Twilight: Penumbra en el mainstream
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Jorge Esponda

No ha existido en esta temporada película más publicitada que esta. Digamos desde el arranque que en si misma no lo justifica, pero eso no debe de interesar en una operación de transpocisión de un best seller como este, y que mañosamente fue difundido como un futuro fenómeno a lo Harry Potter. A la saga de J.K.Rowilng no puedo dejar de reconocerle cierto mérito si se le compara con esta trilogía escrita por Stephenie Meyer, una norteamericana con una historia de triunfo un tanto parecida a la de la narradora inglesa. Twilight, la película, esta concebida con apresuramiento y el despliegue de marketing que hacen mucho del cine de hoy en día. Una realización que apenas roza una premisa que pudo haber sido mejor aprovechada.
Como varios super ventas recientes, la historia nos presenta una revisitación pretendidamente “original” de un mito popular. En este caso el mundo de los vampiros errantes en un contexto tan caótico y diverso como el de una comunidad en la Norteamérica actual. La directora Catherine Hardwicke, de talento casi nulo, se dedica a cumplir con el encargo teniendo como idea más atractiva el hacer cierta referencia al vuelo de algunos retratos de los adolescentes como los de Gus Van Sant, a quien intenta acercarse a nivel visual (el distante e idealizado mundo fronterizo del noroeste es el centro de la acción también). Pero el resultado es tan pálido como la tez de los protagonistas, imagínense lo demás.

Tal vez hay unas pequeñas sugerencias en la narración de la desorientada Bella Swan (¡que nombre para literario!) que podrían haber conseguido una verdadera eficacia ante ese descubrimiento del la pequeña Forks como un sinuoso bastión de los herederos transilvanos. Lo que tenemos en su lugar es el parametrizado desarrollo de sucesos tal y como lo imagina la industria para ser atractivo a los teenagers. La exposición de los hechos a través de los ojos de esta damisela extraña en el mundo provinciano, es excesivamente funcional hasta lo intrascendente. Ese es el momento crítico en el cual los espectadores llegarán a identificar la película como un mero film juvenil a pesar de todos los sucesos sobrenaturales que se desarrollan a partir de la aparición de los Cullen, esos inmortales evidentes que a la vista de sus compañeros pasan solo por excéntricos norteños. Ese ritmo sencillamente llevadero es el que se instalará incluso en la desperdiciada trama del romance contrariado entre Bella y Edward (Kristen Stewart y el inglés Robert Pattinson con los rostros ideales).
En este punto resulta inevitable recordar a Anne Rice y su visión de los populares monstruos en Entrevista con el vampiro, llevada por Neil Jordan al cine en 1994. Con todo el carácter épico de aquella visión de largo aliento, no dejaba de resultar atractiva la melindrosa visión de ese eterno conflicto de estos extraordinarios seres con respecto a sus sentimientos y sus deberes o destinos. Un punto infranqueable en el cual la moral era puesta en duda y llegaba a trastornar a su propia naturaleza paranormal en esa mujer atrapada en cuerpo de niña. Lástima que en una operación tan mercantilista como la de Twilight, una aproximación de este tipo este plenamente desterrada. El comprometerse con los personajes parece ser un veneno innecesario a la vista de las majors.

Lo que nos queda en casi dos horas es contemplar un espectáculo concebido pasteurizamente a pesar de los géneros a los que se intenta suscribir. Amor y terror, una combinación que jamás de los jamases podría tratarse de forma ligera, pero que esta película convierte en un show de “instantáneas de vacaciones” que fácilmente encajaría en cualquier serie de ABC, mientras la banda sonora se nutre con Muse y Paramore, la jugada fácil y perfecta. De nada sirve ya cuando se desata el tardío conflicto con los vampiros vagabundos. La telenovela ha optado por develarnos sus posibles misterios en algunos instantes de la obsesión del amante en las sombras, ejerciendo su poder para mórbido deleite de su princesa freakie. Tal vez sea mejor quedarse con esas imágenes y olvidarse por completo del descarado final abierto, o del partido de baseball familiar, el colmo de la trivialidad.




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