos Coen irrumpan con una película “menos seria” luego de algún empeño ambicioso. Tras haber deslumbrado a propios y extraños con No Country For Old Men, estos cineastas amantes de los ejercicios de estilo y las parodias apuntan a un nuevo film que aparenta ser más relajado, más ligero, e incluso que se deja vender como una comedia negra sin más. Con Quémese después de leer, los Coen se desbocan en su gusto por la caricatura, una tendencia que siempre está presente en su cine pero que no necesariamente da para reírse alegremente, si cabe la expresión.

Ese fue el experimento en Raising Arizona, The Hudsucker Proxy, The Big Lebowski, o Intolerable Cruelty. Películas en las que la concepción artificial y hasta el trazo grueso se hacían más patentes que en otras películas suyas. Esto mismo se puede decir de este último opus realizado con bastante libertad y poder tras el triunfo en los oscares y demás premios. El blanco de ocasión son las películas de espionaje y equívocos de los años 50, con las sombras hitchcockianas dejándose sentir en la vanguardia. Quémese después de leer es una película que trabaja las claves del desconcierto en una especie de pretendido rompecabezas o partida de ajedrez que termina trocándose en un caos deliberado conforme vamos conociendo al puñado de personajes que representan a una sociedad autosatisfecha pero igual de caníbal e irracional que la que se dejaba ver en su película anterior.

En un año decisivo para la política estadounidense, los Coen ambientan en la misma Washington una de esas intrigas en las que la excesiva simulación no te debería permitir tomártela en serio, pero aún así las ideas transitan, se condensan y desmenuzan con un patetismo y una acidez que probablemente agote la paciencia de más de uno. Estamos ante una película de estructura estrambótica, una farsa que no disimula sus disparos a la precaria moral que todavía pueden conservar las instituciones en un país últimamente puesto en evidencia más de una vez y con una torpeza solo igualada a la de los conspiradores de dibujo animado que vemos literalmente quemándose después de leer.

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Todos los personajes, desde el alcohólico Ozzy, el mujeriego Harry, y las neuróticas Katie y Linda, representan a un segmento determinado de esa especial sociedad establecida alrededor del gobierno y su sistema (métodos de vigilancia incluidos). No por casualidad a todos los terminará uniendo el mismo sentimiento frustración o de impotencia, representada en la creencia de esa omnipresencia de las manos oscuras del poder y los servicios de inteligencia. La pregunta dentro de la película es: ¿por qué no habrían de ser unos paranoicos totales, todos aquellos vecinos de la Casa Blanca, el Pentágono y la CIA hoy en día?

La secuencia inicial plantea esa asociación de forma breve pero efectiva. La perspectiva satelital parece una extravagancia un tanto gratuita hasta que la imagen se acerca más detenidamente a su centro neurálgico, en esas oficinas de andares presurosos y calzado lustroso. Desde ahí pasamos a secuencias que rápidamente establecen el juego favorito de los Coen con sus actores. La estilización exacerbada se convierte en el vehículo perfecto para tragarse una historia límite que no concede ni una pizca a alguna sutileza. Ozzy es el personaje que toma lugar a la cabeza de las demás fichas de dominó. Una vez que su rutina es alterada, es cuando se desencadenan las de los demás. La supuesta intriga prometida al espectador en cuanto las memorias de años de servicio que intenta escribir caen en manos de equivocadas, solo desemboca en un teatrin de vilezas a ocultar de la vista de esa suerte de hermano mayor que puede descubrir más que el tonto que duerme contigo.

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Tanto Malkovich, Swinton, Clooney, McDormand, y Pitt, entienden perfectamente esta idea y asumen sus roles-tipo con la vehemencia requerida (me parece que Swinton es la que sale más airosa y paradójicamente el suyo es el rol que se acerca mejor a lo interior). Instalado el simulacro, se suceden los fisgoneos a las infidelidades, las trampas, a los complots destartalados en los que la traición a la patria tiene menos importancia que la entrega de esquelas petitorias de divorcios. El derrumbamiento de la fe institucional en beneficio hasta de los criterios mas idiotas. Sino miren al personaje del divertido J.K.Simmons, el director de la CIA más despistado de la historia del cine norteamericano.

Este laberinto de la democracia enferma tiene verdadera eficacia cuando se afilia mucho más a la tensión y el suspenso propio de las tramas a las que hace referencia. Pero como en otras miradas cínicas que han intentado realizar antes, los Coen tienden a excederse en la presentación de los conflictos de algunos de los personajes más decididamente “graciosos” incluso hasta redundar. Tal vez se pierde más con la historia de Linda y su obsesión con la lipoescultura que la salvará y ni que decir con el muchas veces gratuito personaje de Pitt. Es ahí cuando los Coen dejan patente cierta tendencia al desorden cuando se quieren acercan decididamente al humor. En cambio, el progresivo malestar de los otros si nos deja el sabor de estar presenciando la verdadera instauración del régimen de la desconfianza y la locura. Ozzy y Harry perdiendo el control total, deben ser los mejores exponentes de este extraño tratado que siendo obra menor, no deja de ser inquietante en su intento de traspasar lo que a la ligera muchos denominan comedia negra.

Burn After Reading (2008)

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