The Host: La bestia y el género
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por
Jorge Esponda
Con The Host (Gwoemul), podemos confirmar nuevamente la preponderancia del cine coreano en el panorama actual. Se trata de una película hecha con una clara intención de convertirse en un blockbuster pero también es una aproximación mayor a las posibilidades del cine de género que frecuentemente lucen un desgaste clamoroso en otras latitudes. El general el cine realizado en Asia es el más interesante a nivel de propuestas y abundancia de variantes, pero es el que se realiza en Corea del Sur el que ha asumido en estos últimos años, una especie de delantera en lo que se refiere a la concepción de una industria plena en despliegues de gran envergadura y de talento fulgurante. Casi una suerte de paraíso creativo como el que todos los cinéfilos imaginan en el Hollywood del pasado. La diferencia es que este momento dorado es asumido concientemente.
Lo interesante es como este puñado de cineastas profesionales y oficiosos pueden ser capaces de retorcer aún más los mecanismos impuestos, deformados y finalmente parodiados en la era de la post modernidad. Aunque parezca mentira, su opción creativa muchas veces se basa en aplicar esas tres fases en las cuales los géneros definidos vieron limadas sus fronteras, ganando a veces mucha mas sofisticación a partir de ello. El director Bong Joon-ho (realizador anteriormente de una impresionante cinta criminal titulada Memories of Murder), deja una lección ejemplar con esta cinta que utiliza una de las fórmulas más populares del cine actual: la moda alien. Con solo esas tres palabras basta para resumir a la mayoría de este tipo de cintas de premisa terrorífica. Ese no es el caso de esta película.
The Host es una película que trabaja a la perfección aquellos ingredientes que en otras épocas y con más solemnidad caracterizaban a las historias bigger than life: amor, lealtad, peligro, acción, y su componente de alarma social o nacional. Esta vendría ser la expresión natural de ese tipo de aventura patriótica o humanista que al otro del océano solo da para pálidos reflejos y reciclajes mercenarios, salvo que se toquen dichos temas con dureza y cierta cuota siniestra (como ha sido el caso de The Dark Knight recientemente). El caso de este huésped del río Han y el alboroto que desata, es mucho más colorido, incluso más dramático y emocionante. La sordidez a la que apela occidente muchas veces termina resultando un recurso facilista y esta película lo pone en evidencia (¡atrás Marcus Nispel con todos tus remakes!)
Los pretextos para el destape del caos son los mismos que las de sus antecesoras, y la película no se extiende más que unos cuantos minutos en ello. La tensión se maneja como la de una maratón u olimpiada, con precisión de mecanismo de relojería en el cual los personajes nos son presentados con la apariencia relajada de un día de paseo. Aplicando la mejor técnica, Bong Joon-ho nos deja asimilar cada singular conducta evitando inmiscuirse notoriamente con alguna originalidad o deformación de la realidad de la que tanto son adeptos los novatos adeptos a la estética videoclipera. Hasta el momento del vistazo al monstruo difícilmente podríamos haber situado ese mundo humorístico alrededor de Gang-Du y su familia, como una antesala del horror. Ese cambio súbito de tonos y ritmos traen a la memoria la inconfundible sabiduría westerniana, a la cual más notoriamente se afilia la película.
En este mundo dislocado y hasta ocurrente en el cual se desata la amenaza destructora y el thriller (en una brillante secuencia de pánico masivo), también hay lugar para la reflexión y las temáticas importantes siempre y cuando mantengan a raya la seriedad o más bien dicho la pomposidad. Siguiendo lecciones maestras el director introduce el tema del riesgo ambientalista, la estupidez social, o el de la ineficacia de la autoridad como protagonistas de los momentos más humorísticos de la velada. Esos cortes tensión hacia el absurdo o la comedia tienen a los actores como piezas fundamentales, principalmente podemos destacar Song Kang-ho (uno de los mejores actores del cine de su país) como el torpe líder de la familia Park. La secuencia del encuentro ante el altar de los desaparecidos, es genial en ese sentido: todos rodeados por las demás victimas y dolientes anuncian el momento de tono más grave en la película, pero esta va trastornándose rápidamente hasta llegar al colmo de lo risible con esos abrazos y llantos dignos de los titulares más sensacionalistas.
Difícilmente se puede desligar a esta sensación a la visión de toda la película. Y eso vale incluso para los momentos más interesantes en los que se resuelven los encuentros con el enemigo depredador. Este villano de apariencia aterradora pero movimientos juguetones asemeja más a una mascota de esos engendros que gustan de reducir uno a uno a los grupos humanos. Es como si se asumiera a si mismo como una mera repetición, una milésima copia que no esta para tantas sofisticaciones o cacerías de placer, este monstruo prefiere ir directo al punto y contentarse solo con tener su nicho de indigente, que dicho sea de paso es el detalle visual que más hace referencia a las películas de su madre espacial.
Tal vez es el desenlace de esta búsqueda aturdida siempre por la mano de la ley, sea un tanto más convencional, pero no por ello deja de ser un clímax estupendo. La idea de que sean solo los marginales o losers los que tengan que hacer frente a la amenaza con verdadera eficacia, dice bastante del nivel no poco trasgresor que se permite el realizador. Los guardianes del orden quedan reducidos a meros especuladores del temor público y capaces de crear auténticos juegos macabros con pretexto de la salvaguarda nacional. Al despreocupado Gang-Du no le quedan al final ni ganas de seguir haciendo atrocidades con su cabello. Solo le quedan el disgusto de tener que hacer zapping cuando aparecen los informes “oficiales” en un noticiero, y el placer de haber acompañado a su familia en un trance donde se pusieron a medida todas sus capacidades y talentos. La idea del grupo en peligro reprocesada por este alumno del cual Howard Hawks podría haberse sentido muy orgulloso.
The Host – Gwoemul (2006)






