Glasvegas: Nostalgia en Glasgow
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Jorge Esponda

Debo reconocer que soy un incondicional de los sonidos ochenteros, pero específicamente de los británicos ochenteros. No importa si muchos de ellos se encontraban en tribunas opuestas del estadio, siempre hubo algún momento en su madurez en el cual los rebeldes de esos años reconocieron las virtudes de todos los equipos diseminados en cada punto estratégico de la movida: Londres, Sheffield, Manchester, Birmingham, luego Bristol y la norteña Glasgow. Esta última debe de ser el bastión más amplio fuera de Inglaterra, y no nos alcanzaría el espacio para enumerar a los monstruos salidos de sus canteras. Glasvegas y su disco debut no pintan todavía para esa categoría pero me ha sido fácil encariñarme con sus sonidos recopilatorios de una historia y una sensibilidad que hasta ahora pocos foráneos pueden reprocesar de la tradición pop británica.
Muchos deben ser los que han coincidido en este punto y los han convertido en sus engreídos desde su aparición en el circuito alternativo escocés desde hace unos pocos años. Incluso la mitad de este esperado debut esta compuesto por singles lanzados desde el 2006. Estos -no tan chicos- debutantes en las lides mayores (solo es con un contrato con la Columbia con el que se han animado adar el paso del larga duración), son una especie de árbitros en una batalla de referencias a los sonidos de la época Thatcher, que incluyen a los dioses locales The Jesús & Mary Chain, las lastimeras y desoladas letras de The Smiths, y un toque de shoegazing que le da un aire un tanto arty.

Su disco homónimo me resulta mejor cuando evito imaginarme a la capital escocesa cargada de laptops, o celulares, y me transporto a ese mundo descrito de mil maneras por sus maestros. Después de todo lo esencial de su sabor pervive hasta ahora: las noches de gigs, chicos sin motivaciones claras que se alimentan a diario de las crónicas de un secuestro y asesinato, de familias alteradas por la partida de un miembro, formas estoicas de asumir una decepción amorosa, todo envuelto en un clima de nubes perpetuas donde lo mejor se viene cuando las luces artificiales le dicen a esta camada que lo mejor del día recién comienza.
Canciones como Flowers and Football Tops, Geraldine, o It’s My Own Cheating Heart That Makes Me Cry son selecciones precisas de ese viaje al pasado con el cual han sabido sintonizar, aunque personalmente me quedo con la excelente Lonesome Swan con unos versos que remiten inevitablemente a Bronté, pero en las cumbres del britpop. Impresiones como esta son las que me dejan un muy buen sabor de boca, aunque otras como Stabbed marcan cierta pretensión (ese uso pomposo y dramático del Claro de Luna de Beethoven y sus alusiones a la violencia juvenil). Podría decir con todo que este bestiario urbano, que clama por una copa en la glamorosa Las Vegas, me plantó nuevamente el placer de la venenosa nostalgia. Con eso me doy por bien recompensado.
dime que cosa está mal,
¿sientes que estamos moviéndonos todos
y estás sintiéndote sola?
sabes, es bueno decirlo,
pero recuerda esa vez cuando los chicos dijeron,
que eras la reina de las olas sobre la cama del océano




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