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Lo último que muchos hubiesen esperado actualmente es que algún nuevo revival generara un culto tan acelerado como el que viene gozando esta banda de Seattle durante estos meses. Pero no se crea que todo ello es producto gratuito (aunque no se extrañen que la palabra hype se deje escuchar dentro de poco). Fleet Foxes es una de las bandas más interesantes y talentosas surgidas en el espectro musical del 2008. La suya no es una propuesta que vaya ha marcar tendencias, la verdad hasta se los puede considerar unos kamikazes aún dentro del circuito indie, sin embargo no hay nadie que se resista a esa mágica alquimia de voces e instrumentales básicos que parecen rogar por algo calma para que los sentidos capten esa órbita de lo esencial. Un largo racconto de los lugares y los días que hacen la tradición y los mitos.

fleet-foxes

La primera sensación que me deja este primer disco homónimo es lo muy aplicados alumnos que son de Robin Pecknold y compañía, de la más pastoral versión del hippismo. Procesan el folk, y las trovas tradicionales, con el pop más vocalmente depurado en sonidos y mascotas de los eternos The Beach Boys. El resultado, no necesariamente es original pero tampoco es anacrónico. Todo lo contrario. Lo fascinante de este quinteto es el grado de inmersión en el que se encuentran con ese estilo propio de un cuadro provinciano y sincero, lleno de lugares espaciados y sus ecos, donde las leyendas se transmiten y transforman hasta ampliar tremendamente el terreno de las sugerencias. Desde ese punto de vista, este es un disco absolutamente genial, arriesgado y de insólita madurez. Hasta cierto punto no deja de tener un aire de sencillez y seguridad manifestado en la misma imagen de Los proverbios flamencos de Brueghel en la portada. Nada que ver con el pretencioso uso de Delacroix en el último disco de Coldplay.

White Winter Hymnal

Con un estilo nada complaciente, Fleet Foxes puede darse el gusto de capturar tu atención desde el primer momento en el que ese aire campirano se desata en el coro de Sun It Rises. Todo en este disco exuda una extraña serenidad, que sino hiciera alusión a las maravillas de la naturaleza una y otra vez, llamaría sepulcral. Tal vez no en el sentido más sombrío del termino, aunque ese toque inquietante no puede dejar de contagiarte como ese cuadro exploratorio en el cual el niño se encuentra a la entrada de una gran y oscuro bosque donde ruidos indeterminados hacen las veces de cantos de sirenas. Mucho tiempo hace que no escuchaba algo un disco de reminiscencias pop que fuera a la vez expresión de algo tan primario.

Estuve siguiendo las cajetillas,
todas tragadas en sus abrigos,
con pañuelos de rojo atados a sus gargantas,
para mantener sus cabecitas,
a salvo de caer en la nieve,
y yo volteo ahí vas,
y Michael, tu deberás caer,
y volver la blanca nieve roja como las fresas,
en el verano…

Aún faltará seguramente que estos cultivadores de la tradición y sus misterios, se esmeren en entregar algo más para confirmar su contundente aparición a la vista de los todavía escépticos. Mientras tanto el resto seguiremos gozándolos en este disco cargado de una peculiar espiritualidad como en Meadowlark, el corte más folk de los once que lo componen. La sensibilidad de este grupo no viene a ser la misma que la de la era Dylan, y así es como tiene que ser. La suya es una proyección muy propia e intransferible de aquella cultura que asemeja sombras en los prados desvaneciéndose en los terrenos de la utopía. Ahí esta la bellísima He Doesn’t Know Why, esa canción perfecta para definir algunos de estos paisajes sonoros como parte de un horizonte atemporal, ni de antes ni de ahora.

En el bosque agitándose,
donde los perros temblorosos reposan,
nuestro buen padrino,
construyó un nido de madera,
y el río se congeló,
y el hogar se llenó de nieve adentro,
y la luna amarilla brilló,
hasta la luz mañanera

He Doesn’t Know Why

Blue Ridge Mountains

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