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Como sucede con otras estrellas en su madurez, los reyes de las acrobacias Jackie Chan y Jet Li se animan por aparecer juntos por primera vez en esta película de aventuras y fantasía que debe tener como mayor mérito esa especie de homenaje que le hace a toda esa mitología oriental expandida por décadas. Esa sola idea echa pack es atractiva sin duda, aunque el reciclaje que se hace de ese reino prohibido (a la vista occidental), ya ha pasado por varios manierismos y ejercicios auto concientes no hace mucho. Claro que esta es ante todo una producción de entretenimiento familiar. No hay directores preciosistas o ambiciosos estilísticamente como Ang Lee o Zhang Yimou, dedicados indagar sobre las posibilidades de esta vertiente.

El responsable de la función es Rob Minkoff, un especialista en animación y películas familiares con la marca de Disney, eso es suficiente para saber a que nos atendremos con este encuentro de las estrellas chinas en la industria norteamericana con la cual se sienten como y divertidos. El reino prohibido se acomoda, artificialmente es cierto, al característico estilo de humor y acción de que se difundiera en el cine oriental desde los 80. En aquella época Jackie Chan se bautizó a si mismo como la estrella más fresca y llamativa luego de Bruce Lee y las decenas de imitadores que le salieron para ocupar su trono. Chan y luego Li, se convirtieron en protagonistas de intrigas en los que la solemnidad y la concentración del rostro del héroe, eran intercambiados por los de ocasionales clowns, a veces desconcertados y otras pícaros. Algo de esta especialidad es la que recoge al vuelo esta nueva aventura hollywoodense.

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Como suele ocurrir con estas superproducciones, la referencia a tal o cual estilo siempre cae en la hipertrofia. Tal vez eso es lo que más echa uno de menos en esta película, si es que nos ponemos a recordar el lado artesanal pero muy fresco de cintas como La armadura de Dios, o Erase una vez en China. Estamos más bien ante un espectáculo pretendidamente montado alrededor de fastos como los de El señor de los anillos, donde el aspecto visual y recargado era preponderante. Es por ello que el diseño de los créditos iniciales y todos ese desfile de los héroes del kung fu hechos reyes de historieta debe pasar por el momento más atractivo visualmente.

A partir de ello conocemos el escenario característico donde los héroes irrumpen: el mundo de las injusticias y la ley del más fuerte, donde incluso un desmañado pero voluntarioso aprendiz puede soñar con la reivindicación. Lo que sucede en el tiempo presente es solo el pretexto para la moraleja que recogerá el viajero convertido de fanboy a un prospecto de Goku zarandeado por los ejércitos imperiales y sus maestros. El relato entonces se desarrolla tan rutinariamente que hasta las coreografías del solicitadísimo Yuen Woo-ping parecen afectadas por el mal de lo ya visto. En medio de ello solo queda ver como ese peregrinaje una nueva Mordor concluye con el regreso del báculo dorado, entre combates de brujas y chicas vengadoras; entre el señor de la guerra y el rey mono; o el moje mudo; o etc. Mientras los héroes hacen alarde de su zoológico de movimientos y la banda sonora hace insólita referencia a los duelo de los westerns de Sergio Leone, ya solo podemos esperar un desenlace que de siendo pomposo, al menos no peque de largo.

Al ver este resumen de “la mirada deslumbrada de occidente”, no pude dejar de recordar a la simpática cinta ochentera El último dragón, que al menos por lo inocente, tenía una sensibilidad postmoderna no del todo desdeñable, aún cuando su despliegue de recursos eran ínfimo a comparación de esta nueva fantasía juvenil. Tal vez el imaginario del cine asiático es de verdad un reino prohibido al cual no se puede acceder de maneras tan obvias como crear un artefacto tan superpuesto y falsificado para querer atravesar las murallas del tiempo y la tradición.

The Forbidden Kingdom (2008)

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