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Lo confieso: me entra una ambigua sensación de estupefacción y abatimiento cuando alguien califica de lisérgico el sonido de una banda. Ocurre algo parecido cuando, sin mayor explicación, algún otro brillante sujeto afirma que aquel grupo prolonga la prédica surrealista. Como si el LSD o el movimiento encabezado por Breton pudiesen explicar cabalmente la propuesta de los actos musicales que aparecen últimamente y suelen torcerle el cuello a la coyuntura. Como si estas palabras por sí solas, como otras tantas palabras, de una manera mágica y propiciatoria, pudieran garantizar lo que se dice de un disco. Como si ellas pudieran darle consistencia y aplomo a lo que decimos. Como si acaso necesitáramos de más de dos o tres frases para hablar de ese disco que oyes y te quiebra los esquemas.

Algo así ocurre con Crystal Castles. Desde la aparición de su ábum debut -ese asombroso entrevero de melodía y aspereza- el dúo conformado por Ethan Kath y Alice Glass ha recibido todo tipo de calificativos. Genialidad, hype, hurto descarado, trasnochada experimentación, suerte de principiante, efectismo avant garde, pastiche. Incluso la New Musical Express se animó a catalogarlos dentro del New Rave, género fraguado y, casi diría, subsidiado por esa publicación.

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Y sin embargo, quien escuche su disco homónimo no puede dejar de reconocer que esta banda de Toronto sabe desmarcarse de las nomenclaturas que se le adjudican. Desde luego, no sólo se trata del sonido 8 bit o de su recurrente alusión a las consolas de los viejos videojuegos que tantos cacareos ha generado. Hay en Crystal Castles una abigarrada yuxtaposición de sonidos y sentidos que le ofrece a su música el signo de la sugerencia y la perturbación. Un cóctel discontinuo y volátil que usa (y, es cierto, por momentos abusa) del 8 bit pero que también se vale de  la experimentación eletrónica, el pastiche ochentero, los sonidos más radicales e interesantes de los noventas, con sus loops, programaciones y sintetizadores para engendrar una  sucesión inestable y casi concupiscente de ruido. Esquizofrenia premeditada, desmesurada polifonía (con todas esas voces entremezcladas y disonantes), actitud beligerante y frenética.

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Sí, beligerantes y frenéticos, los Crystal Castles parecen componer pequeñas guerras, batallas espaciales con ruidos confrontados unos contra otros. Y Kath y Glass, también confrontados, prontos a chocar, parecieran regodearse de todo el desorden que surge de la beligerancia, con un guiño más que obvio al punk. Pero Kath y Glass saben también que entre 1977 y el 2008 demasiadas cosas han pasado como para iniciar un retorno a la primigenia urgencia de los tres acordes.

Air war

El camino, entonces, consiste en entregar versiones distorsionadas de esos preceptos, versiones inmersivas y deformes del punk en una conjunción repentina y disímil con la electrónica, versiones agónicas y caóticas de sonidos que están merodeando en el pop desde hace casi treinta años. Pero hasta el caos requiere, de cuando en cuando, cierto orden. Es ahí donde la música de los Castles deviene en melodía y el ruido termina por urdir los dieciséis temas que componen este primer disco. No por nada, en uno de los cortes más emblémáticos del álbum, Alice canta:

Robot grunts have bled each other

They wanna play with my placenta

All we have is dirty weather

Someone push the button

En fin. Me he extendido más de lo necesario. Crystal castles, la armonía del caos. Hubiesen bastado con esas cinco palabras (que bien podrían reducirse a dos). Por ahora es suficiente.

Es verdad: se escribe demasiado.

Vanished

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